Ya saben que el negocio de la pornografía creció mucho durante la pandemia. El hecho de no poder salir de casa, obviamente, obligó a muchas personas a encontrar paliativos de todo tipo, y la pornografía está al alcance de la -perdón- mano. También saben, no es ninguna sorpresa, que los negocios de mensajería y de venta por Internet florecieron por las mismas razones. Por lo tanto, tampoco será una sorpresa si les decimos que la venta de juguetes y muñeques (¿"Muñeques"? ¿Está bien el inclusivo?) para el viejo 1-2 tienen una demanda que no habían tenido jamás. Incluso hay ofertas (si es que se puede costear algo de cuatro mil euros, flete e IVA del 16% -británico y francés, no llore- incluido). El negocio está tan caliente -perdón- y en alza -perdón- que una de las empresas más importantes en la fabricación de muñecas y robots, la británica Cloud Climax, busca talentos que, en combinación con un fotógrafo, posen para sus productos.

Lo de las muñecas sexuales, sean o no robóticas, es cosa seria. El curioso puede buscar en PornHub, por ejemplo, a esas señoritas de un plástico de avanzada que se siente como piel real en pleno funcionamiento. Algunas tienen incorporados ciertos algoritmos de inteligencia artificial que permite regular esos movimientos de acuerdo con los del usuario. Tienen sus problemas, claro. Si bien pueden higienizarse, requieren, para la actividad erótica, ser altamente lubricadas con productos de base acuosa (no aceites; el efecto de resecamiento es el mismo por el que se recomienda lo mismo al usar condones) y no se pueden meter en el agua. Así que la fantasía del jacuzzi no va: afecta los componentes electrónicos del asunto. Por lo demás, abren y cierran ojos, gimen y, a elección del comprador, pueden llevar o no dispositivos que lleven la temperatura del robot a la de la carne humana -entre 36° y 37,2°, de acuerdo con el grado de excitación. Hay además otras que aprenden a hablar de acuerdo con lo que les dicen. Un chiche de estos cuesta en versión femenina de los u$ 3.000 para arriba. Lo curioso es que en el sitio de Cloud Climax los amantes masculinos están en oferta (de u$ 1800 en adelante). Tienen menos venta. Alguna vez también contamos en esta columna que hay torsos, piezas que solo tienen cola y vagina sin piernas ni espalda, etcétera. Verlos resulta un poco escalofriante, por decir lo mínimo.

La novia perfecta

En caso de que el asunto de la "perfect girlfriend" (hay una marca que las publicita así) no sea lo que más le atraiga y que pase demasiadas horas frente a una PC, hay simuladores 3D de sexo, especie de juegos. Son pagos, no son baratos (en dólares nada lo es hoy) y obligan a tocar teclas. Pero también han tenido crecimiento por la pandemia. Sin embargo, deberíamos pensar un poco más allá del Covid para entender qué está pasando. Muchas veces hemos dicho que en el mundo del porno se dan tendencias que luego aparecen generalizadas fuera del negocio del sexo.

Desde la securización bancaria hasta el streaming, casi toda herramienta digital de éxito ha surgido por la pulsión erótica que Internet permite ejercer en privado y con una libertad que nunca antes hubo. Pero que la gente deba quedarse más en su casa ha acelerado toda clase de cosas cuya tendencia general es, bueno, que la gente se quede en su casa. Que consiga todo lo que necesite en un espacio restingido y cómodamente, desde trabajar hasta un producto para hacer crecer las plantas. Es cierto que para el sexo no hay paliativo que tenga el mismo efecto que otro ser humano, pero desde hace tiempo no es necesario "verse" más que para el ejercicio genital, desplazando toda relación al universo de los electrones.

Todos los datos parecen apuntar a un mundo muy similar al que presentaba una historieta de los ochenta, la apocalíptica Ficcionario, de Horacio Altuna, en cuyo primer episodio se conocen un hombre y una mujer a quienes el Estado ordena masturbarse para descargar tensión sexual y ser más eficientes. Deciden hacerlo a la vieja usanza y de a dos. Pero en un giro irónico, ambos se desnudan, se miran y se meten en una máquina con un receptáculo para cada uno. Algo similar pasa en la extraordinaria comedia El demoledor, donde dos "machos" de los 80 (un policía rudo interpretado por Stallone y un supervillano loco con el rostro de Wesley Snipes) son congelados y despertados décadas más tarde, en un mundo donde decir una palabrota equivale a una multa, las hamburguesas están prohibidas y el sexo requiere máquinas. De paso, véanla (primer gran protagónico de la genial Sandra Bullock). El extremo es, claro, Matrix: humanos pegados a una máquina en cuyo cerebro se "proyecta" una fantasía que es el mundo que conocemos. El que entiende el programa se vuelve todo poderoso. 

Lo de las muñecas sexuales es un primer paso, no definitivo aunque sospechamos que van a mejorar hasta volverse casi indistinguibles de la Humanidad. Es solo cuestión de plata y de tiempo. Pero es más probable que la herramienta "física" deje de existir si se puede entrar directamente en el cerebro para proveernos de nuestros deseos a puro estímulo electroquímico. Da la impresión de que "quedarnos en casa" es el primer paso y que toda tecnología, toda red global, toda política moderna -y el sucedáneo reaccionario de volver al siglo XX sería una reacción lógica y grotesca a todo esto- van en esa dirección. Imposible decir si se tratará de un mundo mejor o peor.

Si conseguir todo lo que deseamos, aunque la realidad física no se acomode a ello, no será un retroceso de nuestra humanidad. Lo cierto es que este horizonte no está alejado un milenio ni un siglo, sino algunas (pocas) décadas. Y que estos meses de 2020 han funcionado como una especie de laboratorio social monstruoso para entender hacia dónde vamos. Vamos, parece ser, a un mundo donde estaremos más solos y seremos más responsables de todo lo que nos suceda, donde la empatía y la solidaridad existan, pero también con calidad virtual. Y donde quizás nos relacionemos con algoritmos que parezcan personas. Por lo pronto, ahí están esas muñecas, dispuestas a todo y nada.

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Leonardo Desposito

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