El título de una nota me llama la atención: "Salud mental en riesgo para los modelos de live-cam". Está en X-Biz, el Variety del porno y la industria del entretenimiento sexual, una publicación seria que permite ver cómo funciona ese mundo mucho menos glamoroso de lo que la gente imagina. Pues bien, entro en la nota. Se trata de un llamado de atención respecto de los estragos que hace en la salud mental de quienes se dedican a mostrarse en actividades sexuales vía cámara en vivo (de paso, dentro del mundo "legal" de este negocio) la salida al mundo real. El asunto es fascinante y un poco triste, y puede extenderse a toda la pornografía. Cuando se critica su existencia, siempre se utilizan argumentos morales que carecen de peso. Pero aquí hay motivos para una crítica consistente.

Una cosa que sucede es que los performers no pueden decirle al mundo a qué se dedican. Si uno trabaja en una oficina, puede decirlo: "soy contador en tal banco" o "secretaria en tal empresa". Pero es un poco difícil decir "me gano la vida teniendo sexo en vivo por webcam". En general lo que sucede es que hay un silencio incómodo, alguna risita porque parece un chiste, y mucha agresión. "Buscáte un trabajo honesto", a lo Pappo, es la respuesta más suave. En el caso de las mujeres es mucho peor que en el de los hombres, además. Hay algo interesante: en las webcam trabajan, por lo general, los que recién empiezan en el porno o los que ya se están yendo, aunque por supuesto hay excepciones. Parte del negocio está tercerizado lejos de donde se consume: muchas webcams de los Estados Unidos en realidad se emiten desde América del Sur, quizás desde el departamento de arriba del suyo. Eso tiene la ventaja de no vincular tan fácilmente al performer con la posibilidad de ser reconocido por la calle, aunque nunca se sabe. En todo caso, sobre todo las personas más jóvenes, tienen menos conciencia del asunto y son más frágiles psicológicamente. Una cosa es jugar con el cuerpo, otra convivir con él y con el resto del mundo.

Pues bien: lo que termina pasando es que la mayoría de estos profesionales no solo no tienen pareja sino que optan, paradójicamente, por el celibato. En principio, como pasa en el porno normal, es muy difícil conseguir una pareja de fuera de ese mundo porque es casi imposible comprenderlo. Pero en el porno normal hay necesaria interrelación con otras personas: otros actores, técnicos, productores, maquilladores, etcétera. Es decir, hay una especie de red de contención social. La webcam es "yo lo hago, yo lo bendo" y el contacto real con otras personas es mínimo. El resultado es que esta gente termina refugiándose en el mundo virtual, relacionándose por chat o por imágenes, y se va aislando físicamente hasta cortar lazos con el mundo. Una de las consecuencias de este asunto consiste en que los insultos o maltratos de un troll afectan mucho más, porque el único mundo que se conoce o con el que se puede tener relación es el virtual. Cuando esto ocurre con gente muy joven, el daño psicológico puede ser irreversible; en muchos casos, deriva en depresión. Algo de eso se podía ver en Hot Girls Wanted, un gran documental del que nos ocupamos en otra oportunidad y que puede verse en Netflix.

En la nota hay un testimonio bastante interesante. Es de una modelo de LiveCam apodada Amber Haze (casi nadie en el porno usa su verdadero nombre). Dice la señorita Haze "La mayor parte de la gente que conozco en el mundo real creen que soy una pornostar y, por lo tanto, una bestia. Puedo aparentarlo, pero primero conocéme: aunque en una cam haga ciertas cosas, no asumas directamente que siempre me gusta el sexo duro o hacer personajes y difrazarme. Soy un ser humano y necesito amor y cariño, como todo el mundo. La última pareja que tuve terminó cuando entró a mi sitio y vio que yo estaba flirteando con uno de los abonados. Por supuesto que flirteo y soy amable con él, se trata de eso. Pero también ese tipo me conoce mejor y me trata mejor, y no pretende que yo le huela las medias sucias cuando vuelva a casa después de todo un día de oficina". El asunto tiene algo de conmovedor y también de rara profecía. Sí, el abonado a la webcam de esta chica (en general las pornostars más cotizadas tienen y manejan sus propios sitios de espectáculo en vivo) termina conociéndola mejor y tratándola mejor. No solo es parte del juego, sino indispensable para no ser "cortado" a pesar del pago mensual. El efecto final es que esa comunidad on line que tiene el sexo como núcleo termina creando lazos de empatía mucho más humanos y comprensivos que las relaciones en el mundo real, y el riesgo de violencia o maltrato se minimiza dada la distancia digital. No otra cosa, sexo aparte, sucede con las redes sociales, cualquiera sea.

Rara profecía, escribí más arriba. El gran tema del siglo XXI es si vivimos o vamos a vivir dentro o fuera de la realidad, dentro o fuera del universo virtual que cada vez nos es más accesible y con más posibilidades (¿vieron Ready Player One? Deberían) que el gris continuar a cómo se pueda del mundo real. La humanidad electrónica de los lazos que empiezan donde terminan en la realidad (el sexo es el paso final de dos personas que se conocen, aquí es el primero) parece marcar un camino para lo que viene en el mundo: trabajar para mantenernos conectados la mayor parte del tiempo. La pornografía, ese nicho que todos consumen y nadie admite consumir, siempre ha sido un indicador importante de tendencias; siempre -porque debió tomar riesgos ante una doble moral que la tolera, lucra con ella y al mismo tiempo la condena- se adelantó a lo que pasaría luego en la sociedad. La pregunta en realidad no es si terminaremos conectados 24x7 a un servidor, porque es algo que ya mismo está pasando en todos los estratos sociales,, sino si esa vida será peor que la que tenemos ahora o mejor. Si valdrá o no la pena. Es, también, la cuestión más apasionante que tenemos por delante.