La 45° edición del otrora gigante Festival Internacional de cine de Toronto finaliza mañana, al cumplirse sus diez días de habitual duración. La experiencia ha sido muy distinta, a la distancia, tal como se ha realizado toda la actividad de la prensa y de la industria. El número de películas se ha visto reducido drásticamente, con sólo una cincuentena de largometrajes (que ascienden a 63 "programas" con las actividades especiales y cortometrajes), a los que puede sumarse unas 30 películas elegidas por la sección de industria del TIFF. Para colmo, no son pocas las obras que no son accesibles de acuerdo a los territorios para los que se pagaron sus derechos (así, la gran ganadora del Festival de Venecia, Nomadland de Chloé Zhao, por ejemplo, por más que forma parte de la selección oficial de Toronto, resulta inaccesible para los críticos de América Latina).

La experiencia ha sido extraña, por lo visto, no sólo para quienes seguimos esta vez el festival a la distancia. Si bien se han realizado múltiples actividades presenciales, la situación dista de ser parecida a la habitual. Diana Sánchez, Directora Senior del TIFF explicó a BAE que este año las proyecciones en sala tuvieron lugar solamente en las que pertenecen al TIFF y que, por la regulación vigente en el Estado de Ontario, sólo se admiten 50 espectadores por función. Ello se aplica sin tener en cuenta el aforo particular de cada sala, que en el caso de las cuatro que conforman el TIFF Bell Lightbox, cuentan con 522, 353, 221 y 150 butacas. No es lo mismo una sala a un tercio de la capacidad que a una décima parte de ella.

 Un poco más de ese algo que tenía la vieja normalidad parece haberse logrado en los autocines donde se proyectaron algunas películas de la sección Midnight madness. Sólo tres formaron parte de esta selección; terror, trasnoche y autocine, seguro se llevan bien. Y lo cierto es que, con sus matices la taiwanesa Get the hell out, la canadiense Violation y la coproducción entre EE.UU. y Nueva Zelanda Shadow in the cloud (con Chloe Grace Moretz en el protagónico) han estado a la altura de las circunstancias. Además, aunque se trate de películas de género, respetaron los que parecen haber sido los "ejes temáticos" de esta edición. El costado que tiene que ver con el respeto a la naturaleza y los efectos no hacerlo (epidemias incluídas) está muy presente en la primera de las películas mencionadas y su brote de zombis que atacan el Parlamento de Taiwán. Las otras dos, sea desde la venganza frente al abuso, sea desde el desparpajo pulp en la Segunda Guerra Mundial, ponen en escena mujeres empoderadas.

 Entre lo más destacado de esta particular edición se encuentran películas llegadas con el sello del no realizado Festival de Cannes, entre ellas True mothers, de la japonesa Naomi Kawase, Pieces of a woman, del húngaro Kornél Mundruczó (filmada en EE.UU., con los protagónicos de Shia Labeouf y Vanessa Kirby) y Summer of 85, del francés Francois Ozon. Ante los dos dramones vinculados de algún modo a la maternidad y con bastante de explotación por cómo registran ciertas tragedias, el tono más juguetón con el que el ecléctico director de 8 mujeres y Bajo la arena se acerca a una historia de pasión y muerte resulta ciertamente más disfrutable.

 Directamente de Venecia llegaron a Toronto muy distintas propuestas. Para dejar en claro que relato y compromiso no siempre van de la mano, de la competencia de la Biennale llegó Notturno de Gianfranco Rossi, que deja la Lampedusa de Fuocoammare por los desastres de la guerra en Siria, Irak, Kurdistán y El Líbano. Mucho más lograda es The disciple, segundo filme de la ganadora del Bafici 2015 Chaitanya Tamhane, que se acerca a la música clásica del Norte de la India con una sutileza única, que mira con filo ese mundo en el que el dar la vida por una pasión dista mucho de la edulcorada visión de los concursos musicales tan de moda en todo el mundo. También del decano de los festivales llegó el gran descubrimiento de esta edición del TIFF, la húngara Preparations to be together for an unknown period of time, de Lili Horvát. Filmada en 35 milímetros (lo cual se nota por más que uno deba verla on line), este misterioso noir que sigue a una neurocirujana de New Jersey a Budapest para un reencuentro amoroso que puede haberse originado en un sueño, una confusión o un problema neurológico, es tan intrigante como bello. La exquisitez del encuadre, la composición de cada plano, por más que llamen la atención, no caen en el vano regodeo sino que son parte del clima y tempo de esta deriva (a la que un final algo ramplón no le hace mella).

En lo que a documentales respecta, un Herzog menor que viaja por el mundo persiguiendo meteoritos en Fireball: visitors from darker worlds (co-dirigida por Clive Oppenheimer), resultó menos interesante que la más amigable The truffle hunters (producida por Luca Guadagnino) y sus historias de viejos y perros buscando trufas en el Piamonte. Sin embargo, la gran sorpresa tuvo que ver con la china 76 days, que sigue los días en que la ciudad de Wuhan y sus 11 millones de habitantes quedaron encerrados, separados del mundo. Del 23 de enero al 8 de abril, la cámara sigue con nervio y una cercanía llamativa los eventos que aún hoy nos siguen afectando y conmoviendo. 

Los grandes ausentes de esta edición fueron los tanques de Hollywood. La estrategia ha sido esperar hasta que amaine el temporal, privilegiando -en su caso- el estreno en plataformas. ¿Qué sucederá en el futuro? Diana Sánchez nos dice que el TIFF espera volver a crecer, pero avisa que no volverá a la enormidad de 2018. El golpe a la cultura, en todo el planeta, ha sido fuerte. Que los festivales encuentren la manera de seguir adelante es una muestra de empuje y compromiso que se agradece. Resta ver si eventos como éste siguen creando públicos para un cine más diverso y heterogéneo o si, como se planifica desde hace ya mucho, las salas sólo quedarán para los tanques y el resto estará condenado a la virtualidad.