La era digital es una bendición en más de un sentido, y un gigantesco problema en otros (muchos). Uno de los mayores, y probablemente el central en lo que se refiere a los medios de comunicación y los negocios, es el campo de los contenidos, donde todo es conflictivo. Conflictos lógicos ante un cambio de paradigma tan revolucionario como pasar de ver la televisión de acuerdo con una grilla que no podemos manejar a disponer libremente en cualquier momento de toda clase de contenidos. Justamente por ahí va la iniciativa que tomaron 165 cineastas europeos en Venecia: firmaron un documento para pedir al Parlamento Europeo que aprueben la Directiva de derechos de autor para un Mercado Único Digital el próximo 12 de septiembre. Entre los firmantes aparecen autores como Mike Leigh, Paolo Sorrentino, Lazslo Némes y Jacques Audiard.

Muchas películas de más de 20 años tienen una “segunda vida” gracias al SVOD y on demand

El problema: casi todas las películas realizadas antes de la era digital no pagan cánones equitativos a sus autores por pasar a las plataformas on demand. Dado que estas plataformas -en realidad todo el espectro digital, dado que gran parte de la TV hoy pasa por dispositivos que permiten grabar y ver contenidos casi a la carta- necesitan de material, toman mucho de lo realizado de veinte años hacia atrás, antes de la existencia de este tipo de tecnologías. Pero no pagan copyrights y fees como corresponde. Por lo tanto, es necesario que los autores y dueños de los derechos se sienten a la mesa a negociar un trato justo y un pago equitativo por lo que han hecho.

Las películas y las series clásicas -y no tanto- han encontrado, gracias a la enorme amplitud del espectro digital, una segunda vida comercial que, en varios casos, implica ganancias mayores que las obtenidas cuando el lanzamiento original en salas o en tv. Por otro lado, el férreo control de la exhibición en salas que ejercen las multinacionales con el lanzamiento de blockbusters hace que el único camino posible para visibilizar contenidos no realizados para tecnologías inmersivas, además de las salas de arte y ensayo, sean las plataformas y canales digitales. De allí que los realizadores quieran un trato justo y capturar algo de las (todavía enormes) recaudaciones que logran los SVOD.

Esto obligaría a empresas como Netflix o Amazon a pagar mayores royalties a los detentores de los derechos de autor de esos contenidos, así como disponer de un mecanismo de ajuste para que los autores reciban una remuneración equitativa por el uso de sus creaciones. La Directiva solicitada no solo afecta a los SVOD, sino también -y esto es más complejo- a plataformas generadas por usuarios, como YouTube.