Entre los lugares comunes más repetidos desde mediados de 2020 aparece la frase "la pandemia aceleró los tiempos". Que la teoría de la relatividad se introdujese tan sutilmente en nuestro discurso es menos asombroso que el hecho de que no hubiéramos visto antes que el mundo había cambiado, que hacía falta un evento tan gigantesco para que nos diéramos cuenta. Dicho de otro modo: no, la pandemia no "aceleró los tiempos" sino que creó la perspectiva necesaria para entender qué sucedía y qué sucede en la mayoría de las actividades humanas.

El campo del audiovisual (hoy es imposible separar al cine de la pantalla "chica", no así de la televisión: ampliaremos) y del entretenimiento en general fue en donde estos cambios se notaron de un modo más espectacular e inmediato. Los encierros (largos o cortos, indiscriminados o razonables, lo mismo da) incrementaron el tiempo de ocio, sobre todo en casa. Quien firma esta nota no es nativo digital, claramente, pero a los 17 años tuvo su primera Commodore 64 y acompañó el camino que transformó a las computadoras en un electrodoméstico casi más imprescindible que la heladera. Puede decir, también, que sabe que toda la vida se puede resolver sentado frente a una pantalla. Internet nos permite trabajar, cubrir el ocio con absolutamente cualquier cosa (música, películas, series, libros, paseos por museos), comunicarnos, comprar cosas y hasta conseguir compañía erótica. Sin salir de casa. El Covid nos llegó en el momento justo: estábamos preparados.

El ecosistema del entretenimiento

También pasó en el ecosistema del entretenimiento digital. Desde que Netflix, tras ser apenas un sistema de distribución de filmes en DVD, se volvió una fuente online en 2012, era seguro que esto iba a ocurrir. Es simple: la mayor parte del entretenimiento audiovisual pasa por el hogar, los cines solo sobreviven (hoy casi no lo hacen, pero hay que esperar un tiempo para ver si esto es definitivo) con películas gigantescas que implican algún grado de experiencia sensorial y las series (que no lo son, otra vez: ampliaremos) se hacen cargo de buena parte del paisaje. Que El juego del calamar, la cosa más vista de estos años, sea la historia de un montón de gente encerrada en un lugar, bajo miradas anónimas, jugando juegos infantiles hasta morir no deja de ser sintomático. O irónico, cuando menos.

Ampliemos 1: la televisión es otra cosa. Solo es noticias, deporte en vivo, juegos y realities de cocina. Es decir, la TV, gracias a esa hija híbrida que tuvo con el cine, la plataforma on demand, ha vuelto a su mito fundacional: ser un medio de comunicación que informa sobre lo que sucede en el momento en el que sucede. Casi no hay ficción en la TV de aire, en el cable se va retrayendo (no en EE.UU. o Europa, en donde el mercado en disminución todavía se cuenta en cientos de millones de personas) y el refugio queda en el OTT. Que (ampliemos 2), creó eso que se llama hoy "serie". Que es otra cosa: básicamente, una película ampliada a la estructura de un best seller literario, que puede verse sin interrupción de cortes publicitarios (eso determinó una estética de "clímax de suspenso" sucesivo cada cinco minutos que hoy ya no es necesaria) tanto como se quiera y retomar desde donde se dejó, igual que un libro.

Lo que viene es más de esto. El cine "medio", de menos de USD50 millones, pasará casi directamente a plataformas. El más "grande" quedará en las salas que puedan aún sostenerse con ese ingreso. Aquí hay un dato demográfico: los baby boomers y la Generación X ya iban poco al cine; hoy son los que menos recuperaron el hábito. Las películas importantes (en tamaño) ya no se hacían para ellos y ahora, al acercarse a los grupos de riesgo en pandemia, el miedo los alejó de las salas. Ese impacto, quizás no tan grande en nuestros periféricos territorios de mercados ínfimos, sí es fuerte en otros y seguramente redefina los presupuestos o las estrategias de largo plazo.

Quizás la más interesante sea la de Disney. La empresa que parece creada por Walt pero que realmente fue puesta a punto por su hermano Roy (cuento para otro día) tuvo una sacudida monumental con la pandemia. Su core business no es la tacita con la cara del ratón ni la enésima versión con actores de Blancanieves sino que es el turismo: cruceros, parques temáticos, hotelería y gastronomía. Eso generaba el enorme cash-flow de la firma. Y se terminó abruptamente por las restricciones. En un acto reflejo notable, tras bajar los sueldos de los ejecutivos hasta un 50%, apretó el acelerador en el terreno Disney+/Star+. Es cierto que sus series de Marvel, con los actores de las películas e integradas a ellas, estaban preplaneadas. Pero las aceleraron. Ese entramado "hogareño" permite sostener el de salas en un solo y único gran tapiz. También es una buena estrategia para que sobreviva el cine.

Lo demás, veremos. Quizás la forma breve: ya pasa en la música, en donde cada vez se distribuyen menos álbumes en comparación con los temas sueltos en formato digital. Ya hay dos generaciones que solo ven YouTube. Casi todo irá a festivales antes de terminar en plataformas o se "museificará", como el arte plástico o la música de partitura. Como sistema de representación, el cine y la TV mutaron en otra cosa: espectáculos audiovisuales que seguimos llamando "series" y cáscaras rococó de efectos especiales apreciables por su ingeniería. Iba a suceder, de todos modos.

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