Hemos hablado muchas veces de la tensa, complementaria relación entre Estados Unidos y China en el negocio del cine. Las cosas, dicho sea de paso, no están en su mejor momento dado que la nueva administración estadounidense, saturada por el discurso del presidente Donald Trump, intenta cerrar más la economía del gigante americano. Es decir, cada vez más, “americanizar” el mundo sin “mundializar” América. Pero la economía global es un poco más compleja que eso, y las empresas se han vuelto transnacionales. De allí que la tensa relación obligue a ambas partes a ceder. El mercado cinematográfico chino ha sido, en los últimos años, el de mayor crecimiento, con picos de hasta un 10% interanual. Hoy es más importante en producción de dólares que el estadounidense. Los chinos permiten muy pocas pelí- culas extranjeras que pueden girar beneficios (34, aunque esto crece con coproducciones llamadas “de intercambio cultural” y películas que se compran a precio fijo para exhibir en el país; en total, entre todos los sistemas, no se superan las 60 películas extranjeras) y se abastecen con lo que producen, a niveles técnicos similares a los norteamericanos, pero más baratos. Pero no exportan como Hollywood, que domina dos tercios del mercado de exhibición global. Aquí hay una paradoja: el otro tercio es dominado por empresas principalmente chinas, pero optan por distribuir sobre todo títulos de Hollywood porque están más instalados y generan mejores dividendos. Ahora bien: China, en marzo pasado, se llevó el 48% de la recaudación global en cines y EE.UU. sólo el 10%. La dimensión asusta.

Por eso es que es importante que Charles Rivkin, el nuevo presidente de la Motion Pictures Asociation of America (MPAA), la entidad privada que vela por los intereses del cine estadounidense fuera de su país de origen, bregara por un “futuro compartido” entre China y EE.UU. en el terreno del cine, lo que es ir a contramano de la retórica política. Las palabras que dirigió a la audiencia en la Cumbre Cinematográfica Chino-Estadounidense (que se realiza todos los años organizada por la Asia Society en Los Ángeles) fueron interesantes: “para que alcancemos todo nuestro potencial -dijo, según cita de Variety- se requiere cooperación”. Y agregó: “Así podremos seguir creando empleo y crecimiento económico. Y podremos representar mejor nuestros valores al mundo comprendiendo nuestras diferencias”.

Parece un discurso conciliador y lo es. Detrás hay dos pedidos clave: el crecimiento de la cuota de películas extranjeras en China -en diez años pasó de 10 a 34, más los casos especiales- y la posibilidad de girar más beneficios a las casas matrices (así como la lucha contra la piratería, que tiene un paraíso no declarado en el gigante asiático pero hoy está más perseguida gracias a leyes aprobadas en junio pasado). Porque en un año donde los tanques fallaron en el mercado doméstico, la producción salvó las ropas gracias a las audiencias chinas y globales. Ahora la respuesta está en China, que seguramente tendrá exigencias importantes para ceder algún paso ante los americanos.