Paren todo: este sacrificado escriba encontró una película pornográfica de acción (o sea, tiene acción genital y no genital, cuidado) que todo el mundo con la edad adecuada debería de ver. Se llama Jewel Raider-Tomb Raper y se estrenó en 2001. La dirigió Jay Jeff (un gusto) y tiene como protagonista casi exclusiva a una actriz muy bonita llamada Angelica Costello -alias Venus-, que interpreta a Laura (sic) Croft. Sí, amigos, es una parodia de Tomb Raider, más de los videojuegos que de las dos películas que protagonizó Angelina Jolie.

Hay un villano y hay buenos y malos. Hay armas de juguete y patadas voladoras, tomas y golpes. Y hay cuatro o cinco escenas hardcore para que no olvidemos que estamos en el loco mundo de la pornografía. Pero se trata, primero y principal, de una verdadera película, con personajes y trama, con diálogos y secuencias que tienen peso y se concatenan unas con las otras. Cosa curiosa, las sexuales también y por eso es que hay pocas respecto de lo que suele ser el estándar del género.

Precisemos el asunto: se supone que el sexo explícito debería de haberse convertido en un ingrediente más de las películas, y no en su componente único. Ver un video porno hoy es lo mismo que si Jurassic Park sólo consistiera en dinosaurios virtuales corriendo por ahí (bueno, quién sabe: Sokurov podría hacer algo bueno con esa idea). Lo decimos siempre pero no está de más recordarlo: una película buena lo es cuando todos sus elementos se combinan para crear un mundo y contar una historia consistente. Planos de penetración eternos a repetición no son cine. Volvamos: aquí todos los elementos visibles están unos en función de otros sin duda. Pero hay algo más que le da un valor (mal llamado “bizarro”, digamos excéntrico o raro) a este fi lme. Como todo el porno, está realizado con lo que hay a mano y poco dinero. Pero por una rara casualidad, hay muchas ideas para aprovechar el pan de ayer y transformarlo en torrejas más que pasables. Decimos “casualidad” porque lo bueno en esta película parece un accidente provocado por la necesidad de parodiar a un personaje y hacer las cosas más o menos parecidas al universo original que se satiriza. En fin, que hay muchas secuencias de peleas. Y aquí viene lo más interesante: si el espectador tiene buen ojo, verá que la manera que tienen estos realizadores de generar tensión y emoción con los idas y venidas de las trompadas consiste en movimientos vertiginosos de la cá- mara. Se ve que los actores, si bien tienen algún entrenamiento físico además del que provee el continuo vaivén en lechos y sofás, no saben pelear en serio. Pero para que eso no se note, con cada golpe o enfrentamiento aparece una cámara bastante bien dirigida para complementar con velocidad lo que de otro modo sería un trompis de mentirita. Se nota que los técnicos del porno siempre fueron los mismos del resto de Hollywood, que laburan en lo que pueden cuando no hay grandes producciones por ahí.

Pero ya que estamos, veamos lo siguiente. Ese movimiento de cámaras es el mismo que suele usar Michael Bay para que creamos que es emocionante que unas latas se peguen unas a otras. Pero no funciona en las películas “grandes”. ¿Por qué? La respuesta los va a sorprender. Cuando un intérprete pornográfico tiene la oportunidad de hacer estas películas “paródicas”, lo siente como una verdadera actuación. Siente que, por un rato, por una vez, no sólo se va a exigir de ellos gimnasia genital sino también jugar con un disfraz, interpretar a otra persona, vivir una aventura. Y así sucede que, cuando se realiza esta clase de películas, solemos encontrar secuencias divertidas de verdad. Hay cierta ternura, cierta verdadera emoción al pensar en estas troupes de marginales del cine contentos porque van a poder hacer otras cosas, porque van a divertir a los espectadores con algo más que orgasmos fingidos y erecciones sin fin.

Esta clase de películas es la que se explica en esa belleza que es Boogie Nights, de Paul Thomas Anderson. Quizás recuerden esa secuencia donde Dirk y Chest filman una película “policial”, o el documental que filma Amber. El amor por el cine es más que el sexo.