A los 90 años, falleció el extraordinario actor sueco Max von Sydow, uno de los grandes intérpretes de la historia del cine. Nacido en 1929, amigo y discípulo de Ingmar Bergman -para quien protagonizó, entre otras, las geniales El séptimo sello, La fuente de la doncella y Fresas salvajes-, tuvo una carrera ejemplar y mitológica que alternó todos los géneros y lo llevó a recorrer el mundo. Fue un grande del cine europeo, y fue un grande de Hollywood. No fue, por otro lado, de esos actores "del método" que utilizaban la propia experiencia o los propios sentimientos para construir sus personajes, sino alguien que se divertía creando figuras memorables.

Hacer aunque sea un somero repaso de su carrera es una tarea difícil. Como todo mito del cine, creó mitos a su vez: probablemente su personaje más conocido sea el del anciano (no lo era cuando lo interpretó, su maquillaje llevaba horas pero su actuación es perfecta) Padre Merrin, el auténtico exorcista de, claro, El Exorcista, obra maestra de William Friedkin. Había sido, antes, Jesús en la gigantesca La más grande historia jamás contada, de George Stevens; y sería un impresionante asesino profesional en ese thriller político en la tradición de Hitchcock llamado Tres días del Cóndor, de Sidney Pollack. Fue también el protagonista de Los inmigrantes, de Jan Troell, y de Pelle, el conquistador, de Bille August. Se divirtió en la violenta sátira de ciencia ficción Juez Dredd, o como el terrible emperador Ming de Mongo en Flash Gordon (o, claro, como un anciano espía en Episodio VII, o el Cuervo de Tres Ojos en Game of Thrones). Fue amigo de Marcello Mastroianni y desafió a Tom Cruise en la gran Minority Report, de Steven Spielberg. En su carrera sobran grandes películas, actuaciones memorables y curiosidades. Fue el cine, feliz y vibrante, en todo sentido.