Cuando entre el 1 y el 7 de febrero de este año Diario BAE cubría lo que se anunciaba como la muy particular y excepcional primera parte de una edición tan importante como lo es la número 50 del prestigioso Festival Internacional de Cine de Rotterdam, la intención de los organizadores era la de centrar allí lo atinente a las competencias, mercado y lo que, en definitiva, más interesa al "sector" para, una vez llegado el calor y, apostando a una mejora en la situación de la pandemia, poder hacer el encuentro presencial que permitiera el diálogo directo con el público.

El tiempo ha demostrado que el transcurso de estos cinco meses no ha sido suficiente para que la nueva normalidad admita la posibilidad de llevar adelante aquellas actividades que hacen a la esencia de un festival. La reciente final del concurso Eurovisión, que tuvo lugar en la misma ciudad de Rotterdam, funcionó de una manera fructífera por la propia naturaleza del evento (pensado para ser transmitido en simultáneo en todo el mundo, más allá de lo presencial) y por la potencia innegable del grupo ganador este año, el italiano Maneskin, al que vale la pena prestar atención. Pero es un show en el que los pocos afortunados que lo presencian importan más por su labor de extras en la televisación del evento que por la real implicancia de esa participación. Tal lógica es impensable para un festival de cine, que requiere (y depende) sobre todo de la afluencia del público.

Es así que el Festival de Rotterdam ha debido esforzarse para que el festejo de esta edición 50 no termine totalmente deslucida. En los híbridos tiempos que corren, prensa e industria deben contentarse con la visión on line de las películas y eventos (con la ¿ventaja? de no tener que viajar) en tanto que se ha establecido un protocolo muy estricto para las proyecciones y actividades presenciales. El propio festival es concebido como una masiva prueba para la gestión para este tipo de eventos en tiempos en los que el Covid parece haber llegado para quedarse,  y es por eso que las medidas son particularmente severas durante estos primeros días.

Desde el mismo principio de esta "segunda etapa" y hasta el 4 de junio, para poder acceder a las proyecciones y encuentros,  deberá demostrarse el resultado negativo respecto de la enfermedad mediante un testeo no anterior en 40 horas a la del evento, cuyo control se realiza a través de una plataforma específica. Y este requerimiento aplica a todo el mundo, incluso a los vacunados con las eventuales dos dosis requeridas. No hay venta presencial de entradas; por lo tanto, para acceder a una función hay que comprar las localidades on line, pedir turno para realizarse el test del mismo modo y llevarlo a cabo teniendo en cuenta el aludido plazo, para finalmente entrar a las salas, que, por supuesto, tienen un aforo limitado. Para los días 5 y 6 está previsto (si no sucede nada que imponga actuar en otro sentido) dejar de lado el requerimiento del testeo, no así la limitación del público en las salas. En este sentido, la distancia de 1,5 metros entre espectadores es una regla que aplica incluso para los integrantes de una misma familia o burbuja, lo que da cuenta de lo acotada que se encuentra la presencialidad.

Por lo demás, tampoco se ha habilitado la llegada de extranjeros para presenciar el festival. El formato híbrido, dual, aplica para el público de los Países Bajos (que pueden adquirir tickets para ver un largometraje en salas por 12 euros o por 8,50 en su modalidad on line). La posibilidad de acceder a la programación desde fuera del país sólo existe, como se dijo, para la prensa e industria, ya que la plataforma utilizada aplica herramientas de geobloqueo.

 Son tiempos difíciles en los que se agradece la decisión de los organizadores de seguir adelante pese a las circunstancias. La solución más fácil hubiera sido cancelar todo y pasar a otro año. Sin embargo, se ha seguido adelante aún a sabiendas de que mucho de lo que se iba trabajando podía quedar en la nada. Y así fue. Es por ello que aun con todas estas restricciones el hecho de poder reencontrarse en las salas (reabiertas en el país de manera concomitante con esta parte del festival) y de dar lugar a un público que siente tan propio al festival es un hecho que merece ser reconocido. Rotterdam es una ciudad portuaria, cosmopolita, con una personalidad propia y particular en la que la diversidad forma parte esencial de su ADN. Eso siempre se ha notado en su desafiante festival de cine. Y este año, que comenzó ayer con la proyección de la película noruega The World to come (dirigida por la también actriz Mona Fastvold) no ha de ser la excepción. Rotterdam marca un posible camino para las muestras por venir, pero el paisaje a futuro se nota áspero y difícil. Por lo menos hay películas.