En general, cuando queremos mencionar clásicos del cine porno nos referimos a la década del '70, cuando las películas eran películas y no sólo un conjunto de imágenes aleatorias y larguísimas con el único propósito de excitar al espectador. Una cosa es la pornografía (que tiene ese fin) y otra, el cine pornográfico, diferencia que debería quedar clara. En el cine pornográfico, como contábamos la semana pasada, el sexo explícito y la excitación van en conjunto con el resto de las escenas no sexuales y con las emociones que nos despiertan las peripecias de los protagonistas. Escasea mucho, por cierto, el cine porno. Pero si lo piensan dos veces, también escasea el verdadero cine de terror, reemplazado por el cine de horror. La diferencia es la misma que entre el erotismo y el porno: en el terror no vemos y tememos -y al mismo tiempo, deseamos- ver lo monstruoso; en el horror vemos constantemente y sentimos repulsión (algo físico) por lo que vemos. Si seguimos tirando de la madeja, descubriremos que en cierto punto cosas fílmicas como Transformers, donde todo es una excusa para que veamos latas golpeándose confusamente unas a otras y eso nos aturda (y todo mal filmado, porque Michael Bay nunca entendió que deberíamos comprender quién le pega a quién), equivalen al peor y multitudinario porno perezoso que encontramos en cualquier parte.

Buceando en títulos -cualquier juego de palabras se lo dejamos al lector- encontramos una de esas películas que vale la pena ver. Y resultó no ser de la década del '70 sino, casi casi, del '90. Se trata de Night trips, dirigida por uno de los nombres más importantes (y cinematográficos) del género, Andrew Blake. Fue protagonizada por Tori Welles, una de las mayores pornstars de todos los tiempos, y tiene eso que se llama "valores de producción" (es decir, gastaron plata bien gastada) por encima del resto del género. Es, además, de ese raro puñado de películas pornográficas que puede ver quien no está demasiado habituado al género básicamente porque su estilización invita a seguir mirando más allá del "efecto" fisiológico que el sexo pueda causar. De paso: tiene muchas actrices y unos cuantos actores, algo no demasiado frecuente en el porno.

La historia no existe, pero no en el sentido de que se pone una excusa para que a los treinta segundos la gente se saque la ropa. La idea es investigar qué sucede con una mujer (Welles, que aparece en la mayoría de las secuencias sexuales) cuando se la excita a través de imágenes y fantasías. Como en todas estas películas, el menú incluye masturbación, sexo heterosexual, sexo lésbico y tríos de dos mujeres y un hombre. Respecto del sexo lésbico, es interesante que las películas porno mainstream estadounidenses para público amplio nunca incluyen sexo gay entre hombres, y si no es hardcore, tampoco sexo con dos hombres (o más) y una mujer. El tabú por la homosexualidad masculina o que las mujeres tengan las mismas fantasías que los hombres es, como se ve, una larga tradición (prometemos ocuparnos alguna vez de estos temas). El molde, siempre, es la fantasía heterosexual masculina, que incluye el erotismo sáfico pero no su contraparte.

De todos modos, la película es brillante por varias razones. La primera es el uso del montaje y los movimientos de los actores en consonancia con la música y el sonido. Una pequeña verdad que siempre se olvida respecto de la pornografía consiste en que el sonido (los gemidos, los gritos, etcétera) tienen tanta o más importancia que las imágenes a la hora de provocar la excitación del espectador. Sugerimos, si desea experimentar, ver cualquier secuencia porno sin audio: hay algo de esterilización en el efecto que es realmente notable. Blake lo entiende y logra que lo que se ve y lo que se escucha entren en perfecta sincronía.

Otro motivo es la belleza de las imágenes. Realmente hay un cuidado en la manera como se las fotografía e ilumina. En mucho cine porno se ponen los focos bien de frente, de tal manera que no se pierda detalle pero los cuerpos terminan aplastados contra el fondo. Hay algo de recurso documental inmediato (el porno y el documental, otro tema a desarrollar, tienen muchísimo en común, como de todos modos se adivina) en lo que debería ser creación. Blake se da cuenta de eso y entonces crea imágenes, obliga a los actores a actuar (que implica interpretar la vida de otra persona que no es uno, inventar el personaje) y además es evidente que coreografía las acciones sexuales. Otra pequeña verdad: el sexo real, visto objetivamente, tiene algo de ridículo, de antiestético. Una cosa es que lo querramos ver por curiosidad y otra que forme parte de un arte. Para ser arte, hay que limpiar esa ridiculez para que quede la verdad estética (que no es la realidad, justamente). En el uso del vestuario, la luz y la combinación de primeros planos y planos generales, Blake logra que esa verdad del sexo inventada por el arte se transmita.

Y por último, la película tiene un ritmo interesante, un crescendo no sólo dentro de cada secuencia sexual sino también al pasar de una a otra que refleja el mismo crescendo excitante del sexo real. Es decir, es una invención artística a parte entera y es cine incluso si no es necesariamente una película narrativa. La calidad de la imagen recuerda a un sueño, con una sensación onírica producto de la puesta en escena que ya desearía mucho el cine que vemos cada día. No, no está cerca de David Lynch, y en ocasiones hay imágenes que pueden recordar a cierto estilo publicitario. Pero es el movimiento dentro del plano, dentro de cada imagen, la que rompe cualquier estereotipo. Aparece esa dicotomía de ver algo que ya vimos pero quebrado por la irrupción del sexo.

Si se anima, una gran experiencia (se puede encontrar prácticamente en todos los servidores porno gratuitos). El cine es una cuestión de puesta en escena y organización de materiales y no sólo de registro directo. Aquí Andrew Blake lo demuestra y lo ejerce con exquisito gusto.

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Leonardo Desposito

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