El cine es un arte y es una industria. En realidad, con un poco de sentido común, podemos decir que todo arte es, también, una industria. Lo que sucede es que el cine es el arte posible a partir de la Revolución Industrial, de la aparición de la electricidad y las tecnologías que cambiaron el mundo desde finales del siglo XIX. Pero cuando se dice "industria", se habla específicamente del costado comercial del cine. Es un arte que se genera a partir de la producción en serie, lo que no evita que haya verdaderas joyas estéticas. Después de todo, cuando en el siglo XVI los pintores realizaban retratos de gente adinerada por encargo, estaban en el mismo tipo de comercio. Una pregunta que podemos hacernos en el caso de una industria o de una actividad comercial cualquiera es si puede autorregularse, si es posible que siga ciertas pautas sin que el Estado las obligue. El cine presenta algunas posibilidades para responder tal cuestión.

Todos los países tienen una manera de regular qué cosas pueden verse a qué edad. Sin embargo, esto no siempre fue así, ni fue igual en todo el mundo. En los Estados Unidos, para hablar de la industria más fuerte, hasta mediados de los sesenta, cuando se implementó la segmentación por edades que ya regía por ejemplo en la Argentina, todas las películas eran aptas para todo público. El Estado no se metía -ni se mete- en eso, además: está regulado por los grandes estudios. Probablemente hayan oído hablar de lo que se llamó Código Hays, que fue puesto en vigor a finales de los años treinta. Fue una iniciativa de la Iglesia Católica, muy fuerte en el noreste (Nueva York, Boston, etcétera) de los Estados Unidos, en reacción a la "obscenidad" y el "peligro para la juventud que el cine representaba para los más jóvenes. La historia del Código es larga y llena de cosas non sanctas, pero dejemos eso de lado: si alguien quería estrenar una película en los circuitos comerciales más importantes (que, además, estaban en manos de los grandes estudios, con excepciones) tenía que someter el guión primero y la película terminada, después, a la oficina Hays. Allí se expurgaban alusiones directas al sexo, a la homosexualidad, imágenes fuertes de muerte (se podía sangrar, no se podía ver el agujero en el cuerpo o las tripas), y a la política, especialmente loas al socialismo o al comunismo (se relajó un poco cuando Papá Stalin era aliado contra los nazis). Y también, cómo no, cualquier tipo de blasfemia o malas palabras. Aunque parezca raro, esto incrementó la creatividad de guionistas y directores, que no dejaron de tocar esos temas, salvo que lo hicieron de una manera lateral y metafórica en una batalla que duró más de treinta años.

Cuando el cine de sexo y la pornografía, a mediados de los años setenta, comenzaron a ser legales en ese país, resultó claro que una parte de la sociedad reaccionaba en su contra. Poco a poco se fue relegando a cines no recomendables y, con la llegada del video, fue migrando al consumo exclusivamente privado, como es hoy. Pero eso no implica que no haya regulaciones y por allí vamos.

En los Estados Unidos, para producir y distribuir cine pornográfico, hay que cumplir con una sere de protocolos bastante estrictos. Por cierto, solo los cumple la parte mainstream de esa industria. Por ejemplo, los estudios médicos para evitar ETS son obligatorios y varias veces al año. Si se detecta alguna infección de HIV, por ejemplo, se detiene toda la producción. Los actores son monitoreados de manera casi espartana. Es cierto que también se produce pornografía por fuera de ese circuito "monitoreado" y que es difícil de distniguir en los sitios agregadores de clips porno, pero en general se trata de una actividad mirada con absoluta desconfianza. Y los productores hacen lo propio para que el peso del Estado no caiga sobre ellos. Lo mismo sucedía en la era dorada de Hollywood con todo el cine, incluso si el Código era algo que habíán consensuado todos los grandes popes de la industria. En el caso del porno, las cosas son un poco más leoninas, especialmente cuando hay gobiernos estaduales que quieren prohibirlo -lo que genera un problema constitucional porque violaría la Primera Enmienda de la Carta Magna de ese país, que rige la libertad de expresión. De hecho, esa discusión hoy tiene lugar con las iniciativas para obligar a los performers masculinos a utilizar preservativos en escena. Es un poco lo mismo que sucede con las escenas de tabaquismo: la cuestión es no darle ideas a quienes miran porno de que está bien no usar protección. Sí, por supuesto que la corrección política lo recorre todo. Y por supuesto, si bien es algo clave en la salud pública -íY privada!- usar protección, también es parte de la libertad individual. Nadie puede obligar a una pareja a utilizar protección si ambos están de acuerdo en no utilizarla, y lo mismo sucede en esas ficciones rarísimas que integran el porno.

La pregunta que podemos hacernos es si en la Argentina es viable tener este tipo de regulaciones. En algún momento se produjo algo de porno de modo casi profesional (el año fue 2007 y lo cuenta muy bien el librito de Marea Editorial Porno Nuestro, de Daniela Pasik y Alejandra Cukar, busque que lo recomendamos) pero sin regulación más allá del sistema de calificaciones que rige en nuestro país. Hoy se sigue produciendo pero sin regulación alguna, ni protección para performers o control de profilaxis (claro que es casi amateur, de no muy buena calidad y realizado a cero gasto). Dado que aquí no hay una industria fuerte en ese campo (y no mucho en el cine en general, todo hay que decirlo) sería raro que los productores de este tipo de materiales se pusiera de acuerdo en ciertas normas. Puede decirse que es posible que una industria se autorregule, pero para eso tiene que existir, diría Pero Grullo, una industria. No la hay. En los EE.UU., han sido los estados -especialmente el de California, donde se concentra la mayoría de los productores- los que han provisto de las herramientas para la regulación, y no la industria. ¿Por qué esta diferencia con el resto del cine? En primer lugar, porque es un consumo privado y no realmente público (aquí hay un elemento casi paradójico: gente que tiene sexo para que el público lo vea en privado), y la regulación general choca con el derecho personalísimo. No es lo mismo ver que un nene de 5 años no vea Annabelle que que un adulto acceda a tal o cual representación erótica. La cuestión es difícil y da la impresión de que el porno no puede autorregularse. El problema es cuál es el límite para el rol del Estado en esa regulación. Es decir, el problema del Estado para todo.

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