Los 93 Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood fueron los peroes de la historia. No es una opinión: es un dato y es la noticia. No solo porque había muy poco cine entre los filmes nominados (sí, el lector se preguntará "¿qué es el cine?" y trataremos de responder) sino porque a nadie se le ocurrió hablar de las películas. Hollywood celebró la utilidad de una emisión televisiva para crear conciencia. De ningún modo celebró un arte.

El triunfo de Nomadland, una película cuestionable moralmente -muchos de los "protagonistas" no sabían que estaban entrando en la ficción, incluso se los engañó deliberadamente al respecto- era cantado: ya tenía todos los premios anteriores posibles. El filme habla de los que el sistema dejó fuera, cuestiona el capitalismo, muestra todas las tristezas posibles. Pero olvida su verdadero tema, lo universal: cómo se descubre la libertad -incluso una que provee la tragedia- y qué se hace con ella. A la realizadora Chloé Zhao, que habló varias veces de bondad y cuyo próximo filme es una producción de Marvel de 300 millones de dólares (The Eternals) eso se le olvidó.

Dicho de otro modo: el arte es arte porque incluso cuando nos habla del hoy y nos muestra lo que pasa en el mundo que nos rodea, también apunta a algo universal y atemporal. Ninguna de las películas nominadas tenía algo de eso. Ninguna tenía algo del juego, de lo lúdico que todo arte -recordemos: las películas son ficciones, en sentido estricto o amplio- debería tener. No por nada "actuar" en inglés se dice igual que jugar, "play".

Y Hollywood es Hollywood porque inventó maneras de jugar que nos sacaban del mundo para verlo mejor, en perspectiva, vía metáforas y belleza. El entretenimiento del recreo es lo que fija lo aprendido en el aula, y por eso existen los recreos. Hollywood dejó de jugar. Por eso también los premios estuvieron muy repartidos (la más ganadora fue Nomadland con tres). Como la bolsita de regalo en los cumpleaños: que cada película se lleve algo (o más o menos).

La ceremonia estuvo planteada de tal modo que, alterando el orden tradicional, el último galardón a entregar debía ser el de Mejor actor. Todo el mundo apostaba a que Chadwick Boseman lo ganaría. Boseman fue un gran actor negro, con gran experiencia teatral y varias películas. Boseman había hecho al primer superhéroe negro y, por eso mismo, logró que ese filme, Black Panther, llegase a estar nominado al Oscar principal. Importantísimo, porque fue la única vez, a la fecha, en que el género dominante del cine actual llegaba a tal altura. Boseman era un icono, entonces. Boseman había fallecido de cáncer en 2020; incluso había participado ya enfermo del mega éxito Avengers-Endgame. Y Boseman estaba nominado por un filme sobre la cultura negra -La madre del blues- en los EE.UU. Debía ganar.

Pero Boseman perdió y el ganador, Anthony Hopkins -por El Padre, básicamente una obra teatral filmada (igual que La madre del blues)- no estaba en la sala. Así que se dijo el nombre, hubo aplausos y todo terminó ahí nomás. Mientras, el periodismo celebrará que ganase una actriz coreana, una realizadora de origen chino, un actor afroamericano. Se hablará de diversidad, se hablará de bondad. 

Y es cierto que el Oscar rara vez, en los últimos cincuenta años por lo menos, ha tenido que ver directamente con el cine y su forma: nadie descubre nada. Siempre fue un premio que construía lo que Hollywood quería pensar de sí mismo. Siempre ha sido un síntoma de cómo había que mostrarse hacia afuera. Pero esta vez la necesidad de no ofender a nadie y de llenar todos los casilleros de la corrección política hizo volar la diversión, el glamour, la invención, el juego y -sobre todo- la alegría desfachatada que implica poner a competir películas por la ventana.

¿Una prueba? La categoría de Mejor canción original. La única canción que tenía algo que ver con las ganas de inventar con el cine era "Husavik", de la gran sátira Fire Saga, la historia de dos músicos islandeses que logran competir en Eurovisión (uno de ellos, Will Ferrell). Las otras cuatro tenían mucho de himno, estaban relacionadas con cuestiones políticas y pertenecían a películas que hacían de lo político (superficial) su única justificación para existir. Alguna vez ese premio lo ganó una balada de Stephen Sondheim cantada por Madonna"Sooner or Later", que era una historia de amor y obsesión, y pertenecía a un filme puro juego llamado Dick Tracy. Hay mil ejemplos más. Eso, parece, está prohibido: el cine, ese arte que le dio estatuto de delicadeza a lo frívolo, ya no puede ni debe ser frívolo.

Y mientras, hay un combate sordo que solo Frances McDormand, al hablar cuando Nomadland recibió el premio principal, mencionó: "queremos que vean esta película en la mayor pantalla disponible. Y pronto, cuando se puedan, lleven a la gente a las salas, vean estas películas que celebramos en un lugar oscuro". El cine en salas está agonizando, una agonía causada por una enfermedad que se transformó en comorbilidad ante el Covid 19 y, como se ve, lo puso en coma. El auge de las plataformas está acabando con una tradición estética de pura invención: el problema no es el tamaño de la pantalla, sino cómo Netflix y sus seguidores crean entretenimiento global que no debe ofender a ninguno de sus casi 200 millones de abonados en todo el mundo. Conformar a todos es mal negocio para la invención, porque la invención -por definición- toma al mundo desprevenido. En todo caso, si algo bueno tiene Nomadland es que intenta escapar -quizás con malas artes- de ese estándar donde todo, absolutamente todo, tiene el mismo sabor.

No importó, de todos modos: los Oscar mostraron que el mundo del cine está desconcertado y sin ideas. Pero seamos amables: dado que es el gran arte de la modernidad y el que ha espejado todos y cada uno de los estados de ánimo del hombre contemporáneo, no puede pedirse otra cosa ante un mundo también desconcertado y temeroso hasta casi obligar por ley a la bondad. En 1980, una versión hoy de culto, hiper colorida y gigante de Flash Gordon incluía un chiste genial: el villano, un emperador galáctico o algo así, se casaba. Y en el cielo, detrás de él, aparecían dos naves portando carteles: la primera decía "Que todos sean felices" y la segunda "bajo pena de muerte". Los Oscar de 2021 representan el primer cartel. Esperemos que a nadie se le ocurra pasar el segundo.

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