Este año no han sido pocas las reprogramaciones y cancelaciones de festivales de cine en todo el mundo. El propio festival de Cannes decidió, tras algunos intentos de cambios, pasar directamente a la edición del 2021.  En la vereda opuesta, y con una tozudez francamente llamativa, el Festival de Venecia se está llevando adelante de manera presencial. Que la prensa mundial haya hablado antes de las imágenes de Tilda Swinton o Pedro Almodóvar con barbijo en la alfombra roja que de las películas es otro tema. Más allá de gustos, responsabilidades y prioridades, corresponde señalar que ese costado ligado al star-system que es sustancial a la esencia y ADN de Cannes y Venecia, también ha sido parte de al menos uno de los perfiles del muy heterogéneo Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF). Y es justamente en esa sección del festival donde parece haber impactado de manera más clara y contundente el recorte impuesto por la pandemia COVID-19.

 El TIFF, que va por su edición número 45, nació como un festival de festivales. Una manera de dar lugar a las películas que durante el año habían sido reconocidas en las más prestigiosas muestras cinematográficas del mundo. A ese componente se fueron sumando dos corrientes en apariencia antitéticas: por un lado el avance en las búsquedas más radicales y experimentales (la sección Wavelengths, por ejemplo) y, por el otro, dar lugar a que en Toronto ocurriese el punto de partida de la temporada de premios que culmina con los Oscar.

Las secciones eran muchas y hasta se sumó en los últimos años una competencia oficial (más allá de que el "premio del público" siempre fue muy preciado y reconocido). En un contexto en el que las restricciones económicas venían generando recortes que ya se notaban, edición a edición, en la programación del evento y en la labor del TIFF durante todo el año, el impacto de la pandemia pone a prueba la solidez y la creatividad de quienes han logrado hacer del Festival de Toronto un lugar insoslayable para la industria y la cinefilia.

El drástico recorte en la cantidad de películas programadas habla a las claras de las dificultades para realizar la selección de este año. La decisión del TIFF es, a la vez, un run for cover, una manera de volver a cierta esencia vinculada con su génesis (más independiente, más localista) y un guiño, un abrazo (pero también un pedido) a su muy fiel público. El TIFF es un festival de público. Es el público el que lo sostiene y llena las salas, el el que da marco para que esas grandes producciones de Hollywood acudan con sus grandes estrellas a la alfombra roja en la premier mundial de muchas de las películas que terminarán cosechando gran parte de los Globos de Oro y Oscar en muy poco tiempo.

En los últimos años, frente a determinadas necesidades y alguna merma de asistencia a las salas, el festival había decidido priorizar el costado de las galas hollywoodenses por ante las producciones más arriesgadas, independientes o de terceros países. Pero ya dado por perdido en los hechos el 2020, son justamente estas producciones las que este año quedan ausentes en Toronto.

¿Cómo habrá de impactar esto en la continuidad del TIFF? La pregunta parece pertinente, por más cariño y respeto que se tenga a este hermoso festival. ¿Cómo funcionarán las salas con aforo reducido? ¿Las proyecciones al aire libre o en autocines, funcionarán para la presentación de películas como las que forman parte de esta edición? Esto es algo que iremos develando a la distancia, ya que este año toda la actividad de la prensa se realiza de manera virtual.

Las películas que el propio festival puso en primer plano divergen claramente de aquellas en las que la cantidad de estrellas nos cegaba, haciendo interminable el listado de presencias en la alfombra roja los años precedentes. La británica Ammonite, dirigida por Francis Lee, es una de las más esperadas (tanto por la temática "comprometida" muy a tono de los tiempos que corren, como por la pareja protagónica compuesta por Kate Winslet y Saoirse Ronan), y otro tanto puede decirse de David Byrne's american utopia de Spike Lee. Esa necesidad de cumplir con el requerimiento de que las estrellas estén a la vista hace que tengan un lugar destacado en lo que hace a expectativas las películas dirigidas por Halle Berry y Viggo Mortensen (Bruised y Falling, respectivamente).

Para los cinéfilos, la parte positiva es que suban a los lugares de visibilidad películas que no tienen otra carta de presentación que la del prestigio de sus realizadores. Así, en las gacetillas de prensa o en la web del festival vemos destacadas las últimas creaciones de artistas de la talla de Naomi Kawase (cuya True mothers era parte de la selección oficial de Cannes de este año), del genial documentador de instituciones Frederick Wiseman (City hall) o el inasible Werner Herzog (Fireball: visitors from darker worlds). Aquí se suman nombres menos conocidos por el gran público (Nicolás Pereda, que presentará Fauna y Chloé Zhao, que hará lo propio con Nomadland) o polémicos (Francois Ozon, con Summer of 85 y Thomas Vinterberg, con Another round) y algunos otros cuya pertinaz inclusión en el mundo de los festivales resulta algo más discutible (Michel Franco y su Nuevo orden, Kornél Mundruczó y su Pieces of a woman y Mira Nair, cuya A suitable boy será nada menos que la película de clausura).

 Esta es buena parte de las películas que pueden verse hasta el 19 de septiembre. Hasta ahora lo expresado son prejuicios: aquí seguiremos, informando acerca de todo lo que podemos esperar en el futuro cercano, en cuanto a cine se refiere. Las proyecciones para el público se encuentran geo bloqueadas fuera del territorio de Canadá. Sin embargo, vale la pena darse una vuelta por la página del festival www.tiff.net, en tanto algunas actividades pueden abrirse al público de todo el mundo.