Desde que comenzó definitivamente la guerra de las plataformas de streaming desafiando el liderazgo de Netflix, hemos hablado muchas veces de las diferentes estrategias que tienen los grandes estudios para conquistar ese mercado. Es claro, si se tiene en cuenta la caída constante de la audiencia televisiva tradicional a nivel global, que el futuro se concentra en el acceso al audiovisual a la carta. La primera "carta" a jugar de los grandes players como Disney y Warner es la de maximizar sus propios archivos, que son muy grandes y tienen mucho material ampliamente conocido. Esto, al mismo tiempo, "cierra" una cantidad gigantesca de material. La otra estrategia es la apuesta a material original, pero en ese caso hay un problema que no siempre tiene una solución correcta: la instalación de marca. Puede funcionar cuando quien crea el contenido tiene una penetración importante (es lo que sucede con Netflix, definitivamente), pero resulta bastante complicado. De allí que Amazon desarrolle series como Jack Ryan (basada en las novelas de Tom Clancy) o The Boys (sobre una historieta de culto) o El hombre en el castillo (adaptación de una obra de Phillip K. Dick).

Pero de todas estas estrategias, la más interesante es la que tiene Netflix en combinación con el cine, lo que el año pasado llevó a la firma a ganar su primer Oscar con Roma. Por un lado, desarrolla películas como un estudio cinematográfico tradicional con nombres importantes tanto en la dirección como en el elenco. El ejemplo reciente es El Irlandés, pero también vale para otras tres películas que serán este año parte de la temporada de premios: Los dos papas (sobre la relación entre Jorge Bergoglio y Joseph Ratzinger, que se estrena hoy en la Argentina pero tendrá espacio en la plataforma desde el 20 de diciembre), Dolemite es mi nombre (la comedia biográfica que señala el regreso del mejor Eddie Murphy) y Marriage Story (de Noah Baumbach, con Adam Driver y Scarlett Johansson y que los especialistas señalan como una favorita a los premios). A eso hay que sumarle sus compras en Cannes (por ejemplo Atlantique, de Mati Diop, o Perdí mi cuerpo, ambas muy saludadas en el festival). Lo que puede deducirse es que Netflix deje la "marcas" para convertirse en la auténtica alternativa de cine adulto ante la sobresaturación de tanques en las grandes pantallas. Sin embargo, el estreno en salas todavía tiene su peso: aún es importante para la cobertura de medios y lo que permite ingresar a ese gran amplificador de datos que es el circuito de festivales. De hecho, las películas "originales de Netflix" mencionadas en este párrafo tuvieron su lanzamiento clave en Toronto, la muestra donde los estudios testean sus películas "relevantes" para la temporada de premios.

¿En qué suma un premio? En tres factores: pone el filme en el mapa de manera definitiva, le sube el precio a la hora de sindicarlos a otras plataformas (cable tradicional, broadcasting, etcétera) y sube también la cotización de la productora. En otras palabras: quizás Netflix deje en manos de sus competidores el "archivo" (ya hablaremos de sus riesgos) y se dedice a ser el sucedáneo de los estudios de la era de oro de Hollywood. El cine en el hogar, pues, otrora algo utópico.

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