El diablo en Miss Jones es uno de los títulos más clásicos del porno. Curiosamente, en la Argentina de 1984, cuando la censura desapareció y se legalizó la pornografía, se estrenó en los cines primero la secuela de este filme y, más tarde y con poco éxito, la original. No crean que fue la única vez que pasó: El loco de la motosierra, la ópera prima de Tobe Hopper, que fue censurada años, se estrenó después de La masacre de Texas 2, también de Hopper. Una rara simetría entre ambos casos consiste en que las primeras partes de ambas series son tragedias -en un caso, un drama; en el segundo, horror- y las segundas, parodias de las primeras. Pequeño dato, nomás.

El caso de Miss Jones es interesante por muchas razones. En primer lugar, después del éxito de Garganta Profunda -de la que hablaremos la semana que viene-, el realizador Gerard Damiano decidió ir más allá con una historia mejor contada. Damiano se consideraba realmente un cineasta y también un actor (de hecho, es el personaje que aparece al principio y al final de la película), y aquí tiene una manera de demostrar hasta dónde es posible integrar la pornografía -mucho más dura que en Garganta...- con una historia. La protagonista era Georgina Spelvin. Spelvin es un caso raro, una superviviente en más de un sentido. De niña contrajo polio, pero logró curarse y revertir la inmovilidad que le imponía la enfermedad hasta poder dedicarse a la danza. Actuó en muchos musicales de Broadway, todos famosos, hasta que conoció a Harry Reems, actor vinculado con el cine para adultos y protagonista de Garganta Profunda. Él le presentó a Damiano y comenzaron con el filme, que se realizó poco después de aquella película famosa.

El diablo en Miss Jones | La audacia de la película reside mucho menos en su contenido pornográfico que en su estructura narrativa

La historia es la de una tal Justine Jones. Justine ha tenido una vida virtuosa, no ha conocido el sexo ni el placer, siempre temerosa del pecado. Deprimida, un buen día se suicida cortándose las venas en la bañera. Su alma llega al limbo y allí le informan que el hecho de quitarse la vida le cierra eternamente las puertas del paraíso. Pide entonces volver a la Tierra por un tiempo para ganarse a pura lujuria un lugar en el infierno. Se transforma en una verdadera adicta a los placeres de la carne, en un crescendo de imágenes que se vuelven casi surrealistas. Pero al terminar tu tiempo, debe volver. El infierno que le toca no es fuego ni ganchos. La tortura eterna es vivir en una habitación más o menos cómoda con un hombre impotente y estar perpetuamente excitada. El hombre -Damiano en persona- sólo piensa en cazar moscas imaginarias. Ella se masturba de modo casi violento y ruega por una penetración, pero no lo logra. El final es un plano general de esa habitación, simétrico a un plano general que muestra el suicidio al principio, con ella sufriendo su deseo y el hombre inmóvil a su lado. Dantesco, en el sentido más poético del término.

Otra de las razones de la importancia del filme consiste en su estructura narrativa. Antes de los títulos, vemos el final, pero no entendemos qué es lo que sucede. Luego, como en flashback, transcurre toda la historia hasta desembocar en las imágenes que vimos al principio. La secuencia del suicidio dura unos diez minutos, no incluye nada sexual y es de una tensión increíble. Hoy nadie filmaría -en ninguna clase de cine salvo el que suele aparecer en festivales- una secuencia muda tan larga. Luego del castigo en el limbo, comienza la cabalgata sexual. Uno de los puntos interesantes consiste en que Spelvin no tiene un cuerpo excepcional. Es proporcionada, sí, y agradable de ver, pero no una jovencita hipertrófica de las que son comunes en el porno mainstream de hoy. De hecho, estaba muy por encima del promedio de edad de las chicas que se dedicaban -y se dedican- al cine adulto: debutar en el porno más allá de los 30 es toda una audacia.

La música de la película es increíble. No es perfecta y tiene varios momentos que hoy suenan raros a nuestro oído, pero acompañan las acciones y el montaje con gran efectividad, especialmente en las secuencias sexuales, que son bastante más audaces de lo que se permitiría en cualquier cine comercial de hoy. La primera parte es la "educación" de Justine en una secuencia larga con Reems, que incluye varios tipos de relación sexual. Pero lo que llama la atención es cómo actúa Spelvin. Es normal ver rostros de placer, no es frecuente ver el placer y el dolor mezclados, algo que aparece de un modo muy raro. Al mismo tiempo queremos y no queremos ver, como en el cine de terror. Gran parte de la excitación que produce la película proviene no tanto de los planos explícitos sino de la actuación -con rostro y voz, sobre todo- de Spelvin. Contagia sentimientos mucho más complejos que el orgasmo por llegar.

Dijimos que había secuencias de enorme audacia. Una, famosa, incluye una masturbación con una serpiente real a la que termina introduciendo en su boca. No, no hay ningún truco salvo que el bicho no era venenoso. Es un momento de gran incomodidad, pero eso lo hace mucho más cinematográfico. Lo mismo los dos tríos que llegan casi al final, uno con un hombre y una mujer, el otro -que incluye una doble penetración, algo extrañísimo en 1973- con dos hombres. La mezcla de placer, dolor, violencia y ternura de todas estas secuencias es algo que se ha logrado muy poco dentro y fuera del porno; incluso si no gusta del género, vale la pena ver la película sólo por esa forma dramática y realista de registrar el sexo.

El final es trágico y recuerda -por supuesto- la obra A puertas cerradas, de Jean-Paul Sartre, con eso de que "el infierno son los otros". El impacto emocional de la película fue enorme y la crítica, en su momento -la crítica de estas películas aparecía con el resto de los filmes, aún no eran "de gueto"-, la alabó como el filme que le daba cartas de ciudadanía al sexo explícito. Hoy además funciona como documental sobre los '70 por sus colores, sus ambientes, su iluminación y los cuerpos de sus personajes. Un infierno encantador.

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