El sábado pasado cerró el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires (FIBA) que se realiza cada dos años. Esta nota, se aclara, está escrita por alguien que no es un especialista en teatro (lo que no implica que no lo entienda o no lo vea). La defensa: fue un evento importante e interesante que no tuvo la difusión necesaria. Empecemos por el principio: es muy probable que, si no está acostumbrado a seguir los acontecimientos de la agenda cultural de Buenos Aires, el festival le haya pasado inadvertido. Ha pasado también -pero menos- con los otros dos eventos culturales grandes que realiza el Gobierno de la Ciudad: el Bafici y el Festival y Mundial de Tango, aunque el último sí tuvo un poco más de presencia en las calles. En gran medida, la falta de público en varias de las funciones tuvo que ver específicamente con la ausencia de la difusión adecuada. Más si se tiene en cuenta que hubo varios montajes internacionales de excepción que quizás nunca más puedan ser vistos en esta ciudad. Ahora bien: fue una muestra muy arriesgada, que optó no por la comodidad sino por la posibilidad de descubrir qué pasa con el lenguaje teatral hoy más allá de la dialéctica entre escenario y platea.

Un festival debe generar curiosidad sobre lo más raro y llevarlo a todo público posible

Las experiencias como Etiquette, Remote Buenos Aires, The Quiet Volume o Blind Cinema, que colocaban al público en el centro de la representación, quizás no sean “novedosas” para el hiperespecialista, pero implicaron un descubrimiento para la mayoría del público. Justamente, una de las misiones de un festival es llevar lo nuevo y específico a todo el mundo, a que encuentre su público, quien lo reciba y lo aprecie o denueste. Sin eso, no sólo no hay festivales: no hay arte.

Las experiencias de The Tiger Lillies, de la terrible pero impresionante Five Easy Pieces, de la extrema 2666 -esa obra de doce horas- o la bella Aqueles dois, justifican la selección. Es cierto que todo fue muy político, pero ese criterio implica también discutir ideas y el lugar del teatro. Un festival debe servir para discutir cosas, también, porque están ahí, a la mano de todo público posible. Otra vez: el gran déficit -y no es responsabilidad de la dirección de la muestra, a cargo de Federico Irazábal, sino del propio Gobierno de la Ciudad- fue la comunicación. Con la adecuada, esos eventos habrían hecho el ruido que estaban llamados a hacer. No pasó y se desperdició una selección única.

Fue un buen, muy buen festival, sanamente discutible y provocador. Pero debería pensarse mejor cómo generar la curiosidad sobre lo único y extraordinario a un público amplio. Si no, sólo seguirá hablando de estas cosas la elite que quiere mantener lo exquisito como exclusivo. Justamente lo contrario de lo que debe ser un festival.