Les confieso que hace bastante que busco en los muchos -pero llenos de molestias- sitios de pornografia y erotismo de los setenta y ochenta alguna película que conjugue el sexo y el horror. Las hubo a raudales en la era dorada de los videoclubes, pero por alguna razón incomprensible son muy difíciles de encontrar. Quizás porque el entretenimiento erótico contemporáneo, al derivar exclusivamente en el coito y dejar de lado la trama, influyó en que los poseedores de copias antiguas solo se dediquen a rescatar lo que más se parece a lo que se produce hoy. Lo que deja de lado muchas comedias, parodias, dramas y filmes de terror que podrían competir con los ejemplos de esos géneros que suele entregar el cine -digamos- "normal". Una pena gigantesca, pero así son las cosas.

Sin embargo, no toda búsqueda es infructuosa. En el sitio Paris Porn Movies, en el catálogo de filmes clásicos, apareció una producción italiana de 1974 llamada Nude for Satan (así, en inglés: estas películas se hacían pensando en un mercado internacional). Es interesante la fecha porque corresponde a tiempos previos a que la censura italiana permitiera de hecho el sexo explícito en las películas, lo que -lo hemos contado alguna vez- rescató a fines de los setenta y principio de los ochenta a toda la industria del cine italiano. De eso trata el documental Porno e libertá, que se puede ver en la plataforma Qubit.TV. Volviendo a Nude..., fue realizada por un tal Luigi Batzella y bien podría haberla hecho David Lynch si se hubiera dedicado al XXX. De todos modos, el productor de la película creía que este señor Batzella tenía muy pocas dotes para la dirección y muchas menos para la narración coherente. Les diré algo: menos mal. Si algo hace de esta película algo digno de verse es que deja de lado muchas de las maneras cartesianas de la lógica para sumergirse en las tumultuosas, pero muchas veces bellas, aguas de la fantasía onírica.

Antes de ir a las virtudes, pasemos por los defectos. No es una película realizada con enorme presupuesto, por cierto, y si a eso le sumamos que los efectos especiales aún no habían llegado al grado de sofisticación al que nos ha acostumbrado la gran pantalla en los últimos años, es evidente que ciertos momentos de fuego y chispas no son más que eso, un fueguito indigno incluso de un chinchulín y chispas que empalidecen ante una bengala navideña. También hay algunas sobreimpresiones un poco desprolijas pero, en ese caso, tienen su encanto y proveen de cierta tosquedad que se combina muy bien con el miedo que han de desarrollar los protagonistas. La historia, o al menos la excusa de partida de la historia, es bastante simplona: un tipo ve un accidente automovilístico que deja inconsciente y quizás agonizando a una joven. Llega a un castillo cercano en plena noche para conseguir ayuda e ingresa, inadvertidamente, en un universo al margen de la experiencia normal. Hay mil millones de películas que comienzan igual y, a esta altura, podríamos declarar el tropo del tipo al que se le para el auto en un paraje tétrico como mitológico. 

Ahora viene lo bueno. El hombre ingresa al lugar, aparentemente abandonad, abre una puerta y hay una orgía donde un señor y tres señoritas hacen de las suyas sin ninguna ropa encima. Se horroriza (el espectador, por cierto, es menos pacato que el protagonista) y cierra. Ve un cuadro. En ese cuadro hay una mujer que le llama la atención, y la obra misma es extraña. Aparece una mujer exactamente igual a la joven accidentada. Más tarde, esa joven encuentra a un tipo exactamente igual a quien desea ayudarla, pero vestido a la antigua como su propia doble. Aparece un hombre vestido con un rezago de ropa de una representación infantil de Drácula, y sabemos que no es la mejor persona del mundo. Es cierto, me estoy riendo un poco de lo que vi, que en realidad es un melodrama donde dos personas de hoy se encuentran con sus dobles del pasado, personajes que en realidad están allí para vivir o revivir una orgía en honor del Príncipe de las Tinieblas. El señor solidario y la chica accidentada, descubrimos, están cautivos de un ciclo de placeres y horrores que atraviesa los siglos. Descartando los más lógicos comienzo y fin, la película se escabulle entre sueños y pesadillas, escenas sexuales explícitas pero filmadas con cierta poesía visual y delicadeza, y momentos en los que incluso el espectador siente que algo extraño, anómalo y molesto sucede a todos los personajes. La película, en su extrañeza, es perturbadora. En el buen sentido: es exactamente lo que busca.

Quizás el mayor problema sea que los actores, se nota, no han ensayado demasiado y que estas películas, rodadas con muy poco dinero a pesar del suntuoso castillo en el que transcurre la que comentamos, no permitían demasiadas retomas. Las fallas actorales son las que le quitan efectividad a muchas de las secuencias. Pero la cámara tiene movimientos que realmente envuelven al espectador y, en ocasiones, la fotografía realizada en pantalla ancha crea un clima de belleza peligrosa que no es sencillo de encontrar. Las secuencias de sexo tienen una peculiaridad: si bien son bastante explícitas, no van directamente a lo genital sino que tienen un importante suspenso. Cuando sí hay acción directa, podemos ver los cuerpos de manera fragmentada. En ocasiones, se trata de secuencias un poco salvajes, naturales en el sentido más amplio del término, donde la cámara parece un voyeur ansioso que tanto quiere seguir mirando como huir ante la visión de lo prohibido. Esa debería ser un poco la norma de la buena película pornográfica, pero esa suele ser también la regla que los pornógrafos, en su afán de explicitud y su falta de riesgo estético, rompen continuamente. Aquí, vaya uno a saber si por azar o por cálculo, todo es como debe ser y la película compensa las torpezas actorales con la fuerza de sus planos.

Faltaría decir si da miedo. Sí, a medias, porque cuando los realizadores no saben qué inventar optan por el lugar común más trivial, como alargar indefinidamente el ascenso de dos personajes por una escalera que no conduce a nada interesante. Pero en última instancia, Nude for Satan es una película de verdad que se preocupa por serlo y por conquistar al espectador con buenas armas. No solo el plano explícito, sino el todo que lo sostiene.

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