Buena parte de las películas pornográficas italianas entre los años setenta y ochenta, y varias otras europeas en general, tenían como telón de fondo el fascismo o el nazismo. En realidad, es una vieja tradición (si se le puede llamar así) la que combina los gestos de los regímenes criminales de esa primera mitad del siglo XX con el sexo desaforado y perverso. En todo caso, el que la tenía más clara era Pier Paolo Pasolini, que realizó la que quizás sea una de las películas más prohibidas de la historia del cine, Saló o los 120 días de Sodoma. Es raro decirlo, pero ese filme nunca pudo ser estrenado comercialmente en las salas de nuestro país, ni siquiera después de abolida la censura cinematográfica. Sí se vio en muestras, festivales y en algunas funciones especiales. Hace algunos años, además -y esto es más extraño aún- fue parte de la programación de la señal Europa Europa. Esa película es importante porque, si bien carece de sexo explícito, hay desnudos y hay sexo y hay perversión, maltrato, tortura y muerte. Lo más extraño de todo es que, aún así, resulta de una gran belleza estética que pone en problemas al espectador constantemente. No puede dejar de verla aunque sufra por lo que allí sucede. Y es más extraño pensar que muchas películas pornográficas con simbología nazi, con perversiones de dominación y sexo explícito, se distribuían sin problemas en los videoclubes de los ochenta. Más raro y más raro: algunas de esas películas en versión "soft" (es decir, expurgadas de secuencias de penetración) se estrenaban en los viejos cines de valijeros de la calle Lavalle.

(Si por casualidad es usted menor de cuarenta años: "valijeros" eran los señores con maletín que entraban a esos cines para adultos, no necesariamente porno, a ver esas películas cachondas en pequeños cines de esa arteria porteña cubriendo su entrepierna con la valija. Periodismo es cultura y servicio)

Volviendo a la simbología, en tiempos de corrección política, las películas con simbología nazi, por ejemplo, serían totalmente inviables incluso en el porno, que es un género o una forma totalmente marginal dentro del cine. Es cierto, venimos diciendo que no hay cine pornográfico ya, pero supongamos que algo subsiste. El porno es también, como cualquier producto artístico, un reflejo de su propio tiempo. En los años setenta hubo una especie de explosión y entonces cualquier imagen parecía posible, aunque -como también contamos aquí- el sexo era más "soft". Era mucho más violento en las películas europeas que en las estadounidenses, lo que refleja también la manera como ambas sociedades se relacionan con el sexo, por ejemplo. Ahora bien, cuando aparece la simbología nazi en el cine porno, en general se trata de fantasías sadomasoquistas o de abuso de poder. Es decir, como sucede en todo el arte popular, una forma más o menos consensuada por toda una comunidad se utiliza para que sea ejemplo de algo preciso. En el caso de los nazis, son los abusadores violentos y sádicos. Así que en cierto sentido, esas películas también son correctas políticamente hablando. Por cierto, el problema en esos casos es que los nazis quedan reducidos al estadio de monigotes torpes y violentos, y no a la aceitada máquina de horror desesperado y nihilista que llegó a ser el régimen de Hitler.

Como ejemplo, vamos a mencionar una de las primeras películas porno más o menos legales de los Estados Unidos, Hitlers Harlots, de 1973 y dirigida por Hy Del, productor de la época. La historia es bastante simple: los nazis capturaron a seis personas que podrían o no ser espías aliados o parte de la Resistencia. Uno a uno, dos señoritas vestidas de cuero y botas (escasas ropas, además) y un señor rubio, también vestido de cuero negro, someten a los seis personajes a diversos avatares sexuales. Digamos que por la manera como los tratan, es difícil que alguien quiera confesar salvo que les digan que dejarán de "torturarlos" de esa manera. La edición es pobre y está todo rodado en un departamento con bastante más luz que la de un calabozo, mientras en una pared, para que no olvidemos, hay una bandera del Tercer Reich. Cada secuencia implica algún tipo de relación sexual, y lo más "perverso" (recordemos que estamos al inicio del porno legal en los Estados Unidos, lo que implica que las costumbres de los espectadores eran un poco diferentes) es que las señoritas nazis tienen sexo oral con las prisioneras. No mucho más. Los intérpretes son físicamente agradables, de hecho las chicas son muy lindas (lo que, dado los escasos valores de producción, resulta una notable sorpresa para el caso), aunque sus dotes actorales dejan mucho que desear. Para ser personas con miedo ante un enorme poder que puede arrancarles la vida, se comportan bastante dócilmente. El miedo no aparece por ninguna parte, cuando ese sentimiento debería ser el que, paradójicamente, refuerce la contradicción moral del espectador (que para eso están también las películas). Hitler Harlots dura algo así como una hora y diez minutos, las secuencias sexuales no son demasiado largas y, como corresponde a una época donde aún mandaba el montaje, los planos son cortos y la sensación de violencia, cuando la hay, se logra por la velocidad de paso de uno a otro. Como pasaba en esa época del porno recién estrenado como entretenimiento legal, hay algo de producción clandestina y urgente en la manera como se dispone todo. La simbología es, justamente parte de esa síntesis.

Pero la curiosidad consiste en que la parte activa del sexo la tienen los malos. Es decir, coincide esta clase de películas con la idea de que el sexo es malo, sucio y parte del lado oscuro, lo que no deja de ser coherente con cierta ambigüedad estadounidense. La simbología era menos una declaración sobre Hitler y sus acólitos que sobre la naturaleza del sexo y la vergüenza que causaba, incluso si era legal verlo en operación de manera explícita. Casos y cosas del deporte, mis amigos.