Cuando se habla de las mujeres en el cine, lo primero que salta a la vista es que, aunque en las últimas dos décadas ha crecido su presencia detrás de las cámaras, son muy pocas las directoras. No solo en los Estados Unidos, donde tal déficit podría ser más visible, sino en todo el mundo. Es raro pensar que el cine de oro en colores de Hollywood no sería lo mismo sin los vestuarios de la diseñadora Edith Head (probablemente la moda del mundo no sería lo mismo, de paso), o que, sin la montajista Thelma Schoonmaker, las películas de Martin Scorsese difícilmente serían lo que son. El documental y la propaganda serían incomprensibles sin Leni Riefenstahl -es cierto, era nazi y filmó El triunfo de la voluntad, pero también inventó formas para el cine. Uno puede pensar también que Marilyn Monroe era -o actuaba de- una rubia tonta, pero hacia el final de su carrera se le plantó a los jerarcas de la Fox, que la tenían bajo contrato, para ganar lo mismo que los hombres, y lo hizo arriesgando su carrera. La mujer en el cine ha sido tan invisibilizada como en cualquier otra profesión.

Pero en lugar de escribir esta nota celebrando los nombres de quienes lograron romper el techo de cristal, hablemos de una persona casi desconocida, una nota al pie en la historia del cine (hoy) que merecería otro lugar, al menos uno a la par de Griffith o Chaplin, pioneros en época de pioneros. Recordemos a Lois Weber. Nacida en 1879, fallecida en 1939, primero fue una niña prodigio que tocaba el piano y cantaba como soprano hasta que, en pleno concierto, se rompió la tecla de un piano. Eso la traumó, por muy raro que parezca, y dejó la música. Devota cristiana, había vivido en la pobreza durante la adolescencia mientras intentaba convertir gente como miembro de una organización similar al Ejército de salvación, y tras dejar la música volvió. Pero decidió que el arte masivo podía lograr conversiones de un modo más efectivo. Dejó su Chicago natal y marchó a Nueva York, donde se dedicó primero al teatro y, más tarde, descubrió el cine.

Entonces un largometraje era algo raro: nadie lo consideraba rentable. En 1908, Weber consiguió trabajo en la filial americana de la productora Gaumont: cantaba para las grabaciones de las “phonoscènes”, pequeños cortos musicales a los que se les sincronizaba una grabación (la sincronía no era muy buena, por cierto). Weber poco a poco aprendió a hacer todo: diseñar intertítulos, escenografías, vestuarios, escribir guiones, actuar y, finalmente, dirigir. Todo esto la convirtió en la primera autora integral de películas. La frase suena ambigua, así que precisemos: fue la primera persona, más allá del género, que hizo todo en un film y controlaba todo el proceso creativo. Fue también una de las cineastas más prolíficas de aquel primer cine. En 1911, cuando empezó a dirigir -su primera película fue A heroin of '76, correalizada con Edwin S. Porter, el creador de El gran asalto al tren-, por ejemplo, realizó diez cortos. En 1912, quince. En 1913, treinta y ocho. Y en 1914, entre las 27 que hizo, se encontraba una adaptación de El mercader de Venecia, nada menos que el primer largo cinematográfico rodado en los Estados Unidos, y por eso solo merece un reconocimiento: sin el establecimiento definitivo del largometraje entre el público americano, era imposible la existencia de Hollywood y el desarrollo de su poética. Las críticas de entonces la alababan. En total, dirigió 141 películas. Chaplin, por ejemplo, solo dirigió 72.

La mayor parte de aquel cine primitivo está perdida. Lo que conocemos es solo la punta del iceberg, aquello que tuvo la suerte de sobrevivir en algún lugar perdido. El primitivo nitrato se degrada con el tiempo y se transforma en vinagre; también estalla. A eso hay que sumarle guerras y catástrofes varias. Pero, sobre todo, hay que sumar desidia y el hecho de que poca gente considerase el cine como un arte hasta los años cincuenta. De allí que solo lo que tuviera enorme éxito comercial sobreviviese: se hacían copias y copias constantemente, muchas de ellas piratas, que circulaban por años. Lois Weber no tuvo esa suerte, no por no ser “exitosa” (lo fue) sino por no haberlo sido al nivel de un “tanque” de Hollywood de hoy. Y, claro, por ser mujer.

Sin embargo, en esos tiempos heroicos, Weber tenía un talento tan grande que intentó persuadir a la aún balbuceante Universal, la compañía para la que trabajaba, de realizar largometrajes. No lo logró y se pasó a la Bosworth, el primer estudio dirigido por una mujer, Julia Ives. Los hizo con un enorme alarde de creatividad y de mano de acero para controlar presupuestos y desarrollos cada vez más enormes, e incluso temas absolutamente controvertidos. Por ejemplo, fue la primera en filmar un desnudo frontal femenino en el cine estadounidense, en la película Hipócritas (1914), alegoría sobre los males del mundo que además escribió y actuó. Tuvo un enorme éxito y sus películas eran dramas serios con -para entonces- mucho más peso intelectual que el entretenimiento promedio. También tenía un ojo único, un modo de encuadrar que mostraba una enorme influencia pictórica, como lo permite adivinar lo poco de su obra que ha sobrevivido. De paso, Hipócritas fue un año anterior a El nacimiento de una nación, la película que suele mencionarse como el inicio del verdadero arte cinematográfico. Weber ya lo ejercía.

Volvió más tarde a Universal donde hizo más películas. Sus temas tenían mucho que ver con lo que hoy reclama el feminismo. En Where are my children?, que protagonizó un muy joven Tyrone Power en 1916, abogaba por educación sexual, anticoncepción e incluso aborto (palabra más tabú en los EE.UU. que en la Argentina de entonces, de hecho) como modo de impedir la “pobreza y degeneración” en las clases más bajas. Sí, bueno, suena difícil el motivo hoy, pero uno debe tener en cuenta el contexto. Fue mucho más allá en otra película que ha sobrevivido en parte, The hand that rocks the craddle (“La mano que mece la cuna”) donde directamente pedía planificación familiar.

De toda su obra han sobrevivido dos largometrajes importantes, protagonizados también por mujeres: Shoes (“Zapatos”) y The dumb girl of Portici (“La muda de Portici”), ambas de 1916. Son completamente distintas en ambiente y tono, pero las dos hablan de cómo las mujeres están sometidas a los hombres de un modo frontal aunque sin subrayados -eso las hace entretenimiento: Weber, muchas veces entrevistada, creía sobre todo en el poder comunicativo de la diversión. Shoes es un melodrama protagonizado por Mary McLaren que narraba la historia de una joven que debe sostener económicamente a su familia, especialmente a sus tres hermanos, y que, presionada por la responsabilidad y quebrada por las dificultades, termina prostituyéndose para reemplazar su único par de zapatos y seguir trabajando. Hay momentos donde Weber encuentra imágenes poderosas (el rostro en un espejo, el detalle de una mano ante un objeto) y logró que la película fuera un éxito enorme, tanto como Where are my children?, que según los cronistas de la época llevaba miles de personas a los cines cada noche.

La muda de Portici es una película de época basada en una opera de principios del siglo XIX. Claro que, en el cine mudo, es difícil trasladar opera, aunque estamos seguro de que fragmentos de ella se tocaban en vivo durante las proyecciones. El filme tiene, además, el atractivo de contar como protagonista con la bailarina Ana Pavlova, uno de los nombres más importantes de la historia del ballet. La trama gira alrededor de una chica pobre enamorada de un noble en el siglo XVII, y de los conflictos que llevan luego a una revuelta popular. Weber utiliza una enorme cantidad de escenografías y procedimientos creativos para comunicar el relato, todos de una gran precisión. No hay nada “de más” en la película y sigue siendo de gran elegancia. Ya entonces era un nombre respetado en el mundo del cine.

Un par de años más tarde, tuvo su propio estudio y produjo las películas que quiso. Su nombre y su rostro figuraban en la publicidad de sus filmes. Fue la primera mujer en hablar de la relación entre lo femenino y el mundo del consumo, la primera “moderna” en el sentido más contemporáneo del término. Habló de educación sexual, de derecho a la educación, de aborto, de libertad sexual, de la hipocresía social. En general, habló de la mujer y lo hizo para todo el mundo. Lo que queda de su obra -que se ha perdido en su mayoría: hay versión restaurada de Shoes y The dumb girl...- muestra que también inventó formas para el cine, aunque hoy su nombre se haya convertido en una rareza a recordar en días como estos.