Hubo muchísima gente y también muchísimas críticas: en las tardes del sábado y el domingo que pasaron se llevó a cabo la Maratón Bafici, un evento realizado en dos cuadras de la avenida Juramento desde Cabildo. Se lo criticó -no sin razón- porque, aunque realizado para difundir un festival de cine independiente que deja de lado el mainstream, que se dedica justamente a mostrar lo que la venta de pochoclo y gaseosas deja sin pantallas, tenía como núcleo actividades cuya iconografía recorría los grandes éxitos de Hollywood. Ahora bien, esta pequeña nota es para elogiar la iniciativa y ponerla en perspectiva.

Había miles de personas. Había actividades que incluían sacarse una foto ante pantalla verde (sustituida en la imagen por un escenario de una película famosa), había gente que enseñaba coreografías de musicales populares (este cronista vio a doscientas personas, casi todos chicos, bailando "Footloose"), actividades con stencils y un cubo gigante con cuatro pantallas. De un lado había un filme del Hollywood de los 80. Del otro, un documental o película argentina de la grilla Bafici. Ambos llenos.

¿Se podía hacer mejor? Sí, pero se decidió rápido y con poca participación -por cuestión de tiempo- de los programadores de la muestra. Pero se llenó de chicos. Dos días con miles y miles de chicos en actividades gratuitas que los acercaban al cine, y además muchos adultos que se quedaron, luego, a ver las películas en las salas. En un momento en el que la visión en salas pierde público ante la alternativa audiovisual digital, acercar a la experiencia de ver una película con (muchos) otros a la vez es casi imprescindible. Hacer docencia, se llama, aunque se pueda hacer cada vez mejor.