La semana pasada hablamos del porno del futuro. Rebobinemos un poco: una empresa planea disponer de herramientas -que ya existen- de Inteligencia Artificial para que los aficionados al porno transformen en propios videos ajenos. Poner la cara de uno en la de un actor en pleno uno dos, para ser explícito, o cosas parecidas. El asunto es "miren, estoy con Fulanitx", aunque nadie lo va a creer realmente. Poco a poco, la pornografía se transforma en algo más lúdico y quienes la ejercen como profesión dejan de ser personas para ser solamente cuerpos. Es cierto que ese ha sido siempre el riesgo del asunto; es cierto que durante demasiado tiempo, cuando esta clase de espectáculos era completamente ilegal, la explotación era la norma y no la excepción. Pero esta despersonalización profesional es nueva.

El gran tema de la literatura y la ficción del siglo XXi es, lo hemos dicho varias veces por aquí, el estatuto de la realidad. O cómo la realidad y la imaginación se funden en una sola cosa donde los límites se desdibujan. La gran obra al respecto es Matrix, claro, donde la diferencia entre "real" y "virtual", algo tan difícil de explicar como una escalera espiral sin usar las manos, quedaba clara. El cine ha sido la gran máquina de realidad virtual que supimos inventar hasta la llegada de la revolución digital. Todos los inventos del cine y todas sus revoluciones, y todos sus cambios de modas y temas (incluida la incorporación del sexo explícito) tienen un gran mito detrás: algo que nos permita "estar ahí", ser otros, vivir una vida diferente y que las sensaciones sean lo más verdaderas posibles. El porno, claro, no es ajeno a eso.

Pero una vez, menos de un siglo, apareció un aparatito llamado "televisión". El mito de la televisión es muy diferente: asistir al acontecimiento real y verdadero en el mismo momento en que ocurre (eso significa "televisión"). La ficción en la TV es un accidente, en realidad; que vaya desapareciendo del "aire" es lógico en la medida en que fue un injerto que requería, para ser fuerte, otros canales: la aparición del video on demand, por ejemplo, y la independencia de las grillas y las duraciones han creado esa verdadera ficción hogareña que son las series actuales. Pero el mito de la TV como el "aquí y ahora" permanece.

Dicho todo esto: ¿se entiende qué le pasa al porno? Dada la visceralidad del formato -literal, en parte se trata de ver vísceras, y sé que el término suena mal pero es lo que hay, dado que su fin es un efecto fisiológico, es normal que el "cine porno" se haya diluido hasta que solo quedase el hueso duro de estos espectáculos: el acto sexual puro y duro. Pero pasó algo más: sucedió que la televisión, y un poco ese era su destino, creó la ilusión de que cualquiera puede ser una estrella, formar parte de un pequeño Olimpo y protagonizar el espectáculo de su propia vida. El reality, ese invento del nuevo siglo, es y ha sido algo que la TV vino pidiendo desde su origen, logró ese estado de cosas. En el reality hay ficción a través de la edición, se manipula lo que se ve; pero lo que prima es la idea del "esto es así, pasa ante tus ojos". Una cosa importante del mito fundante del cine y de la TV es que ambos nos pueden mostrar lo que no vemos. Desde fantasmas, superhéroes o vampiros hasta el momento en el que dos personas tienen sexo. Ver lo invisible.

El porno se ha nutrido hasta tal punto del reality show que ha dejado de lado toda ficción y toda manipulación

Las tecnologías digitales, que permiten la creación y el registro de cualquier escena, han logrado que todo sea visible. Y las comunicaciones de banda ancha, que todo pueda ser compartible. Gran parte de las crisis de espectadores que sufre el cine, gran parte del éxodo irreversible que sufre la televisión tradicional de aire, tienen que ver justamente conque no hacen falta para ver lo invisible, para ingresar en lo más íntimo de los demás.

El porno siempre es un vector de adelanto en estas cuestiones. Mientras los primeros Gran Hermano daban vuelta al mundo, e incluso con tecnologías muy superadas al día de hoy, el porno de internet ya tenía en cuenta esa ruptura de la intimidad y creaba contenidos falsamente "reales". Esa tendencia ha crecido a medida que el espectador del reality show ha comprendido sus reglas -e incluso aceptado sus lugares comunes-. El resultado es visible hoy en la producción del porno mainstream también, con el uso extensivo del plano secuencia o el crecimiento del sonido ambiente y los espacios "cotidianos" como escenarios de la acción.

Ahora bien: eso no ha terminado ahí. El salto siguiente de las tecnologías digitales fue la comunicación instantánea en múltiple formato. No solo escrito, no solo imágenes fijas, sino la transmisión en vivo a bajo costo de un acontecimiento cualquiera, lo que incluye también la intimidad. Es decir: la diversión ligada al sexo, si bien hoy sigue pasando en gran medida por la pornografía más o menos tradicional, tiene otros carriles que crecen. El sexo virtual, por ejemplo, que nos transforma -recuerden el tema del reality- en potenciales estrellas porno para al menos otra persona. O la creación de materiales propios que se difunden sin necesidad de pagos en producción. Internet, además, crea comunidades y esas comunidades suelen compartir cosas que ellos mismos hacen. Toda esa masa de posibilidades conspira contra el porno, que alguna vez reinó como la única alternativa para acceder al espectáculo sexual. Claro que, en estas cuatro décadas desde la legalización en los Estados Unidos (en la Argentina lleva 35 años de legalidad, de paso), también cambiaron los hábitos y la mirada respecto del sexo. Solo los sectores más reaccionarios de las sociedades tienen aún una mirada condenatoria sobre él, o sobre su transformación en espectáculo. Porque (y miren cómo se cierra el círculo) la expansión del entretenimiento audiovisual volvió inocuo, también, el espectáculo sexual, que es minoritario y ocupa, libre y todo, muy poco tiempo del interés de un espectador cualquiera. Es casi seguro, querido lector, que usted emplearía más tiempo en Fortnite que en PornHub. La TV en formato reality hizo mucho por eso.