A los 94 años, en París, falleció el actor Michel Piccoli. Que es como decir que murió una parte importante del cine no solo francés, no solo europeo. Con una carrera de -literalmente- centenares de filmes, muchos de ellos realizados por directores imprescindibles (Luis Buñuel, Alfred Hitchcock, Claude Chabrol, Alain Resnais, Jacques Demy, Jean-Luc Godard, Marco Ferreri, Marco Bellocchio, Manoel de Oliveira, Jacques Rivette, Raoul Ruiz, Valeria Sarmiento, Nanni Moretti y podemos seguir hasta el final de este espacio), Piccoli es algo así como un símbolo del cine moderno. Así, en presente, dado que el hombre habrá muerto pero las películas siempre son hoy.

Nacido en una familia de músicos, Piccoli llegó al cine a los 20 años, con partes ínfimas. Llegaría su primera gran película en 1955 con la obra maestra de Jean Renoir French Can-Can, y a partir de allí no dejaría de trabajar en películas de todo tamaño y género. Rescatar una selección que permita conocerlo es difícil, pero el lector podrá ver cómo interpretaba a un director de cine con problemas en El desprecio, de Godard; a un lascivo burgués que somete a Catherine Deneuve en Belle de Jour (y en la muchos años posterior secuela Belle Toujours, de Manoel de Oliveira, aunque ya no es Deneuve allí); a un sanguinario espía en Topaz, de Alfred Hitchcock; a sí mismo reventando en una orgía gastronómica junto con amigos (Ugo Tognazzi, Marcello Mastroianni, Phillippe Noiret) en La gran comilona, de Marco Ferreri; a un hombre que, en el último instante de su vida, recuerda una infidelidad en Las cosas de la vida, de Claude Sautet; a un pintor obsesionado por una bella modelo desnuda en La belle noiseuse, de Jacques Rivette; a un hombre deprimido por su impotencia en París-Tombuctú, de Luis García Berlanga; a un Papa cansado de la pompa y el rito en Habemus Papa, de Nanni Moretti. Piccoli podía ser un enorme villano (se imponía en la pantalla) o un hombre desconcertado ante un mundo en general incomprensible (es como se interpretó a sí mismo en Las cien y un noches, el documental de Godard por los cien años del cine). Y siempre, alguien con humor suficiente como para no tomarse demasiado en serio. Su obra seguirá allí.

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