Cada Festival de cine tiene su más o menos evidente punto de equilibrio, su receta, su particularidad y esencia. No todos los festivales, por ejemplo, apuntan a la participación activa del público; el de Cannes, por caso, pone su foco en el sector, en el mundo del cine al que sólo se deja acceder a la prensa especializada. Por el contrario, otros festivales como el de Berlín, el de Mar del Plata y, por cierto, también el de Rotterdam, basan su dinámica y su poderío (también) en la entrañable relación con su público.

En este último caso, más allá del compromiso y el disfrute colectivo que siempre llaman la atención en la muestra holandesa, existen políticas consistentes en ese sentido, que incluyen -por ejemplo- la participación de miles de estudiantes en funciones a las que acuden colegios enteros. Es por eso que a un festival tan intrínsecamente ligado a la idea de compartir las películas en una sala de cine, el impacto de la pandemia le genera problemas de muy difícil solución. El gran desafío al que estamos asistiendo es, justamente, cómo mitigar los efectos de la situación actual, ver en escena el "control de daños".

 Así, con el diseño de una parte virtual hasta el 7 de febrero y una proyectada versión presencial a principios de junio (unidas ambas partes por una gran cantidad de acciones híbridas), las aludidas características sirven de marco para comprender cómo Riders of justice de Anders Thomas Jensen fue escogida como película de apertura. Es que, si bien el festival suele prestar atención a las vanguardias, a los desafíos, a lo nuevo e inexplorado, también tiene muy presente a su(s) público(s) y a los valores que quiere poner en debate edición a edición.

Por eso, así como no debía sorprendernos que la película de cierre de la edición anterior haya sido un crowdpleaser como A beautiful day in the neighbourhood (injustamente criticado, por cierto, tal como en estas páginas señalamos en su momento), la decisión de este año no resulta inadecuada en el marco indicado. Así como en la película de Marielle Heller (disponible en Flow) se luce el inoxidable Tom Hanks en el rol de Fred Rogers (icónico presentador televisivo estadounidense), la apuesta es ahora al cada vez más globalmente indiscutido Mads Mikkelsen.

Por lo demás, Riders of justice hace equilibrio entre lugares comunes y miradas que parecieran tener que ver con la corrección política con tensiones entre sus múltiples tramas que dinamitan determinados límites usualmente aceptados. Lo que comienza prometiendo una fábula de duelo y sanación muta o se abre en una salvaje venganza en la que los diversos personajes elaboran sus traumas casi al unísono. Un pasticho disfrutable y sorprendente en sus giros inesperados. Bajo el ropaje de un cine claramente comercial, estas disrupciones e incomodidades no pueden sino agradecerse.

Tras ese inicio "mainstream" (al menos en términos del Festival de Rotterdam), las premieres mundiales han apuntado a realizadores nóveles, a películas provenientes de cinematografías no tan habituales en las carteleras comerciales fuera de su país de origen. Entre ellas cabe destacar la producción serbia Landscapes of resistance, de Marta Povivoda, muy personal documental que se acerca a la vida de Sonja, partisana que resistió al nazismo incluso en su reclusión en Auschwitz.

Es su palabra, es su voz, la que lleva la deriva de la narración en la que deliberadamente se excluyen las imágenes de archivo. El sonido de las voz dialoga con imágenes de la naturaleza, de sitios que imaginamos tienen que ver con el presente de aquellos en que sucedieron los hechos. Incluso hay textos escritos en pantalla (partes del diario personal de la protagonista) y dibujos, en una reconstrucción de la memoria que elude a los recuerdos o documentos pertenecientes a otros. Lírica y arriesgada, profundamente comprometida y política, esta es, por ahora, la película que más ha llamado mi atención.

La participación argentina

Este año, aunque hay muchos proyectos de producción y películas para work in progress, la selección ofocial de Rotterdam solo incluye una película argentina, El perro que no calla, de Ana Katz, habitué del circuito de Festivales cuyo debut El juego de la silla tuvo su lugar en esta misma muestra. La película se verá llegado el final de esta "semana semi presencial" (recordemos: Rotterdam tiene dos partes, la primera ahora para que el público local vea las películas en sus salas y la prensa vía on line, y otra, apostando a la reapertura, en junio, con público internacional si todo sale bien) pero se describe como una nueva comedia de costumbres de la creadora de Los Marziano, rodada íntegramente en blanco y negro y que, además de narrar la historia de un diseñador gráfico que necesita insertarse en el mundo (y no solo "laboral") resulta una buena metáfora, en tono de comedia, de los tiempos de la pandemia.