Esta semana estalló una crisis de larga data en el cine argentino. La semana comenzó con manifestaciones con represión incluida en la puerta del INCAA y promedia con el despido de Luis Puenzo (reemplazado interinamente por su segundo, Nicolás Batlle) como presidente de la entidad. Hay mucha tela política para cortar al respecto pero esta nota -más bien una reflexión- no va a hacer eso. Va a intentar explicar cómo (y si) se subsidia el cine argentino.

Primero: la mayoría de las industrias audiovisuales dependen de subsidios estatales. Incluida la de Hollywood. No son necesariamente aportes directos de los estados (nacional o de provincias, ciudades o estados). Eso sucede en varios países como Corea del Sur, Francia y España, que además tienen industrias fuertes y variadas. En los EE.UU. y Canadá, son descuentos impositivos o de cargas laborales. El ejemplo más claro es el estado de Georgia, EE.UU., donde ese aporte es de hasta el 65%, que luego vuelve en lo que se recauda con el gasto en consumo de producciones de cien millones de dólares para arriba. Si ustedes ven las películas de Marvel, descubrirán al final de los títulos un logo de Georgia (una naranjita) o de Canadá porque, para bajar costos, se fue a filmar ahí. 

Segundo: es el momento en el que más contenidos se hacen hoy porque las plataformas entraron a producir fuerte. Y además, aprendieron la lección de Jack Valenti, mítico presidente de la MCAA, la entidad que defiende los intereses de Hollywood en todo el mundo, que dijo -Mar del Plata, 1997, entrevistado por el autor de esta nota para La Maga- que no podían vender sus productos en países donde no había una industria local con estrellas y temas locales. Netflix puede tener un "estilo de la casa", pero sabe que tiene que hacer películas como Granizo, altamente exitosas. Sí, aunque las películas solo se diferencien estéticamente por el idioma, el talento local crea público local.

Tercero: por esto mismo, hoy en la Argentina se produce muchísimo y hay bastante ocupación en el sector a pesar de la crisis. Ergo, una parte importante de la producción no depende ya directamente del dinero que pueda entregar el INCAA. Que, por otro lado -y aquí hay uno de los problemas- tiene un tope por producción en pesos que históricamente equivalía a un máximo de 800.000 dólares y hoy, inflación y suba del dólar mediante, equivale a la cuarta parte. Lo que antes servía para hacer una película "chica" o (mal llamada, pero es otro tema) "independiente", hoy ya no. 

Cuarto: el dinero que recibe el INCAA para financiar el cine es un fondo integrado por el 25% de lo que recauda el Enacom y el 10% del precio de cada entrada vendida en el país. Hoy el 70% proviene del primer ítem y en 2020, por obvias razones, casi no hubo del segundo. Pero ese ingreso de asignación específica caduca a fin de 2022. Caducaba en 2018, pero el Congreso, con acuerdo de todos los bloques, lo prorrogó como todos los fondos de asignación específica (incluye para las industrias del tabaco o la yerba mate, por ejemplo). Se le reclamaba a Puenzo pedir otra prórroga o fijarlo definitivamente. Los que protestan son los productores más chicos, que dependen casi exclusivamente del INCAA.

Ahora bien, ¿qué hacemos? Un argumento es que en un país con una pobreza que se acerca al 50% no se puede financiar el cine, un lujo. Depende: si se quiere competir internacionalmente en igualdad de condiciones, no hay mucha alternativa porque todo el ámbito iberoamericano lo hace. Se produciría más caro. O quedaría todo en manos de las plataformas, que se quedan con el copyright. Es decir, dan trabajo -y pagan bien- pero deciden cuándo, cómo y durante qué tiempo va a salas o al on line. El productor hace lo suyo para la plataforma o vende lo que ya hizo, cobra y no controla más nada. Por eso se habla tanto de Copyright en las protestas.

El otro argumento es que "las películas no las ve nadie". Es cierto que muchísimo no se ve, pero la calidad de un filme no depende de eso (nadie vio en estreno El Ciudadano o Blade Runner, gigantescos fracasos  por diferentes razones). No se puede prever un éxito jamás, aunque todo parezca "seguro". Quizás en esa película chiquita producida básicamente por subsidios esté Los 400 golpes. Pero claro: en un país con menos de 1000 pantallas, hay que preguntarse bien qué y cómo se defiende esa producción. Hacer 200 películas al año para que haya empleo también vacía el sentido de la ley de cine.

Propuesta: mejorar el mecenazgo para que las grandes empresas inviertan en cine a cambio de exenciones impositivas, subsidios a operas primas por concurso y tax rebates para quien decida invertir en producción. Eso haría bastante asequible que los independientes puedan seguir filmando. Pero hay que discutir la ley a fondo y, de se necesario, cambiarla. Y tomar la decisión de si queremos o no una industria audiovisual propia, algo que no debería depender de la ideología del gobierno de turno.

Más notas de

Leonardo Desposito

Cuatro biografías fuera de lo común para maratonear en Netflix

Cate Blanchett en Elizabeth

Minions 2 termina con la era de la pandemia para los estrenos en salas

Minions 2, el último "retraso por pandemia" del cine

Cineastas de Ucrania piden a Karlovy-Vary que no proyecte filme ruso

Captain Volkonogov Escaped, la película cuestionada por Ucrania

Cuatro caras de Tom Hanks en la grilla de Prime Video

Cuatro caras de Tom Hanks en la grilla de Prime Video

Los Globos de Oro, entre continuidad y extinción

Los Globos de Oro, entre continuidad y extinción

Netflix despidió a 300 empleados en plena tormenta financiera

Netflix corta más empleados de los previsto

Sátira escondida en grandes películas de Star+

Starship Troopers, sátira antimilitarista

Netflix anuncia más despidos tras la caída de sus acciones

Netflix anuncia más despidos tras la caída de sus acciones

Cuatro películas "incorrectas" para rever en Netflix

Al Pacino en Scarface

Las diez mejores películas de Pixar para recorrer en la grilla de Disney+

Ratatouille, quizás la mayor obra maestra de Pixar