Las heridas dejadas por las múltiples nominaciones de Roma a los Oscar (y su triunfo en categorías clave como dirección) se profundizan. La semana pasada, Steven Spielberg -de paso, productor de Green Book, la película que finalmente se llevó el premio mayor- se pronunció en contra de que los filmes diseñados para SVOD compitan por los Oscar. Y avisó que propondrá en la próxima reunión de la Academia un cambio: que los servicios de streaming garanticen una ventana exclusiva de exhibición en salas de por lo menos cuatro semanas antes de llevar un filme a la grilla hogareña. Las reacciones siguen siendo enormes.

Por un lado, hay realizadores -Sean Baker, creador de Tangerine y The Florida Project- que propone que Netflix cobre un fee a sus usuarios por ver sus filmes propios en salas, y por otro están quienes simplemente creen que la experiencia en cines ya no es imprescindible (la posición sostenida por Richard Shepard, realizador de The Hunting Party y I Knew it was You). Spielberg solo avivó un debate que auna lo comercial -cómo se venden las películas-, lo social -cómo se prefiere consumirlas- y lo estético, y en el que desde hace tiempo realizadores como Christopher Nolan y James Cameron están del lado no solo de la pantalla grande sino también de la recuperación del fílmico.

La voz de Spielberg es importante porque el realizador de Tiburón es, además, productor televisivo e incluso ha trabajado recientemente para Netflix (la serie documental Five came back). Su mirada no es la de alguien fuera de su tiempo, sino de quien fue construyendo un negocio gracias a los cambios tecnológicos. La pregunta es si el cine se partirá en dos: gran espectáculo en sala, experiencia íntima en el hogar. Y si esa será o no la matriz del negocio futuro.

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