Seguimos recorriendo el sitio turco (pero escrito en inglés) Eroticage.net. Lo dijimos varias veces, pero volvemos a repetirlo porque -dice la Señora- el público se renueva: más que un reservorio de pornografía, lo es del cine marginal, de explotación, clase Z, popularísimo (y en muchos casos porno, claro, pero al menos siempre con sexo y desnudos) realizado entre los años sesenta y los noventa. Muchas de estas películas, como forman parte de ese cine descartable poco mirado por la Academia, se habría perdido de no ser por coleccionistas amorosos que han digitalizado copias y las han subido a la web. Ese cine popularísimo siempre ha sido el puente de comunicación entre cierto arte y el público masivo y no especializado. También ha sido, por sus posibilidades y su libertad, un campo de experimentación temático y formal poco reconocido como tal. Encontrar tal mina de oro cinéfila nos ha llenado de entusiasmo y por eso le estamos dedicando tantas notas.

La importación de películas eróticas del Viejo Mundo permitió que ingresara cine de autor en Estados Unidos

Por otro lado, es un cine que no solo no le hace ascos a los géneros, sino que se aprovecha de sus lugares comunes para poder "pasar" y justificar las imágenes eróticas o pornográficas. Los relatos más previsibles permiten que el espectador entienda rápidamente por qué tal señorita se encuentra con tal señor sobre (siempre es sobre, si no, no se ve nada) las sábanas y aceptar el asunto. El porno, por su lado, ya creó sus propios lugares comunes de relato y sabemos que si la señora en camisón transparente tiene un problema de plomería, llegará el profesional que ha de arreglarle la cañería y alinearle los chakras, para decirlo metafóricamente.

Pero son mejores, mucho mejores, las películas donde el sexo se inserta dentro de la trama y la hace avanzar. La que vamos a recomendar hoy no es en absoluto pornográfica (no hay penetraciones, no hay sexos masculinos ni fluidos), es de 1967 -apenas previa a la legalización en Dinamarca y Suecia- y está llena de desnudos femeninos y escenas eróticas. Rodadas con bastante pericia y algo de genio en un muy expresivo blanco y negro. Se llama La peur et lamour, ("El miedo y el amor") y es francesa. Fue dirigida por Max Pécas y tiene un extraordinario cast femenino. En los Estados Unidos fue un hito importante: entonces, la censura estaba terminando de relajarse y había una ventana para las películas con desnudos si pasaban por fuera del sistema de calificaciones que manejaba (y maneja) la propia industria a través de la MPAA. En los Estados Unidos, el Estado no puede censurar, prohibir o recortar absolutamente nada salvo que se demuestre nocivo. De algo de eso hablamos la semana pasada en esta columna, dicho sea de paso, y pueden encontrar en la web del diario la nota. Volviendo al tema, gracias a esa ventana ciertas películas casi porno pudieron estrenare en ese país y, gracias a eso, en gran parte del resto del mundo. El miedo... es interesante porque fue una de las más exitosas de las importaciones de la pequeña casa estadounidense Olympic International Films, competidora de la American International de Roger Corman. Estas compañías también tuvieron un papel muy importante en traer -en paquete, claro- películas de la Nouvelle Vague o de autores importantes de Europa a los EE.UU., como Bergman, Fellini, Godard y otros. También ese cine, saludado por la crítica y que solía incluir desnudos y franqueza, permitió la entrada de aquel otro más "de explotación" y, mucho más tarde, la legalización total.

Volvamos a El miedo y el amor. Es un policial a su manera, más bien un thriller porque los agentes del orden aparecen poco y nada. Hay un estudio de fotografías lleno de modelos, que en la primera secuencia es revisado a la distancia por un evidente voyeur. Se ve cómo los fotógrafos tratan de corromper a las chicas, que suelen desnudarse con casi absoluta inocencia. Se interpone un problema: alguien roba una cantidad enorme de dinero en forma de diamantes sin cortar, que van a parar al estudio y atraen a una pandilla que se vio mexicaneada con el botín. Claro que tienen que hacer lo posible por desenmascarar a quien les sacó las joyas, encontrarlas, llevárselas y que nadie levante la perdiz. Para eso, se involucran con las chicas, con una en particular que termina realmente enamorada del mafioso. Por cierto, nada termina bien.

Hay secuencias extraordinarias. Más allá de que los cuerpos femeninos son mucho más reales que lo que podemos ver en cualquier filme -erótico o no- hoy, también es cierto que son cuerpos de modelos. Hay un momento en particular que me resulta de esas secuencias para recortar y mantener en la pared como un cuadro. Un mafioso habla con una chica en primer plano, acodados ambos a una mesa redonda. Detrás, una modelo semidesnuda y muy sexy hace una danza con aditamanetos bondage (un látigo) mientras, detrás, un enorme disfraz de monstruo parece verla. La luz cae no sobre la pareja que dialoga sino sobre la chica, que está en el centro del plano. La disposición es de una enorme simetría, y lo que es pertinente para la trama es ese diálogo, mientras que la danza sado complementa emocionalmente la situación. En un momento, la cámara hace un audaz travelling hacia adelante y solo toma a la bailarina, que domina toda la situación. Es breve la toma, pero suficiente como para excitar la imaginación e incrementar el clima de irrealidad y de peligro que rodea toda la película.

Los colores están usados de manera perfecta y muy expresiva, y el montaje permite una narración clásica

Por otro lado, a veces hay situaciones que no parecen muy narrativas, como el cuerpo de una señorita duchándose con la cámara a tal altura que permite ver sus glúteos de manera casi olímpica. Tal secuencia no aporta nada a la trama, pero incrementaba los minutos de desnudo que una producción de este tipo estaba obligada a tener. La resolución de la trama tiene alguna torpeza, pero en general es bella de ver en gran medida porque los planos que cuentan la historia están elegidos de modo pertinente y montados con un sentido clásico del relato. La belleza del blanco y negro, exquisitamente realzado, le otorgan ese plus que hace de El amor y el miedo una verdadera película con y sobre el sexo.

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