La empresa VR Bangers anunció el lanzamiento de su juego para visores de realidad virtual en 360º The Dragon Milf, que además sale al mismo tiempo que la parodia Moan of Thrones. El juego es porno; la película, también. Hace un tiempo hablamos de lo que implicaba usar los visores de VR para esta clase de entretenimientos, y les aseguramos que era un dolor de cabezas (literal). Está bien, tienen razón: en la década del ‘50 se consideraba una pantalla de doce pulgadas un televisor gigante. La tecnología además hoy avanza mucho más rápido, así que es cuestión de esperar. Como siempre, el porno es el primero, por razones de pura supervivencia, en avanzar en cada tecnología. Que tienen algo en común: nos recluyen en lo individual. Piénsenlo un segundo: cada vez más pasamos una gran parte de nuestro tiempo frente a una pantalla de uso propio. Un celular o una computadora no pueden ser utilizados por más de una persona a la vez. Nos comunicamos y relacionamos con otras personas (muchas veces personas a las que llamamos “amigas” sin haberlas conocido en persona) mientras además hacemos otras cosas en esa pantalla. El ejercicio del sexo, con el paso de los siglos, se ha convertido en una actividad privadísima que debe mantenerse casi en secreto, incluso si hoy somos un poco más permisivos a la hora de hablar del asunto, incluso utilizamos el lenguaje con la regla de al pan pan y al vino, vino. E Internet ha servido para eso. El lado poco amable del asunto es que estamos cada vez más aislados. Pero eso es para discutirlo en otra parte y uno, además, dejó de ejercer la sociología sin licencia por puro aburrimiento.

Las tecnologías del nuevo siglo tienden a aislar cada vez más a las personas manteniéndolas ocupadas

Así que, para acabar con él, sumerjámonos en The Milf Dragon. Efectivamente, es un juego; efectivamente el campo de juego es de 360º, y, efectivamente, es pornográfi co. A medida que se avanza, se toman decisiones respecto de con quiénes y cómo tener relaciones sexuales. El personaje principal es una señorita albina (“milf” es un término quizás desproporcionado dada la calidad disneyana del diseño de personajes) que recuerda a Daenerys Targaryen (gracias, Google, por la grafía correcta, esperemos) y sí, también hay un dragón cuyo rostro tiene un no sé qué de Margarito Tereré. El plato fuerte son las secuencias de sexo y que uno puede ver más o menos lo que quiera moviendo el casquete ése en el que encaja el celular. Por supuesto, el objetivo es el goce y lograr orgasmos. Hay que tocar allí, moverse para allá, usar el cosito ese de acullá para ir logrando el objetivo. En cierto modo, cada cosa a hacer tiene la misma difi cultad que lograr un caramelo múltiple en Candy Crush Soda Saga, aunque, dada la monotonía del viejo unodos, un poco menos divertido.

Pero no es nuestra intención descorazonarlx, estimadx erotó- manx. Usted puede hacer lo que desee. El juego está protagonizado, como puede adivinarse, por gráfi cos en 3D, dibujitos, si quiere, con pretensión (sic) realista. Más o menos, porque esa señorita no puede tener esa cintura y esas caderas en el mundo real sin tener que pasar en algún momento por el traumatólogo, por ejemplo. No, el problema reside en que, con un dispositivo que permite pensar cualquier cosa literalmente, todo sigue el estándar no sólo sexual sino también gráfi co. Una herramienta que libera la imaginación aquí es utilizada para atarla a lo más convencional que puede dar el sexo. ¿Cuál es la razón? Probablemente, que los productos masivos están pensados para un común denominador que, en estas lides, es bastante bajo. El “chiste” del juego consiste en reírse del universo de Game of Thrones, digamos -aparte, serie donde en la mayoría de las temporadas era obligatorio algo de sexo convencional o no por capítulo-, porque aún “resulta gracioso” en la mayoría de las sociedades ver qué hacen nuestros héroes cuando se sacan la ropa. Sí, es bastante infantil el asunto. Pero eso es lo que piensan los productores de entretenimiento masivo: que, cuando estamos solos, nos comportamos como niños. Y es probable que los vendedores de chiches tengan razón: queremos, cada vez más, permanecer en la infancia, revertir la marea del tiempo. Sexo mediante, en este caso.