Mientras esperamos ansiosos saber qué dice del consumo de entretenimiento erótico y pornografía ese extraordinario motor de datos que es PornHub (escondido detrás de un servidor de cosas chanchas es una base de información sobre consumo on line sensacional), vamos a tratar de ver cuál es el verdadero tamaño -o, mejor dicho, el peso- de la industria pornográfica en el mundo. Uno cree que hay muchísimo, más del que cualquier hijo de vecino puede consumir. Es cierto, se produce en gran cantidad. Pero ¿eso implica que exista una industria? Dudoso.

Cuando se legalizó en una gran cantidad de países durante la primera mitad de los años setenta, en algunos casos el porno sirvió para revitalizar con algo de dinero la alicaída producción "normal" de ciertos mercados. El caso más sintomático es el de Italia, que a pesar de que ganaba Oscars gracias a Fellini y tenía autores de peso respetados en todo el mundo, tenía bastantes problemas para mantener la producción de un modo rentable. Los motores de las cámaras dependían del terror ("giallo"), del spaghetti-western y de todo lo que implicaba cine popular. Cuando finalmente la censura permitió el sexo explícito en la gran pantalla, hubo un renacimiento que inyectó dinero al sistema. Eso duró, claro, hasta que surgió el VHS.

En los EE.UU. esto no fue necesario: Hollywood comenzaba a dominar de modo casi monopólico el sistema de exhibición y distribución mundial gracias a los primeros grandes tanques globales como Tiburón y, más tarde y central, La guerra de las galaxias. El porno permitió, paradójicamente, que el negocio bastante turbio del sexo en imágenes, que esquivaban la censura como podían, terminara decayendo hasta que ciertos estados (la ciudad de Nueva York en los años 80, como ejemplo clave) barrieran con eso. Primero porque se podía ver en cualquier lado y, luego, porque pasó al consumo privado en la medida en que fue derivando al VHS. La consecuencia a largo plazo fue que todo el sexo quedara subsumido en el porno y que el cine "adulto" dejara de lado cualquier representación en las películas de alto presupuesto, hechas hoy para no molestar ni ofender a nadie.

En el resto de Europa donde se produjo o produce (España, Grecia, Holanda, los países nórdicos, la República Checa post caída del bloque soviético) de modo continuado y con una cierta industria detrás siguió alguno de esos dos caminos. Pero en todos los casos, derivó a lo privado y no a lo público, a mirarlo en casa en lugar de en un cine rodeado de otras personas. Como siempre sucede, este consumo marginal termina siendo espejado luego por la gran industria: no otra cosa pasa hoy con el cine tal como lo conocimos, en un proceso acelerado por la pandemia.

Ahora bien. Producir porno es (relativamente, depende del grado de calidad de imagen que se busque) barato. No requiere demasiado trabajo de guión, técnicamente hoy con pocas herramientas se puede montar un set rápido en un interior cualquiera y los performers cobran por secuencia de 20', aunque su cachet puede ser alto si tienen gran celebridad. Pero eso es menos importante que lo que se ve, en última instancia. Solo importa para quien no es habitué que tal famosa o famoso aparezca con sus genitales en acción, por decirlo de modo suave. Eso implica que muchas personas producen pornografía por dentro y por fuera de la gran industria. Y salvo en los EE.UU. (donde las regulaciones al respecto no son nacionales porque el Estado Federal tiene constitucionalmente prohibido ejercer cualquier clase de restricción a la libertad de expresión), no hay reglas demasiado claras sobre qué y cómo producir. 

Así que hay mucho. Entonces e inmenso público de la pornografía hay que prorratearlo por la cantidad ingente de contenidos. Eso explica por qué los negocios que más dinero hacen hoy alrededor del sexo no sean los del cine o sus derivados (en general formas cortas, sin trama, alejados de aquello que llamamos "películas" en el sentido más extenso del término) sino la venta de juguetes eróticos y las cámaras en vivo, sean profesionales o amateurs. El "directo al consumidor" en su expresión más extrema, para decirlo de alguna manera. Lo que vende es el sexo, no su representación; las películas y los videos son "estímulo" sea para el placer solitario o para soltar alguna fantasía. Pero no se trata ya de mirar e interesarse por la historia que engarza los encuentros eróticos.

Si en América Latina no hay una verdadera industria porno (aunque es un poco más fuerte en Brasil y Colombia, por poner dos casos, o en México, donde básicamente se produce para la población latina de los Estados Unidos) se debe a que, en el momento en que podía generarse "masiva" en las salas de cine, estuvo prohibido. Y que cuando se legalizó (en 1984, con el retorno de la democracia) se concentró en salas mínimas y sórdidas que solo tenían un pequeño público de habitués. Poco tiempo pasó hasta la revolución del VHS y que fuera infinitamente más barato importar para consumo privado que producir. Eso impidió que hubiera pornostars, por ejemplo, un vector de consumo y fidelización muy importante, salvo en una pequeña ventana que surgió a fines de la primera década de este siglo en nuestro país.

Así, mientras que el entretenimiento sexual efectivamente crece en todo el mundo, mientras aquí se consume cada vez más, no implica que haga dinero. Porque se consume gratis, porque nadie ve una película "entera", porque en muchos países no hay una verdadera industria y porque -ahora volvamos al principio- el verdadero negocio de los agregadores de porno no es el sexo sino el tráfico de datos y la producción de información y análisis de la misma. Uno puede deducir qué pasar con Disney+, digamos, mirando cómo evoluciona el consumo on line en PornHub. Una de las razones de estas columnas, develemos el secreto, es ese: ver, desde lo más íntimo, cómo se consume audiovisual, hoy en el mundo. Hay otros motivos, claro, pero dejémoslo en suspenso.

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Leonardo Desposito

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