El Imperio Austrohúngaro representó un momento crucial en la historia moderna. Para muchos, fue el último intento (logrado, por otra parte) de tener una modernidad científica en un régimen monárquico, aunque con instituciones democráticas. No es una discusión que podamos tener en esta columna; sí podemos decir que los años que median entre la guerra Franco-Prusiana y la Primera Guerra Mundial (que es, en gran medida, su consecuencia), aquella Belle Époque entre fines del siglo XIX y principios del XX vieron un florecimiento notable no solo de la ciencia sino también de las artes, y el surgimiento de una serie de costumbres que llevarían a las nuestras. Es cierto, es la misma época de la reina Victoria en Gran Bretaña, una era llena de represiones. Pero en el Continente la cosa era distinta y en Viena o Budapest se bailaban los valses de Strauss y los burgueses y la clase más alta se dedicaba a liberalizar ciertas costumbres, especialmente eróticas.

Por La Ronda, Arthur Schnitzler fue acusado de “pornógrafo” y su texto, escrito en 1900, no vio la luz hasta 1920

En ese marco escribió Arthur Schnitzler algunas de sus mejores obras, que siempre giran alrededor de la moral un poco disoluta de sus connacionales y, también, como judío, sobre el antisemitismo que, mucho más tarde, llevaría al nazismo. El sexo es uno de los temas más recurrentes e importantes dentro de sus escritos, y aunque nunca opta por la descripción directa, tiene una franqueza que estaba por encima de lo que la literatura podía permitirse en esos días. Tenía relación con Sigmund Freud e ideas parecidas. Una de sus obras, Traumnovelle, fue la base de una peliculita de la que deberíamos hablar en esta columna alguna vez, Ojos bien cerrados -a juicio de este escriba, lo más grande que filmó Stanley Kubrick. Pero la obra más conocida de Schnitzler, muchas veces representada y otras muchas llevada al cine, es Reigen, una pieza teatral que publicó secretamente en 1900 pero que se publicaría de modo "oficial" en 1920, cuando el Imperio había sido llevado por el viento de la Primera Guerra y había otras preocupaciones en aquella turbulenta parte del mundo. Dicho sea de paso, Reigen es La Ronda, que filmó en los 50 Max Ophüls y sirviera como base para una película de Roger Vadim, ...Y morir de placer. Y sí, aquí incluso se montó en el Teatro San Martín.

La Ronda es la historia de una pareja que tiene relaciones sexuales y habla después del placer. Eso hace que uno de los personajes salga de escena y se encuentre con otra pareja, con la que habla antes y después del sexo. Lo que hace que esa pareja salga y protagonice otro encuentro, y así siguiendo hasta que al final, una prostituta se encuentra con el personaje que abre la serie. En la obra se habla mucho menos de sexo que de otras muchas cosas y, de hecho, no se muestra absolutamente nada -imaginen que Ophüls no hubiera podido filmarla si no, aunque sí tuvo muchos problemas con el guión. Aún así, a Schnitzler lo acusaron de pornógrafo y el texto permaneció como secreto a voces durante veinte años. Con el tiempo, se volvería un clásico por la manera como toca temas filosóficos y sociales, y cómo ejerce la crítica, sin caer nunca en la declamación o en el didacticismo. La Ronda es totalmente entretenida. Bueno, como cualquier otra ronda.

Buscando algo para traer aquí al erotómano amigo, encontré en eroticage.net una película que se llama Hot Circuit y fue realizada en 1971. La escribieron y dirigieron Paul Glickler y Richard Lerner, y tiene un elenco amplio donde se destacan estrellas tempranas del porno estadounidense (esta película es anterior a la legalización, de paso) como Sally Paradise, Kit Fox y Jack Duquesne. Todo comienza con un elegante travelling lateral por la Calle 42 de Nueva York, entonces hogar de los locales de strip-tease y visionado de pornografía (y de prostitución, por supuesto), donde un hombre anuncia que en un local hay un concurso de strippers amateurs. Un hombre de negocios entra, seduce a una de las concursantes y tiene sexo con ella delante del público. Ese mismo hombre es seducido luego por dos chicas, que más tarde se encuentran con otro en un parque; una de ellas es luego seducida por una mujer mayor; que luego se encuentra en una piscina con un hombre mucho más grande que le da placer oral; este hombre luego se relaciona con otra mujer... en fin, todo culmina con el presentador del strip-tease del principio en una escena bizarra de sexo y comida, para luego volver a su trabajo, donde vemos al ejecutivo y a la stripper teniendo sexo, un círculo que no se detiene. Queda claro que estamos ante una adaptación de La Ronda.

Si La Ronda hablaba de la decadencia de una sociedad a través del sexo, Hot Circuit habla de sexo y libertad

Hay tres cosas para destacar en esta película. En primer lugar, que el sexo está filmado con planos de corta duración, y es el montaje de planos detalle (un pubis, un pene, una boca) y de planos generales (los cuerpos moviéndose, el ambiente) el que genera al mismo tiempo inestabilidad y excitación: nunca sabemos exactamente, en medio de una escena de sexo, qué vamos a ver en el próximo plano ni cuánto va a durar el que vemos. La ansiedad que esto genera es muy interesante. El segundo, que las actuaciones son bastante naturales y que la mayoría de las secuencias ocurren en locaciones al aire libre, salvo la primera y las dos últimas. Hay una idea de que el sexo invade todo, es omnipresente y un espacio de libertad que se puede abrir en cualquier momento y lugar. El tercero, que los diálogos satirizan constantemente lugares comunes del comportamiento burgués: todos los personajes son seres comunes, con profesiones comunes, con vidas comunes y morales comunes, pero cuando llega el momento del sexo son capaces de liberarse y dar rienda suelta a los deseos que más reprimen. En ese sentido, es lo contrario de La Ronda: si Schnitzler quería critiar la liberalización de las costumbres a las que el buen pasar económico y la estabilidad política parecían llevar (es decir, si creía que su mundo entraba en decadencia y lo mostraba a través de las secuencias de alcoba), en Hot Circuit el asunto es al revés: la sociedad está destrozada y el sexo genera un espacio de libertad. No es casual que esta película sea paralela -como todo el porno clásico americano- al trauma de Vietnam. Esa guerra le hizo ver a los estadounidenses que la represión (sexual o de cualquier tipo) era estúpida; mientras que el mundo de Schnitzler fue efectivamente disuelto por una guerra. La ronda, en este sentido, no se ha detenido en más de cien años.

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