Algo gracioso sucedió en Gran Bretaña hace algunas semanas. Una compañía llamada Lovedoll UK, fue multada con diez mil libras por su práctica comercial de "pruebe antes de comprar". La cuestión es que, como el nombre lo indica, la empresa en cuestión es la mayor vendedora de muñecos sexuales del Reino Unido. Pero para convencer a los potenciales clientes, les ofrecía probar uno de sus productos en un dormitorio especialmente preparado en sus instalaciones. La prueba, de todos modos, no era gratuita, sino que costaba cincuenta libras, mientras que las muñecas se venden a un precio que no baja de las dos mil. Pero en la patria de Churchill y las Spice Girls hay disposiciones para todo. Una de ellas es que todo local que presente alguna clase de entretenimiento erótico -lo que incluye desde proyección de material pornográfico a show de strippers- debe tener una licencia especial para nada barata. Y Lovedoll no la tenía. La justicia británica consideró que las "pruebas" de muñecas eran en sí un negocio, incluso si la empresa aduce que se trataba de un seguro que incluía el gasto de reacondicionamiento e higiene de la pieza pasada la prueba por parte del potencial cliente. Pues no, dijeron los jueces insulares: esto es un negocio, ni más ni menos un prostíbulo de muñecas.

Lateralmente, parece que pagar cincuenta libras por pasar un rato con una imitación en material gomaespumoso de un ser humano resultaba un negocio incluso más rentable que venderlas para que el cliente se despachase a sus anchas en el británico dormitorio de su domicilio. Parece, también, que el asunto era que en la variedad estaba el gusto. Ojo que cincuenta esterlinas no es precisamente una cantidad menor, como sabe cualquiera que haya pisado las tierras bañadas por el Támesis. Pero la cuestión parece ser que la venta de muñecos sexuales implica una especie de matrimonio: se compra un modelo y, a la larga, es ese modelo y no otro y, en estos casos donde la Humanidad del partenaire no es precisamente espesa, en la variedad parece residir el gusto. Cincuenta billetes de doña Isabel II permiten una cierta rotación y un negocio bastante interesante. El fisco de doña Albión tuvo entonces que tomar una decisión.

Que es complicada. Las muñecas no son personas que están filmando una película pornográfica ni se están desnudando. No. Tienen forma humana, pero son un montón de material inorgánico que poseen un parentezco más cercano con un guante que con Jenna Jameson. Que tenga forma humana no implica que sea un ser humano. Por lo tanto, la prueba antes de la compra podría asimilarse a una masturbación con artilugios. Probablemente el criterio para la multa sea ese: el alquiler de un cuarto para masturbarse. Pero entonces aparece el otro problema: un hotel familiar podría muy bien tener este mismo tipo de multas si se descubriese que uno de sus huéspedes ha incurrido en un desahogo solitario alguna vez. Volvemos entonces a que existe un artefacto que excita al usuario, una muñeca. Pero el problema es que la muñeca, por definición, no puede excitar per se a nadie porque es un cacho de plástico y no una persona. ¿Va comprendiendo el lector la rara paradoja y por qué este caso pequeñísimo tiene mucho interés?

La industria de los juguetes sexuales es probablemente el sector de la industria del sexo que más crece, y muchas productoras de pornografía se han ido reconvirtiendo hacia ese lugar o incluyen ese negocios además de la creación de contenidos. Muchas estrellas porno, además, han permitido la creación de símiles en material sintético, muñecos que cada vez son más realistas. Es un paso más en el proceso de aislamiento que las nuevas tecnologías van creando alrededor nuestro casi sin que nos demos cuenta. También es un paso hacia cierta esterilización, pero no vayamos tan lejos todavía. Este pequeño y casi simpático caso inglés esconde que ese negocio del sucedáneo no humano, que ocupa hoy un lugar creciente en el universo económico, tiene aristas impredecibles.

La industria de las muñecas sexuales es una de las que más incremento ha tenido en ese sector. Materiales cada vez mejores y más resistentes, así como la intervención de lo digital, permiten pensar que el partenaire sexual programable e hiperrealista a precios abordables por cualquiera es solo cuestión de tiempo. Eso, sin dudas, afectará no solo la industria de la pornografía -algo bastante obvio- sino incluso las relaciones interpersonales. Hoy la tecnología digital hace que sea posible conseguir cualquier cosa sin movernos de nuestras casas. Desde comida hasta, incluso, compañía erótica (humana, claro) a través de un teclado casi en cualquier horario. Hasta no hace mucho, la más simple transacción comercial implicaba la necesidad de conversar algunas palabras con otra persona. Hoy ya no. Claro que para hacer un "levante" electrónico sí es necesario hablar, verse y entablar una mínima relación con otro. Pero ¿qué sucede si cualquiera puede pedir la pareja a medida y que no exista necesidad de comunicación? Para algunos antisociales, obviamente, sería el paraíso. Pero en el fondo es un poco atroz, estaríamos negando nuestra humanidad.

Hoy vemos películas en casa, pedimos comida en casa, hablamos con cientos de personas a quienes no conocemos personalmente gracias a las redes sociales, trabajamos desde nuestros hogares. El espacio privado incluye todo aquello que antes requería una salida al espacio público. La relación con otros para obtener compañía sexual todavía es una alternativa de comunicación, pero si esa necesidad biológica -no hablamos de la afectiva, que bien podría catalizarse de otro modo- puede suplirse sin comunicación alguna, ¿no tenderemos a abandonar definitivamente el espacio cívico? Quizás crean que es un poco tremendista, y es posible que lo sea. Pero más allá de lo divertido del asunto, también tiene una arista escalofriante.