Algo curioso pasó ayer en Twitter. En una cuenta de alumnos de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA, subieron un video que comienza con la pregunta "¿Vas a mirar porno?". A lo que sigue un relato en off más imágenes harto estereotipadas de lo que se supone que es la pornografía mainstream, condenando el porno como un lugar de explotación de la mujer o como el espacio donde los hombres nos pervertimos y nos convertimos en monstruos abusadores. Es gracioso, en un momento hay una pareja fingiendo un coito y el hombre le tira del pelo a la mujer. Me ofendió bastante, pero importa un pito si uno se ofende. Sin embargo, no era la victoriana conjunción de lugares comunes típicos de conservadores clericales (íHecho supuestamente por jóvenes del siglo XXI, a quien uno supondría más abiertos!) sino que todo está construido desde la ignorancia y el desconocimiento. En Twitter (ahí tienen mi arroba, por las dudas), listé un hilo explicando cómo los ultraconservadores de Nixon combatieron un estudio histórico, estatal y multidisciplinario que, en 1970, explicó no solo que el porno es inocuo (no incentiva ningún comportamiento en especial, para hacerlo fácil) sino que además es contraproducente y atentatorio de las libertades civiles cualquier medida que tienda a prohibirlo. Fue hace cincuenta años, de hecho se cumple medio siglo desde que Lyndon Johnson, al final de su mandato -luego lo siguió Nixon, justamente- pidió que se elucidara, de una sola vez, si había algún motivo para prohibirlo. No, no hay. Ninguno.

Es llamativo, por lo menos, que las actitudes más represivas provengan casualmente de los más jóvenes y preparados

El problema de ese video consiste en algo que es -por desgracia- cada vez más frecuente: la corrección política a ultranza y el derecho del ofendido signados por la ignorancia del mundo. No solo el desconocimiento del documento de la Presidential Commission on Pornography, que es fácil de encontrar on line, sino también de las estadísticas que cada año publica el sitio agregador de porno PornHub. Hemos hablado de esas estadísticas más de una vez, pero repetimos: la edad promedio del consumidor porno es 35,5 años; las mujeres representan globalmente un tercio del público, "lesbian" y "milf" son las categorías más buscadas porque las piden las mujeres, justamente, y el consumo se va democratizando más y siendo, cada vez, más adulto. Volviendo a las mujeres, crece parejo un 3% interanual en los últimos cinco años, lo que no es poco. Si fuera tan ofensivo, esto no sucedería.

Pero hay un problema mayor en la protesta: confundir la realidad con la ficción. Puedo admitir -sería estúpido no hacerlo- que el porno es de características hiperreales, que si la penetración o el acercamiento genital no es absolutamente real, carece de sentido (dejemos de lado los videos hentai o ciertas animaciones 3D). Pero hay algo más: el contexto en el que se da ese coito es siempre una ficción. El cambio de una cámara a otra, los cortes, el montaje, la variedad de posiciones, los maquillajes, vestidos y afeites, "falsifican" ese hiperrealismo y lo que crean es una pura fantasía. Que exacerba cosas que todos hacemos. En la cama, las personas hacen -de manera consensuada- cosas que podrían ser "incorrectas" fuera de ese contexto. Una palmada, un tirón de pelo, un mordisco, un pellizco, son parte de la vulgata más o menos común de la actividad erótica: verlos representados permite una especie de catarsis. El porno es, de hecho, el arte más catártico posible en un sentido bastante estricto del término. Hay una descarga de energía, pero además le da forma a nuestras fantasías físicas más recónditas, al mismo tiempo que refleja las posibilidades del sexo. Hay un juego de la imaginación tanto en la creación de esas imágenes como en su consumo: ¿cómo será ver una relación de tal tipo? puedo encontrarla, puedo verla. El porno clausura esa fantasía.

Pero volvamos: en la mayoría de los casos es una fantasía realizada con elementos que todos reconocemos como reales. Son actores, son equipos de producción, hay incluso guionistas que "arman" el juego. Eso mismo: el porno es un juego. La idea de que denigra a la mujer, cuando económicamente son las mujeres las que controlan esa industria (también son la mayoría de las productoras, la mayoría de las estrellas, las que controlan los copyrights, es anacrónica. Por lo demás, como muchas veces lo hemos explicado, es la mujer en el sexo lésbico o hétero, la que lleva los ritmos, la que se luce, la que "actúa", y el hombre queda reducido a un sexo o a los ojos que siguen las acciones. Cualquier persona que vea algunos videos más o menos contemporáneos llegará a la misma conclusión. Claro, hay que ejercer una mirada crítica, que significa preguntarse qué es lo que estamos viendo y por qué es como es. Pero quizás sería mucho exigir a estudiantes universitarios.

Desde los años ’70 se sabe que la pornografía en sí es inocua, un entretenimiento más que no modifica conductas

Es raro: la era digital ha democratizado las comunicaciones, ha permitido que temas complejos puedan ser discutidos por toda clase de personas con o sin formación (lo que crea ruido, claro, pero también identifica ese ruido para limpiarlo). Nos ha permitido acceder a casi toda la cultura universal. Nos permite ser curiosos y nos gratifica esa curiosidad con solo apretar algunas teclas. Lo que incluye la curiosidad erótica, el juego sexual y lo que quieran decir al respecto. Pero al mismo tiempo, aparecen -y cada vez más jóvenes- los enojados que no quieren aquello que no les gusta. Que confunden la libertad individual de elegir tal o cual cosa por encima de tal o cual otra con el derecho de prohibirle a otro ejercer su propia libertad. La libertad, repitamos la palabra, es tan variada y grande en estos tempos que probablemente el miedo que suele generar sea, también, proporcionalmente variado y grande. Y cada vez, de manera paradójica, nos encerramos más en nuestras ideas, sin confrontarlas con la realidad. Es triste y a la vez signo de que estamos viviendo una transición aún irresuelta entre un mundo viejo, bipolar, con moral estricta, y otro más libre y difuso, global y sin centro, que al mismo tiempo que excita nuestra imaginación provoca angustia y retornos impensados, de quienes deberían ser los primeros en ejercer las posibilidades de esta libertad, a ideas represivas, intolerantes y, en el fondo -la palabra suena terrible, pero es así- fascistas. Estamos entre la posibilidad de ser nosotros mismos, sin más restricción que la libertad ajena, y la dictadura de la corrección política. El porno, guste o disguste, es un síntoma de esa libertad, el caso extremo en el que saltan los viejos censores, DNI aparte.