La pornografía es un problema siempre, especialmente en tiempos de (híper) corrección política. La corrección política, por otro lado, también es un problema: lo que comienza con las buenas intenciones de una igualdad donde a nadie se discrimine por cuestiones de etnia, credo o ideología termina acusando a cualquier ironía, cualquier chiste, cualquier pequeña subversión del lenguaje de terrible crimen contra la humanidad. La corrección política ha sido excusa para censuras especialmente en regímenes dictatoriales, aunque hay que aclarar que siempre se adapta a lo que se considera "correcto" en cada contexto, y que estamos usando el término de un modo apenas anacrónico, sólo para que se entienda.

Uno de los argumentos de la corrección política contra la pornografía es la "cosificación" (qué palabra horrible) de la mujer. Según este discurso, quedaría reducida a una serie de agujeros que pueden ser usados -y, sobre todo, abusados- a gusto y placer de un hombre. Las mujeres en el porno son insaciables, por otro lado, y los hombres, ultrapotentes, lo que -también desde ciertos extremos del discurso- parece reconfirmar la lógica del patriarcado. Digamos que algo de razón hay.

En general, el punto de vista de una secuencia pornográfi ca recae en quien goza y no en quien provee el goce

Pero no tanta

En general las personas que utilizan estos argumentos parecen no haber visto porno nunca. Wittgenstein decía que de lo que no se sabe es mejor callar, pero en los últimos años no parece ser la norma para nadie. ¿Por qué decimos esto? Bien, porque desde esta columna, un poco a contramano de la corrección política, vamos a decir que nada hay más "cosificado" en (lo que queda de) el cine porno que el cuerpo masculino.

Se trata, por supuesto, de una cuestión de puesta en escena. Es decir, de cómo se filma, se actúa, se monta y se produce cada imagen. El cine porno no escapa de estas reglas, y su efectividad -incluso la básica de excitar al espectador- recae no tanto en lo que se ve sino en el cómo. Para poner un ejemplo, vean las secuencias de sexo, muchas veces casi explícito, de las películas de Tsai Ming-Liang (un ejemplo, What time is it?). Van a ver que no están filmadas para excitar a nadie sino sólo para poner en cuestión ciertos comportamientos de los protagonistas. Alguna vez hablamos en esta columna de la secuencia sexual de Terminator (1984) de James Cameron, y allí la cuestión era la necesidad de ver que Kyle y Sarah tenían sexo porque ella queda embarazada de John Connor. Es decir, el sexo allí era información necesaria a la trama. Tampoco tenía como objeto excitar al espectador.

En el caso del porno, la excitación del espectador es la base. Y en todos los casos, sea que se trate de porno hétero u homosexual, hay siempre un punto de vista. En el cine, el punto de vista no es necesariamente el lugar desde donde mira la cámara (que es un punto de vista "físico") sino desde quién se cuenta la escena o la historia. Más allá de las penetraciones o gestos sexuales en cualquier variante, lo que le otorga a estas escenas su fuerza es que provean cierta identificación. Ahora bien: la mayoría del porno mainstream, efectivamente, está realizado teniendo en cuenta un espectador masculino. Lo que hace que lo que se vea en mayor detalle sean los cuerpos de las mujeres. Incluso son ellas las que suelen tomar la iniciativa, o las que protagonizan las secuencias ante las "órdenes" de un hombre (en el caso de que los haya: en el sexo lésbico es un poco diferente).

Esto implica algo importante. En general, los cuerpos que se ven completos son los femeninos. Las reacciones, los primeros planos de rostros, el sonido de gemidos, gritos o palabras, provienen en general de las mujeres. El hombre suele aparecer siempre como algo que está ahí, que puede iniciar -o no, parte de la fantasía de estas películas consiste en que las mujeres siempre quieren sexo y toman a cualquier hombre para que se las satisfaga- la acción pero luego queda reducido a su sexo. Son pocos los planos que registran el placer masculino. Por norma, solemos recordar más a las pornostar femeninas que a sus partenaires. Esto no era tan así en los 80, quizás porque se narraban muchas más historias y la actuación no sexual ocupaba un porcentaje mayor en cada uno de estos entretenimientos. Pero desde que el porno se ha reducido a una serie de secuencias de puro sexo explícito y la actuación solamente a los movimientos del coito, las cosas han cambiado mucho.

En parte, la "cosificación" del hombre tiene un sentido más o menos técnico. En efecto: no ver demasiado al hombre hace que ese sexo genérico que está penetrando en pantalla pueda ser el del espectador. Al vaciar al personaje masculino, se provee un puente a la inmersión dentro de la escena. No otra cosa es lo que hace el porno realizado para visores o 3D: adoptar un punto de vista físico subjetivo para que el hombre -aún, para la industria, el que más consume- sienta que es su cuerpo el que está "viviendo" la escena.

Dijimos "punto de vista físico" y no "punto de vista" porque en el cine este último es otra cosa. No se trata del lugar donde se coloca la cámara sino desde quién se narran las situaciones. Y, en general, se narran desde las mujeres. En el caso del porno gay parece distinto, pero no: por lo general uno de los hombres es reducido sólo a su sexo y el otro a quien goza (aunque a veces hay alternancia). En el porno lésbico, suele también haber una mujer que toma la iniciativa y otra que "se deja hacer" hasta que, finalmente, también toma el lugar activo. Pero es el caso donde el juego de expresiones es más igualitario. El punto de vista que se adopta en el porno es siempre desde que goza y no de quien hace gozar (y estos roles existen como una especie de estándar en la producción más comercial), para dejarle ese rol, vacío de rostro y voz, al espectador/consumidor. Así las cosas, es necesario rever el término "cosificación": en todo caso, puede que ambos géneros sean "cosificados" por igual.