Una de las preguntas que más veces nos hacemos los críticos -no solo de cine, aunque quizás esto sucede menos en la literatura- es qué cosas ya no se pueden hacer. Qué obras, mejor dicho, sería imposible que existieran en las actuales condiciones de corrección política imperantes. Hoy da la impresión que cualquier cosa que se diga o se piense genera una indignación mayúscula, incluso si no es tan grande en realidad. Que mucho periodismo le dé bolilla a lo último que aparece en su TL de Twitter en vez de chequear la verdadera importancia de una declaración, de una noticia, de un invento tiene mucho que ver con esto. Pero como esta columna es más bien para pasarla lindo con poca o ninguna ropa en lugar de quejarnos por el estado del mundo, dejemos el tema. Vamos a terminar pareciendo Twitter.

Desde hace algunas semanas -y vamos a seguir-, gracias a la generosidad del colega Marcelo Stilettano, venimos revisando esa mina de oro para el cinéfilo y amante de las extrañezas que es el sitio turco Eroticage.net. De paso, basta con un inglés no demasiado bueno para entender, el sitio no está en turco. Eso permite ver que además de gourmets, estos señores que lo gestionan son gourmands. Es decir: buscan tanto la calidad como la cantidad. Y cuando hay de lo segundo y no de lo primero, ahí van y lo dicen. Muchos de los textos son joyitas de la ironía fina o del arte de insultar.

En el caso de la película de la que vamos a hablar, nos indica que es una comedia satírica que bien podría ser una joyita del soft-porno, pero que el uso de inserts hardcore desvirtúan la empresa e incluso el arco narrativo. Que, dicho sea de paso y para volver al primer párrafo, tiene como premisa algo que nadie en su sano juicio, hoy, ni siquiera dentro del porno mainstream, se animaría a mencionar. El filme en cuestión se llama Female Chauvinists ("Mujeres chauvinistas") es de 1976 y la dirigió Jay Jackson en los Estados Unidos.

La premisa es la siguiente: un grupo de feminstas radicalizadas ocupan una especie de quinta donde se van a dedicar al placer y a hablar mal de los hombres. Pero una periodista de investigación que quiere mostrar al mundo que son señoras malísimas que están contra los hombres en todo sentido se infiltra en el lugar como una de las partidarias. Por cierto, su novio, fotógrafo, logra conchabarse como jardinero (para todo servicio, como adivinará rápidamente el lector) y entre ambos exponen las maldades e incorrecciones de estas militantes de la igualdad entre los géneros.

Verán pues por qué decimos que esta película hoy no se haría ni siquiera en el porno mainstream. En primer lugar, nadie usaría el sexo para la sátira, por miedo al insulto y la acusación. Es así, y no podemos negarlo. No lo hace el porno mainstream, que solo tira dardos a blancos que la intelligentzia internacional (o americana, para este caso es lo mismo) permite. ¿Burlarse de Donald Trump? Bien. ¿Burlarse de Harvey Weinstein? Mientras no lo eroticemos, perfecto. ¿Reírse de las contradicciones de discursos bien intencionados? Jamás, porque además el porno siempre está bajo escrutinio público.

Más allá de la temática, también el realismo de los cuerpos, alejados de los cánones de hoy resulta revolucionar

Abundan las secuencias lésbicas porque está dentro de su propia lógica, pero además no es extraño porque una de las tesis del filme es que la libertad de géneros es, también y fundamentalmente, libertad sexual. Esto es más interesante de lo que parece a primera vista, porque se trata de una película que se burla de quienes se burlan del feminismo, que en este caso es una invitación al placer ya derribar barreras. No es lo más revolucionario, de todos modos. Sí lo es que hay varias secuencias de sexo interracial tanto lésbico como heterosexual, algo que quizás hoy parezca más "común" (de hecho "interracial" es una de las categorías más abundantes en los servidores porno) pero en ese 1976 donde el porno recién había llegado al estatuto de legalidad y el racismo no se había acabado porque había derechos civiles era algo impactante.

Porque además cabe recordar que todas las películas se veían en cines, en salas con otros espectadores, en exhibiciones públicas en las que todo quedaba expuesto y donde las reacciones de los otros realimentaban la del espectador individual. Hoy parece improbable comprender el impacto de una película de este tipo que, aunque tenía en el fondo una intención satírica e incluso burlesca, decía algo que otros discursos menos marginales no se animaban a decir a voz en cuello. O bien, a imagen impúdica y liberadora.

Por lo demás, hay una especie de crítica al consumismo cuando una de las participantes de esta seguidilla de goce sexual femenino decide masturbarse con una botella de gaseosa. El problema de la película -y esta secuencia viene al pelo para explicarlo- es efectivamente el que menciona el comentarista de Eroticage: hay insertos hardcore, planos detalle de genitales, que rompen con toda la tensión y el humor de las escenas. Pasa en esa, justamente, donde un plano medio de la mujer con la botella es más poderoso que ver el detalle de la botella entrando en la vulva, algo totalmente irrelevante. El único sentido de la imagen era que se viera la marca de la gaseosa, no el acto sexual en sí. Pero parece que ya entonces los productores del cine no confiaban en la inteligencia del espectador para decodificar lo imprescindible en esta clase de películas.

Hay algo también a mencionar: los cuerpos. La protagonista es una pelirroja exuberante que hoy, dados los cánones irreales de belleza que manejan los medios mainstream, sería considerada "gordita". Incluso para el porno, es una chica muy linda (Roxanne Brewer se llama, mucho gusto). El resto de las mujeres y hombres tienen, también, cuerpos realistas, más cercanos a lo que somos que a lo que pretenden que seamos. En ese sentido, aunque entonces era la única elección correcta, también este filme hoy sería revolucionario. Nadie se animaría a producir un filme de sexo con gente que pareciera real.

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