Cuando se estrenó la primera Deadpool dos años atrás, pensamos que no podía repetirse la mezcla de acción desaforada, violencia sangrienta y humor paródico del original. Aquella pelÍcula era imperfecta, pero permitía algo de aire nuevo ante la andanada elefantiásica de los superhéroes desde dentro del Leviathán. La secuela logra conservar esa enorme diversión y que salgamos contentos del cine sin necesidad de pensar si vimos una buena película.

Ahora bien, lo es. Sobre todo porque logra que el chiste de hablarle al espectador sobre el absurdo que está viendo no evite que comprendamos las emociones de los protagonistas. Y porque Ryan Reynolds realmente quiere ser un actor cómico, realmente quiere cargarse -es guionista y coproductor, también- al sistema del blockbuster con sus propias armas. Esa identificación entre proyecto y personaje es escasa y, aquí, perfecta.