Por varias razones, los últimos Oscar fueron un triunfo para la televisión, o al menos para lo que hoy consideramos televisión. En primer lugar, parece que la ausencia de host hizo que la audiencia subiera un 4% respecto del último año, aunque también eso puede deberse a que entre las nominadas había películas mucho más populares. Y que el Oscar también se ve un poco como una competencia deportiva donde cada premio para una de las favoritas se ve como un indicio de quién se llevará el premio principal. Esta vez acertar era un poco más difícil, pero cuando se piensa que Green Book fue la favorita en Toronto, aunaba casi todos los temas “pesados” del lote (racismo, diferencias culturales, etcétera), es una “feel-good-movie” y había sido un éxito sin ser un mega tanque, el Oscar principal cuaja. Y evita varios problemas.

Porque el segundo motivo por el que triunfó la televisión fue Roma. Roma era la película más nominada y la más mencionada y aquella que se llevó más premios. Y la que le dio el premio al director. Pero ganó el Oscar como Mejor película en lengua no inglesa: nunca una nominada a esa categoría con nominación también en la principal se llevó los dos premios (ni Gritos y Susurros ni La vida es bella, dos ejemplos de doble nominación). Pero además Roma habría implicado el triunfo del modelo de distribución de Netflix. Aún así, es evidente que gran parte de la Academia no tiene problemas con el hecho de que las películas se vean o no en salas, y simpatizan con la enorme capacidad de dar trabajo de la firma de SVOD. Aunque no haya sucedido lo que muchos esperaban (que un filme de plataforma digital fuera la Mejor Película en los Oscar), el cambio es imparable. La TV, en ese sentido, también triunfó.

Y hay un tercer motivo. Los dos premios actorales fuertes, el de Olivia Colman como actriz por La favorita y el de Rami Malek por Bohemian Rhapsody, más allá de los trabajos de ambos, tienen una particularidad: los dos intérpretes han desarrollado una presencia importante en el universo de las series. Colman es la exitosa protagonista de Bloodchurch, policial de éxito; Malek, la figura central de la universalmente aclamada Mr. Robot. Y la conversación en redes sociales giró alrededor de estos antecedentes para ambos actores. Es decir: hay un nuevo, poderoso star-system que se está gestando desde lo que hoy es la televisión, desde el mundo de las series, que a su vez se ve retroalimentado por lo que la industria del cine en salas, cada vez más, deja de lado. De hecho, una de las cosas más comentadas durante la ceremonia fue el avance sin una sola imagen de The Irishman, la nueva película de Martin Scorsese protagonizada por Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci y Harvey Keitel que será estrenada en la segunda mitad del año tanto en Netflix como -condiciones del Oscar obligan- en algunas salas, mismo modelo de Roma. Es decir: los que antes fueron nombres grandes del cine, ahora se desvían hacia el SVOD para redorar blasones y seguir en el mercado. Mientras que, al mismo tiempo, la TV ha generado su propio sistema de estrellas, de directores, de producción y producciones, incluso de géneros, que traspasa las barreras de presupuesto, nacionales y de tamaño. El futuro del Oscar es el de Hollywood. Y hoy ese futuro, es evidente, pasa por la omnipresente vía digital.

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