La semana pasada hablamos del problema -complejo- del abuso sexual en el campo de la pornografía. Explicamos por qué el asunto se volvía difícil de probar dado que, por lógica, en el porno se registran relaciones sexuales consentidas por ambas partes y registradas bajo consentimiento. El problema es que, en medio de una grabación, se rompen los límites del consenso y -sobre todo las mujeres- no tienen más remedio que seguir adelante a pesar de que, sin medias tintas, se está grabando una situación de abuso. Por otro lado, suelen registrarse abusos fingidos, lo que complica más la cuestión. En fin, es un tema arduo en el que las mujeres suelen salir perdiendo. Peor es cuando una de estas actrices porno se encuentra con alguien famoso o poderoso, o ambas cosas, que le promete cosas y las deja en banda. Curiosamente, y mientras el barro del asunto Rusia salpica más y más a la administración Trump, el asunto que puede borrar al mediático de la Casa Blanca podría dar pie a una serie de SVOD llamada La pornostar y el Presidente. Conozcan, pues, a Stormy Daniels.

Si entiende un mínimo de inglés, sabrá que Stormy Daniels no se llama Stormy Daniels, sino que es su seudónimo, su nom de guerre. Esta rubia bastante linda y mucho más simpática -anche pulposa- se llama en realidad Stephanie Gregory Clifford y tiene, hoy, 39 años. Escribe y filma -en el porno- y, además, es amiga de la banda del comediógrafo Judd Apatow, así que la han visto en pequeños papeles en Virgen a los 40 y Ligeramente embarazada, entre otras películas no triple X. Pues bien, el asunto es que Stormy Daniels, allá por mediados de 2006, tuvo relaciones sexuales sin protección con Donald Trump, o eso alega. Por supuesto, un incordio, pero a eso vamos después. Más tarde, le hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad que implicaba un pago de u$s130.000 por parte de uno de los asesores de Trump. El documento firmado, por otra parte, no tiene ni los nombres "Trump" ni "Daniels", siquiera "Clifford", sino seudónimos. Ahora bien: lo gracioso del asunto consiste en que Daniels contó todos los detalles del affaire en 2011 y no parecía molestar a nadie. Claro: si en ese año alguien les hubiera dicho que Donaldo iba a ser presidente del País Más Poderoso Del Planeta Tierra, nos habríamos reído. De hecho, nos reímos hasta el día mismo de la elección, cuando Hillary había picado en punta, pero bueno, its not over til its over, diría Rocky Balboa. El asunto comenzó a "taparse" cuando aparecían las chances de ganar. ¿Qué pasó después? Que Daniels, para no ser tratada de mentirosa, decidió contar su historia ante un juez, ante las enormes presiones que sufría y lo abusivo de las cláusulas del contrato, prácticamente ilegales. Así que el asunto pasó a ser de Estado y en eso andan. La última novedad: cuando en 2011 quisieron negar el affaire, Daniels se sometió a una prueba de detector de mentiras. El resultado, que no mintió respecto de su amorío con el señor de tintura rubia. Y que no era concluyente que ella se hubiera prestado a sexo sin protección a cambio de participar en el reality The Apprentice.

Pues bien. ¿Dónde están los problemas? ¿Es ilegal lo que sucedió? ¿Por qué puede hacer tambalear a un gobierno? Hay mucha tela para cortar. En principio, tener sexo consentido con una celebridad no es un delito. Tener sexo sin preservativo, tampoco. Será una bobada o una imprudencia, pero no hay código que lo castigue. Lo que sí es ilegal es sacar dinero de campaña presidencial para pagar un contrato leonino de confidencialidad bajo cuerda. Y por ahí es por donde van los tiros contra Trump, justamente.

Pero hay algo más. La sociedad estadounidense puede considerarse "hipócrita" por sus contradicciones. Por un lado, la tradición liberal le permite legalizar el porno; por el otro, el trauma puritano los vuelve violentos y represivos contra el sexo. Pero eso sería raro si consideráramos una sociedad totalmente homogénea, algo que EE.UU. dista de ser. Resulta una unión federal con idiosincracias bien diferentes aunque se compartan algunas ideas comunes. Así es como resulta comprensible el odio a Trump en los barrios progres de NYC y el amor que despierta en Austin, Texas. Ahora bien: el puritanismo es un asunto transversal que surge donde menos se lo espera. Recuerden, por ejemplo, el caso Clinton-Lewinski, donde el gran problema no era político. Ser infiel es un problema particular; el asunto era la asimetría entre un hombre todopoderoso y una pasante (incluso si, como se sabe, fue la pasante la que dio el primer paso). Este caso tiene el "agravante", para una sociedad que utiliza la moral como un ariete contra quienes le caen mal, de que Stormy Daniels es una estrella porno. Para ciertos "liberals" y progresistas, esto hace las cosas más graves. Por cierto -repetimos- el hecho de que un hombre con poder y dinero haya tenido relaciones sexuales consentidas a cambio de una promesa incumplida y sin protección con una mujer adulta es menos grave que el intento de taparlo con dinero de campaña política. Pero el adjetivo "porno" hace que se discuta la superficie del problema.

Como siempre en estos casos, la persona que queda en peor posición es la víctima, especialmente si es mujer. Dado que en estos días, además, se está discutiendo en nuestro país otra asimetría que perjudica a las mujeres -la legalización, ya no despenalización, del aborto- y para ilustrar bien el asunto, recomendamos ver una película llamada Citizen Ruth, que no es porno. Es la ópera prima de Alexander Payne (La elección, Entre copas) y narra cómo una lumpen que se droga con pintura, al quedar embarazada, es tomada como rehén y ejemplo, alternativamente, por grupos pro aborto y anti aborto. La víctima queda en el medio y el poder, casi siempre impune. Si no hubiera embarazo de por medio, la protagonista podría ser Stormy Daniels.

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Leonardo Desposito

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