Una nota en Variety de los últimos días puede dar una idea de lo revueltas que están las aguas de la exhibición cinematográfica. En efecto, la publicación cuenta que Netflix está en tratativas para comprar uno de los cines más emblemáticos de Los Angeles, el Egptian Theatre, que pertenece actualmente a la American Cinematheque. También que, en vistas al estreno en el segundo semestre de este año dl filme de Martin Scorsese The Irishman, con Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci, Netflix estaría negociando con las grandes cadenas de exhibición una ventana diferente de la que se utilizó para el lanzamiento en salas -obligatorio para calificar a los Oscar- de su película Roma. El problema consiste en que a Scorsese no le agrada para nada que The Irishman tenga tres semanas en cien pantallas, lo que sucedió con la película de Cuarón, sino un lanzamiento más grande. Se espera entonces que haya una exclusividad de 72 días para la pantalla grande antes de que el filme, de los más costosos producidos por la firma, llegue al streaming.

Pero detrás de esto hay algo más, algo bastante interesante que tiene una historia detrás. Hasta finales de los años cincuenta, los cinco grandes estudios de Hollywood (Warner, Fox, RKO, Paramount y MGM: vea el lector cuántos y cuáles aún sobreviven como tales) producían películas, pero también distribuían y eran dueños de salas. Una sentencia antimonopolio los obligó a vender las pantallas, porque -es obvio- terminaban destruyendo a los dueños independientes. Ese quiebre terminó con el "gran Hollywood" dado que no tenían las ventanas aseguradas para cada producto.

Pero el estallido de la cultura digital cambia todo radicalmente. Primero: los estudios en realidad son parte de conglomerados de medios y telcos, y no el "centro" de la actividad audiovisual aunque sí a la hora de promocionar los contenidos. Segundo: aquella sentencia que rompió la posición de Hollywood no aplica para el SVOD. Tercero: el SVOD rompe fronteras. Cuarto: el negocio de las salas cada vez se restringe más al tanque gigantesco. Quinto: Netflix puede comprar salas como proveedor digital de contenidos, aunque hoy forme parte de la MPAA (la entidad que nuclea a los productores de cine americanos y protege sus intereses fuera de su país). El resultado: la concentración es mayor y lo que la ley dijo una vez no se adapta al nuevo escenario, lo que crea nuevos monopolios que, incluso, pueden intervenir en la exhibición cinematográfica en salas sin tener ningún freno legal.

¿Cuál es el futuro en este panorama? Netflix es el primer actor en este cambio tecnológico que lleva al vuelco copernicano en el ecosistema del audiovisual, pero como sabemos no el único, y la competencia de quienes ya están en el negocio será mayor. Lo que se espera es que haya una mayor competencia entre pocas empresas muy concentradas, incluso con el negocio de las salas, cuya supervivencia está por verse.