Hablamos mucho en estas páginas -no sólo en las de La escena sexual, digamos- de lo que implica la revolución digital. Probablemente el lector no se dé del todo cuenta de qué es lo que nos ha sucedido a todos desde que Internet entró en nuestras vidas. Hace no demasiado tiempo -digamos unos veinticinco años, desgraciadamente el autor de estas líneas lo recuerda muy bien- el entretenimiento audiovisual pasaba por el cable. Los celulares -los pocos que habíaeran enormes y su única función consistía en hablar por teléfono, muy alejados de las tremendas computadoras de bolsillo que utilizamos todos los días. Eso en principio. Las relaciones con los demás pasaban por un llamado y encontrarse, y sólo los más sofisticados tenían algo parecido a un mail. De hecho, no decíamos “mail” y mucho menos “e-mail”. Nuestra relación con el cine tenía dos ventanas posibles sin contar el cable: la sala propiamente dicha y el videoclub. Las pantallas tenían una gran variedad porque sólo pagando la entrada era posible ver cosas nuevas. La pornografía, legal en Argentina desde 1984 -para entrar en la materia de estas páginas-, era producida por profesionales y se accedía a ella en salas peque- ñas y horribles (alguna queda) o yendo a pedir la carpetita prohibida al video de la vuelta. La otra alternativa era comprar un carísimo decodificador para el cable y acceder a las pocas horas nocturnas de los dos canales XXX que tenía la grilla, de calidad paupérrima. De todos modos, era un consumo vergonzante.

Pues bien, no es necesario escribir el catálogo completo de lo que hoy está y ayer no estaba: es bastante evidente que el mundo es otro. Respecto del entretenimiento, cualquier ser humano con una PC mediocre y conexión a Internet decente puede hacerse con gran parte del cine que el mundo ha producido. Y la televisión. Y el porno, por supuesto. En realidad gran parte de esta revolución, como lo explicamos varias veces, tuvo como punta de lanza al porno: al ser un consumo vergonzante y una industria sobre la que siempre cayeron sospechas y desconfianzas, requería nuevos canales para subsistir y se arriesgó en Internet.

Pronto hubo -hay- toda clase de material, incluso algunos alejados del buen gusto. Hay de toda duración, de toda variedad, de todo género, y todo al alcance de la mano (perdón). Como sabe cualquiera que haya ejercido su curiosidad erótica en el último siglo, la mayor parte de la pornografía usual (y cuando decimos “usual” lo decimos literalmente: un artículo de uso) es gratuita. Y encima de todo, mucha gente hace sus propios videos caseros y ese material es el más popular. El porno se está transformando, así, más que en una alternativa estética en un medio de comunicación. Dicho esto, vamos a lo importante: si la pornografía es en general gratuita, ¿cuál es el negocio? Respuesta: el tráfico.

Internet tiene una economía basada en la cantidad de veces que alguien ve una página o hace clic en determinado contenido. Las variables importantes son las páginas vistas (cuánto contenido se ve de cada sitio), usuarios únicos (qué IPs diferentes se conectan a tal o cual página) y tiempo de sesión (cuánto tiempo nos mantenemos en un sitio revisando sus páginas). Cuanto más grande sea cada una de esas dimensiones, más vale un sitio. Pero además, más es buscado por los empresarios para colocar publicidad en forma de banners (con o sin video). El banner es esa publicidad que aparece en cada página a la que entramos “gratuitamente” y lleva a otro sitio. La aparición de cada banner en una página se llama “impresión”. Lo que los sitios venden son paquetes de impresiones a realizarse en equis tiempo. Por ejemplo, mil impresiones de un banner en una semana se cobra una cierta cantidad. Cuanto más tráfico tenga un sitio, más podrá pedir a los anunciantes. Cada vez que se refresca una página, se vuelve a colgar el banner (o aleatoriamente uno de la batería de anunciantes que tenga el sitio en cuestión) y se “quema” una impresión.

Por lo tanto, lo que menos les interesa a los sitios porno es que sean porno. Aún cuando curan sus contenidos -especialmente para no comerse un juicio por algo ilegal o por colgar algo sin el debido copyright, por ejemplo-, lo que les importa es que la gente entre. Y el sexo es el contenido que más atrae porque, seamos sinceros, en nuestra mente sigue siendo algo prohibido y atractivo. Conclusión: los sitios porno son máquinas de crear y comercializar tráfico de Internet. El material no importa, lo que importan son los clics. Suele decirse que el capital no tiene patria. También podemos deducir, entonces, que no tiene sexo. Igualito que los ángeles.