Son tiempos donde las complicidades gentiles realzan ante tanto desatino global. La premisa entonces de la “fe poética” es medicina del alma y no placebo. Entendida ella como un contrato tácito en virtud de “la voluntad del individuo en aceptar como ciertas las premisas sobre las cuales se basa una ficción. Aunque la misma sea imposible o fantástica, incluye el pasar por alto las limitaciones del medio por el cual se desarrolla una historia”.

Munido de esos conceptos uno puede asomar a la Sala del Caras y Caretas 2037. Luego de haber adquirido las entradas por internet, lo cual cierra la posibilidad de sobornar al encargado de la boletería en la actitud criolla de buscar una mejor ubicación, se asume.

Llegar a esa sala, que no pocas veces nos recibió para eventos sindicales, deja como un detalle el control vía QR de los tickets, porque apenas se ingresa la cordialidad de los y las acomodadores/as se explicita en gestos amables.

Minutos más tarde una voz en off nos sugiere mantener los barbijos colocados durante toda la obra, agrega además el ingenio para sonreír. Palabras más, palabras menos esa propuesta incluye silenciar los teléfonos “porque los actores no resisten la tentación de saber con quién se intercambian mensajes”. Se incluye una mención para evitar el manipuleo del celofán de caramelos.

Es el momento para que las luces bajen su intensidad y uno quede, frente a frente, con “Terrenal, pequeño misterio acrata”. Sin intención de spoilers diremos que esa voz en off nos podría haber sugerido: “ajustad sus cinturones de seguridad, la travesía será inmensa y disfrutable”.

Con la fe poética encendida entonces, los trazos que comanda Mauricio Kartun se hacen imprescindibles, aptos para todo público sensible, con una precisión sin necesidad de subtítulos acotaciones u otros guiños.

Línea de 3

Es que Tony Lestingi (Abel) y Claudio Martínez Bel (Caín) acaparan la atención, las mentes y todo lo que pueda contener una sala teatral. A tal punto que no hace falta apunte previo alguno para recorrer esta obra siendo parte de ella, incluso cuando un haz de luz -a nivel exquisito- refleja en una fila de butacas, lejos del escenario.

El intercambio de ambos personajes se hace frenético y a paso lento, sembrando profundidades con un coloquio simple y exquisito. Ni hablar del nudo que se expone cuando Claudio Da Passano (Tatita) aparece en escena con un toque de sorpresa. Vaya si dice presente el hombre.

Nobleza obliga, Leonardo D'Espósito, el responsable de esta sección en BAE Negocios, nos infiere al respecto: “Terrenal es una obra taimada, porque ese "Tatita" que plantea Kartun, en el paisaje seudo bíblico, puede ser autoridad o parodia".

Y si de testigos de buena fe se trata, quienes realzan a Kartun están entre los espectadores, otras compañeras de trabajo, conocidos y ni hablar del mundo artístico. Para quienes de tanto en tanto logramos disfrutar cada palabra o silencio del teatro, esta obra deja huellas de las buenas.

Porque tiene sembradas tantas sutilezas sobre política, episodios argentinos, avisos publicitarios de los sesenta, y más, todos hilvanados en una concepción social de hombres y mujeres, que llega al buen puerto donde su trascendencia supera al tiempo. Acotamos, aunque su trama implique un drama bíblico.

Léase, esos dilemas de la historia del hombre que tienen resolución pendiente desde hace siglos.

Un par de apuntes más reservados a la función que nos tocó disfrutar. La caracterización de Abel, Caín y Tatita infiere un tributo al pintor Florencio Molina Campos, y su arte costumbrista sobre gauchos y el campo. Consultados los responsables de prensa de “Terrenal” nos comentaron gentiles, “no hay nada explícito, pero es posible”.

Artistas que se juegan la vida

Anteúltima postdata: en una obra con precisión de diálogos, pasos, silencios y más, durante la función descripta el sonido de un celular desafió a los actores con la vara elevada de la improvisación: “¿Quién es?” Se preguntaron a coro mirando al auditorio. Regresar a la trama fue un ejercicio profesional admirable, porque lo hicieron aclamados en aplausos.

Y el punto final es dejar un agradecimiento porque no faltó ese momento indescriptible de una excelente obra, cuando en el saludo final los actores o actrices, todavía caracterizados, emergen de sus personajes para sonreír al público con su identidad propia y tras haber dejado todo de sí sobre el escenario y la vida.

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