El sexo es un negocio. En realidad todo es un negocio, amigos. Nada es gratis desde hace siglos y alrededor de cada necesidad humana se ha montado un tinglado. No es esta la página en la que vamos a criticar la lógica capitalista, por cierto: nos falta un cacho de Marx para poder hacerlo con cierta propiedad. El autor ha aceptado el mundo en el que vive incluso si le ve las costuras y las necesidades mal resueltas: cree que es mejor que en la Edad Media y que en el futuro será aún mejor y todos seremos hermanos en igualdad de derechos y oportunidades. Aclaramos porque hoy la corrección política nos obliga a aclararlo todo. Es molesto, pero bueno: mejor cubrirse.

Dijimos, de todos modos, que el sexo es un negocio, probablemente uno de los más antiguos. También es uno de los más antiguos motivos para el arte, desde el rupestre hasta nuestros actuales desarrollos tecnológicos de píxeles en alta definición. Pero como venimos contando desde hace tiempo en estas columnas, el arte del cine pornográfico ha caído en un larguísimo eclipse que ya se parece mucho a una extinción. Se filman cosas, videos con una excusa argumental mínima, cuando la hay, solo para presentar performances genitales, a veces buenas y a veces invisibles.

Pero la industria basada en la pornografía no se detiene de ningún modo y ha dado lugar a nuevos negocios que están creciendo.Pasa lo mismo que con la industria musical: cuando la piratería hizo prácticamente inviable la venta de contenidos en formato físico (el CD, cuya existencia digital es la raíz de su desaparición), no desapareció esa producción sino que sumó otras maneras y aparecieron negocios nuevos. El inventario es bastante interesante porque además nos lleva a pensar un cambio radical en las sociedades de hoy desde la crudeza gozosa del sexo.

Un negocio del que hablamos hace poco es el de las plataformas de venta de videos. Hay varias: los performers, realizadores y pequeñas empresas suben sus videos a ese sitio y allí pueden ser adquiridos tanto por los usuarios como por otras empresas. Es una personalización casi extrema, el "yo lo hago, yo lo vendo", y tiene la ventaja de poner en contacto (casi) directo a las pornostars con sus fans. Eso genera fidelización y especialización. Una cosa notable al respecto es que aquí se nota cómo en la nueva forma de crear contenidos que nos ha legado el siglo XXI es más fuerte y definitivo lo que desea el usuario (ya no espectador pasivo) que lo que propone el productor. Esto es algo que sucede con todo, sobre todo con los medios de comunicación, que se sostienen vía sesgo. En estas plataformas, eso se ve de manera muy clara.

El mayor negocio del porno, sobre todo de los sitios de videos gratuitos (que a veces están al borde de la legalidad) es la venta de tráfico. La cantidad de usuarios únicos, paginas vistas y minutos de cada visita hacen que cotice mucho un espacio en ellos. Además, derivan tráfico hacia los sitios que alojan los videos originales, y eso les permite a esos sitios, a su vez, cotizar mejor su espacio publicitario. Hay algo de irreal en esto, por cierto, pero la atracción que ejerce el porno es el principal atractor para el negocio del tráfico. Claro que no el sexo en sí.

Los juguetes sexuales se han sofisticado mucho y hoy generan casi más ingresos que la pornografía. Por alguna razón, se han vuelto más socialmente "aceptable" tener un consolador que ver un video pornográfico. Comenzó un poco con Sex and the City, serie donde las chicas hablaban de sexo de manera desprejuiciada y se mostraba el "conejito", un consolador con masajeador clitorideo que tuvo réccord de ventas grcias a la serie. Ver video porno sigue siendo un asunto solitario, y casi pecaminoso. Lo otro es más sano. Hoy hay una cantidad increíble de implementos, desde los clásicos dildos hasta esferas, trabas para diferentes partes del cuerpo y genitales, sorbedores mecánicos para crear la impresión de penetración, etcétera. En general se publicitan "para el placer en pareja", pero el uso es individual en la mayoría de los casos. Es, también, el negocio en el que más crece el público femenino, lo que permite una cantidad interesante de lecturas sociológicas que no vamos a hacer pero que usted bien se puede imaginar. La emancipación también será genital o no será.

Uno de los negocios más extremos es el de las cámaras en vivo. El lector sabe de qué se trata: ver a un o una performer hacer diferentes cosas a pedido de los usuarios con los que chatea. Es una especie de pornoshow dirigido, y es también de las primeras atracciones creadas alrededor del sexo cuando la banda ancha lo permitió (ya en 2001 había bastante para ver). Ese sector crece, pero tiene una extraña presión: los performers están pensando en sindicalizarse. Por eso hablamos de "extremo": es un negocio muy factible de ser ilegal. Por otro lado, suele estar delocalizado: la chica está en Almagro y el usuario, en Ohio y paga en dólares. En los EE.UU. se está discutiendo legislación para regularlo.

Y por último, muñecas sexuales. Ya no las inflables, sino hechas con materiales especiales muy durables que tienen la textura y la fuerza de la carne real. En los modelos menos sofisticados no hay movimiento y la temperatura del cuerpo es provista por el usuario. En los más caros (varios miles de dólares) hay movimiento programable, aparatos que calientan y lubrican los genitales y tamaños y estaturas cercanas a las reales. También hay moldes de colas o genitales de pornostars realizadas en estos materiales cercanos a la piel para que el usuario juegue con ellos, y se garantiza que es, exacto, un calco de la estrella. Ellas mismas los promocionan.

Este último caso muestra que todas estas tecnologías tienden a eliminar lo más importante: la necesidad del contacto humano, otro rostro y otra voz. El juego está cada vez más abierto. Pero nosotros nos volvemos cada vez más solitarios. Dentro y fuera del sexo.