A nadie le importaron los Oscar este año. Según la consultora Nielsen, que lleva el rating de la ceremonia, la emisión de los 93° Premios de la Academia de Hollywood tuvo 9,85 millones de televidentes. Es decir, una caída respecto de 2020 de -nada menos- el 58% de la audiencia, dado que el año pasado, cuando el filme coreano Parasite hizo historia con el Oscar a Mejor película, tuvo 13,75 millones de espectadores. La debacle tiene muchas causas. Para comparar: ls VGA (premios a y de la industria de los videojuegos) tuvo este año 83 millones de espectadores -vía streaming, además. 

Causa 1: las películas no le interesaron realmente a nadie, poca gente pudo verlas por la pandemia y porque la gran ganadora -Nomadland- no fue a plataformas, y porque el sesgo políticamente correcto de las nominaciones desalentaron a la gran masa de espectadores de cine en los EEUU, que suelen deplorar tales cuestiones. Esto es claro si se tiene en cuenta que casi todo el "rebote" y la cobertura de prensa de la ceremonia pasó por hablar de diversidad y de injusticias (el no premio a Chadwick Boseman) en lugar de glamour, películas o alguna arista divertida (solo el bailecito de Glenn Close tuvo algo de peso).

Causa 2: hay por lo menos dos generaciones de usuarios (ya no espectadores pasivos) que no ven televisión de aire prácticamente nunca, a lo que hay que sumarle que la penetración del cable en los EE.UU. pasó en diez años del 90% al 62%. El ejemplo de los VGA muestra eso: los más jóvenes prefieren el streaming. Y, claro, los videojuegos. Para que quede clarísimo: la caída en ese sector demográfico fue la más pronunciada, del 64,2% respecto del año pasado.

Causa 3: por norma, esta clase de eventos tienen como atractivo el espectáculo, el humor y la frivolidad de mirar vestidos. Nada, absolutamente nada de eso -que permite tomarse menos en serio las cuestiones políticas o declamatorias que nunca han faltado en estos premios-  hubo en esta ocasión. El público lo sabía y, por lo tanto, declinó verlos.

Causa 4: poquísimas estrellas y demasiado diálogo. Más allá de que casi todos los discursos (inusitadamente largos para lo que suele ser la ceremonia) fueron de paz y concordia además del habitual saludo a productores, familiares y favorecedores (en ese orden, estrictamente), la cantidad de explicaciones, discursos sobre lo buenos que son los actores, etcétera que hubo volvieron tediosa la emisión.

Así las cosas, salvo que haya un gran cambio -poco probable- en el sistema audiovisual que apunte a atraer a una demografía esquiva, o que vuelva algo de diversión y alegría, es probable que los premios lleguen a sus 100 años como comenzaron en 1927: con una cena entre pares cubierta por la prensa uno o dos días después.

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