Es normal volver, cada tanto, a los clásicos eróticos de la década de los 70. Algo que no siempre se señala es que el cine de esa década era tan bueno -y tan exigente, por lo menos hasta el triunfo global de La Guerra de las Galaxias en 1977- que los géneros menores o marginales no tenían más remedio que hacer buenas películas, so pena de quedar librados a un circuito igualmente marginal y, en última instancia, poco rentable. Las cinco o diez películas porno importantes de esos años (Garganta profunda, The opening of Misty Beethoven, Detás de la puerta verde, Taboo o The Devil in miss Jones) tratan de que el sexo sea parte integral del relato, no un aditamento para llamar al público. Esas cinco películas tienen el sexo no solo como exhibición sino como tema.

Era, entonces, importante: había ocurrido la revolución sexual de la mano de los anticonceptivos y, en Europa -y luego, en los EE.UU.- la legalización del aborto. Los movimientos feministas estaban en auge y las discusiones respecto de la libertad del cuerpo y de la validez o no del concepto de "familia" como se entendía hasta entonces eran moneda de todos los días. En el cine, el sexo empezó a ser parte integral del drama serio. Podía hacerse un filme tan jugado como Klute, de Alan Pakula, que le dio el Oscar a Jane Fonda por interpretar a una prostituta; o podía hacerse la historia de un gigoló y su proxeneta y también ganar el Oscar (lo que pasó con Perdidos en la noche, de John Schlesinger). Scorsese podía narrar la historia de una prostituta de doce años en Taxi Driver (película que hoy sería totalmente infilmable); De Palma, burlarse de las comedias adolescentes en el terrible melodrama sobrenatural de Carrie. O podía hacerse El Exorcista, donde Linda Blair (doce años) se masturbaba con un crucifijo. Hoy nadie es capaz siquiera de proponerlo. Por otro lado, en todos los ejemplos que damos, la libertad sexual o el erotismo frívolo aparecen como algo peligroso o reprobable, signo de decadencia.

Pero el porno resistía. Nada que ver. Para el porno americano y europeo de esos años moralizantes a pesar de la crudeza de las imágenes (o justamente por eso), el sexo tenía que ser campo liberado. Tenía que ser un móvil de placer en medio del desastre que parecía el mundo. De allí que de las cinco películas que mencionamos y que son casi la columna vertebral del género tratan de la "educación" o apertura sexual de una mujer. En todas una mujer se enfrenta a romper con lo que la sociedad le impone como ejercicio de su sexualidad para ir más allá. Desde la comedia fantástica de tener un clítoris en la garganta hasta la mujer madura y madre que solo tiene relaciones insatisfactorias hasta que su propio hijo enciende un deseo prohibido. En todos los casos, más allá de las particularidades de cada película y del evidente ejercicio genital, lo que importaba era que la mujer tenía que hacerse con el poder del sexo. 

Ya mencionamos varias veces The Devil in Miss Jones, de Gerard Damiano que aquí aparece además como actor en el prólogo y el epílogo. La realizó casi al mismo tiempo que Garganta Profunda, y la protagonizó Georgina Spelvin. Spelvin no era una postadolescente con implantes, como la mayoría de las pornostars posteriores, sino una bailarina de 36 años, de cuerpo armonioso pero no excepcional. Pero Spelvin, como escribió el crítico Roger Ebert entonces (le dio tres estrellas de cuatro a la película, nada menos), Spelvin es probablemente la única actriz del cine porno de entonces. "Cuando está en la pantalla -escribió- no son solo su cuerpo o sus acciones lo que nos obliga a seguir mirando". Tiene razón: Spelvin tiene una de las mejores actuaciones femeninas en el cine, porno o no. Interpreta a una mujer soltera, aburrida, sin amor, que decide suicidarse. Lo hace y un ángel la recibe: vivió una vida virtuosa, pero el suicidio le impide llegar al cielo. Su destino es el limbo eterno. O, llegado el caso, el Infierno. Jones pide volver temporalmente a la Tierra y pervertirse, encarnar la lujuria en toda variante. Si le toca el Infierno, que sea con todo. El ángel concede: Jones vuelve y se embarca en un crescendo de relaciones sexuales de todo tipo. Finalmente le toca el Infierno: un lugar vacío donde, a la ahora ninfómana Jones, la acompaña un hombre condenado a la impotencia y a comer moscas.

Ahora bien: esto es un melodrama y el núcleo de tal característica está ni más ni menos en la actuación de Spelvin. Nadie representó el placer, el dolor, la desesperación, la angustia y la liberación mediante el sexo como ella. Damiano también hace algo importante: los cuerpos parecen reales, brillan de sudor, respiran. Por momentos, la música -climática, tensa- se adueña de todo. En otros, los diálogos de Spelvin durante las maratones sexuales cargan todo lo que vemos de una ambigüedad trágica. En última instancia, el tema de la película no es solamente el despertar sexual de alguien que no había podido disfrutar de su cuerpo sino también el tiempo. Qué hacemos con nuestro tiempo, qué sucede cuando sabemos que es limitado y hasta dónde hemos decidido llevar nuestro deseo.

Dirán que es mucha elaboración para una película pornográfica. Pero puedo asegurarles que es exactamente así y que solo pongo en palabras lo que cualquier persona habituada al cine puede experimentar al ver esta película. Que fue la primera en romper la barrera entre el porno y el mainstream, la primera que los críticos serios decidieron tomar en serio. No carece de humor, dicho sea de paso, aunque todo tiene un constante aire de gravedad, pero ese humor está vestido de ironía más que de comicidad. El hecho de que no haya cuerpos perfectos sino reales hace que, además, la película nos narre algo que creemos que sucede en nuestro propio mundo.

La secuencia del suicidio inicial, el prólogo y el trío final con dos hombres (es probable que los planos explícitos corrieran por cuenta de una doble, dicho sea de paso) están realizados por un verdadero cineasta. En ese momento histórico, el sexo explícito alcanzó un punto en el que solo cabía que se integrara con el "otro" cine. Pero eso no sucedió: el auge del efecto especial, el cine carísimo de diseño, la aparición del VHS de consumo privado, el SIDA y el comienzo de la era Reagan se ocuparon de que, tras ese momento de unión, el porno tomara el camino hacia el negocio marginal. Rentable, sí, pero -salvo excepciones- alejado del verdadero arte de contar con imágenes.

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