ROTTERDAM, PAÍSES BAJOS - ENVIADO ESPECIAL. La edición de 2018 del Festival Internacional de Cine de Rotterdam fue particularmente buena. Arriesgada y exigente selección, con foco, entre otros, en una cinematografía tan ignorada (incluso por los festivales) como lo es la del África subsahariana. Para mejor, hubo una presencia argentina llamativa, que incluyó una Masterclass de Lucrecia Martel y la retrospectiva completa de la extendida obra de José Celestino Campusano. Así, lo que se vivió como un repunte o una recuperación de un Festival históricamente vanguardista y especialmente respetado y considerado por la cinefilia de todo el mundo marca una vara bien alta para la cuadragésima octava edición.

La película elegida para la apertura fue la última obra de la joven realizadora local Sacha Polak, Dirty God. Con sólo 36 años y varios cortometrajes y documentales muy valorados por la crítica y en festivales, tras haber presentado sus dos largometrajes de ficción en el Festival Internacional de Cine de Berlín (Hemel, en 2012, y Zurich, en 2015), su selección para abrir el IFFR (así se identifica usualmente esta muestra) parece de manual: cine holandés y algo de riesgo con una figura que ya posee cierto reconocimiento en el circuito. El filme sigue el derrotero de una joven madre en la Londres actual, y pasará luego por Sundance, lo que posiblemente haga crecer de otro modo (o al menos cambiar) la carrera de esta directora. Mirada femenina, guiño al cine local e independencia: elección perfecta para el pistoletazo de largada. Tras la proyección la fiesta continuó hasta la madrugada con la performance del DJ Git Hyper en un cruce de artes, ritmos y tribus que hace a la heterogeneidad propia del ADN de una muestra que se jacta de correr los límites y poner especial atención al encuentro, al "costado humano" que todo festival debe tener.

Una primera mirada a la programación lleva a pensar que este año se ha acentuado esa parte del festival que semeja más una coda que recupera lo mejor del año que acaba de terminar antes que el comienzo del 2019. Son muchas las películas que ya pasaron por Cannes, Locarno, Venecia, Toronto e, incluso, BAFICI o Mar del Plata. Sólo por nombrar algunas, aquí se verán Ash is purest white de Jia Zhangke, High life de Claire Denis y hasta habrá la posibilidad de ver en cine, como corresponde, esa obra mayor de Alice Rohrwacher, Lazzaro felice, que había sido posible de disfrutar así casi solamente por quienes pasaron por Cannes el año pasado (donde su adquisición por Netflix obturó su posterior estreno en salas). Sin embargo no son pocos los nuevos nombres, las búsquedas, las películas que prometen ser verdaderos descubrimientos. Frente a una Berlinale cuyos primeros anuncios hacen temer lo peor, el eclecticismo y heterogeneidad de Rotterdam permite que nos ilusionemos.

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