Siempre se ha dicho que el sexo es un gran negocio, por cierto. Siempre los ejecutivos publicitarios han optado por las imágenes eróticas y sugerentes para vender productos, y el star-system, desde que surgieron en los primeros años del cine mudo estrellas como Theda Bara o Musidora a ambos lados del Atlántico, sostuvo la pantalla grande con mitos como Jean Harlow, Mae West, Marlene Dietrich, Ava Gardner, Marilyn Monroe o la hija directa noventosa de estas señoras, Sharon Stone. "El sexo vende" era un gran slogan. Pero las condiciones actuales del mercado parecen indicar que no es así. Cabe pensar que, a pesar de que es legal desde 1984, la Argentina nunca logró crear una verdadera industria del porno, incluso si hay tanto performers como capacidad técnica para hacerlo. La respuesta es que no resulta tan fácilmente amortizable, incluso si los costos de producción son más bien bajos (la mayor parte del gasto se va en los salarios de los actores, especialmente de las actrices).

Hagamos la pregunta más importante para el negocio del sexo hoy: ¿De qué vive el porno? Vamos a realizar un repaso rápido por la situación. La pornografía no se ve en cines, salvo en algunos países donde sobreviven (mal) salas XXX (en extinción). La industria del porno mainstream, que se dedica casi exclusivamente a la producción de contenidos digitales, tiene una gran competencia por parte de quienes crean material "amateur" o personal y lo suben a servidores porno en pie de igualdad con los contenidos producidos de modo profesional. Por otro lado, la mayor parte del consumo de pornografía se realiza a través de portales gratuitos. Esos portales en realidad no hacen dinero con el porno, sino con la venta de tráfico a través de publicidad paga.

Los verdaderos negocios sexuales tienen poco o nada que ver con lo que llamamos pornografía, es decir con un arte menor de la representación realista del sexo. En los Estados Unidos, que es el país que mayor cantidad de pornografía produce (de toda calidad, aclaremos), muchas de las grandes productoras han comenzado a diversificarse. Por un lado, la producción de películas trata de "sumar nichos" para incluir a quienes tienen gustos menos frecuentes que los representados por el mainstream. Aunque allí pasa algo curioso: en los setenta, por ejemplo, el sexo anal en el mainstream porno era poco frecuente; las secuencias lésbicas, ocasionales; y la eyaculación no se registraba de manera obligatoria. Eso pasaba en lo que se definía como "hardcore" contra el "softcore" que hoy sería casi material para Cartoon Network. Las películas funcionaban, de paso, como películas, por la historia y los personajes, así que no era necesario mostrar cosas poco frecuentes. La democratización de las imágenes sexuales que proveyó Internet incrementó la competencia y lo que alguna vez era el nicho "hard" se ha vuelto la norma. Pero, por ejemplo y como hemos notado en varias oportunidades, el mainstream no incluye secuencias de homosexualidad masculina, y sí, siempre, de relaciones homosexuales femeninas. Así que los "nichos" son aún más restrictivos, pero en países con mucha población, rentables. El BDSM, los fetiches con pies (hay "películas" exclusivamente de ese tema, Piecidex aparte), las relaciones con látex no necesariamente sado, el sexo con medias de red, y el largo etcétera que la enfermedad pueda hacernos imaginar es una categoría del negocio. Como el contenido se produce por poco dinero y se incluye en la oferta con todas las demás categorías, sirve de "anzuelo" para que alguien pague una suscripción a SVOD porno (que existieron antes de Netflixà ¿De dónde cree que sacaron la idea?). Lo importante es la cantidad y que el cliente siempre tenga la fantasía que prefiere. El curioso se podrá asombrar de lo que encuentra en un server porno cualquiera.

Pero esa es solo una parte. Si usted ve La fiesta de Babette, seguramente saldrá del cine con ganas de clavarse una torta brownie y una suprema napolitana con fritas. Pues bien, ver porno puede producir (produce, no divaguemos) el mismo efecto digamos "gastronómico". Uno de los negocios laterales que crece es el de las cámaras en vivo, donde un performer (en general, mujeres) sigue los dictados lascivos de la amable teleplatea por un fee para acceder a la sesión. Ese sector del entretenimiento que, como casi todo el porno, se basa en la máxima "hágalo usted mismo", es de los que más ha crecido y de los que más facturan. Notable porque su crecimiento es paralelo al de los juegos participativos on line. Bueno, después de todo, no es más que una variante.

Pero también puede suceder que diga "qué tanto, si lo hacen ahí en la pantalla, bien lo puedo hacer en casa con la/el patrona/patrón". El segundo mercado que más crece en el mundo sexual es el de los juguetes eróticos, que hoy tienen una variedad que obliga a contratar a un ingeniero biológico para entender por ejemplo cómo se usa una especie de rosca de látex con lengüetas móviles. OK, estamos inventando pero puede el lector mirar cualquier catálogo on line para asombrarse y caer en la perplejidad anatómica. Sin contar otro negocio que crece: el de los muñecos eróticos, que aún están fuera del alcance económico de la mayoría de los seres humanos pero que seguramente se volverán populares en el futuro. Si a eso le agregamos el crecimiento en el desarrollo de entornos virtuales, cabe pensar el sexo como el parque de diversiones individual del futuro.

Es decir, nada que ver con filmar películas como antes, sino con traspasar la pantalla y volver reales las fantasías más extrañas (algo, de todos modos, liberador). Internet simplemente hizo que muchas personas dejaran fluir los deseos reprimidos y encontrasen a otras capaces de compartirlos. Y la industria del porno se transforma, así, en la proveedora de accesorios para el juego sexual, independizado de emociones y otras minucias, a diferencia del cine donde aún las personas sufren y, sobre todo, gozan.