Una de las cinematografías pornográficas más coherentes de las décadas de los ochenta y noventa ha sido la italiana. No solo por el estilo, sino también por sus temas. Quizás sea interesante revisar el cine extremo (el porno, género popular por excelencia, está en esa categoría) de cada país para comprender mejor a su sociedad porque allí aparecen, sin censura, sus obsesiones, miedos y fantasías más recónditas. En la edad de oro del VHS, era más que frecuente encontrar estas películas en los anaqueles escondidos de los cineclubes argentinos, así que gran parte de esos rostros y cuerpos eran frecuentes. Hoy todo ha cambiado y lo que sucede con el cine en general -el dominio de un solo país como exportador, la erosión causada en el negocio por la era digital- afecta también al XXX. Pero hubo un tiempo donde las cosas eran diferentes.

Porno | Los italianos se destacan por jugar con la cultura clásica y mezclar política y religión

El porno italiano tiene varios elementos que lo distinguen del resto de lo que se produce (o producía) en Europa. Hay un dicho popular que indica que las dos grandes pasiones de los italianos son el catolicismo y el Partido Comunista, y ambas se combinan en el porno de ese país. Aunque hay un par más de ingredientes. Uno, la recurrencia a revisar el período fascista. Otro, el uso de clásicos de la literatura o figuras históricas como excusa para la dosis de uno-dos. Respecto de la Iglesia, abundan en estas películas curas lascivos y monjas de cuerpos más frecuentes en la estatuaria pagana que desatan en conventos sus más bajas pasiones. Está bien, digamos que van un poquito más allá que Bernini con su Pasión de Santa Teresa, una de las representaciones del orgasmo más logradas por el arte en toda la historia. En general, las tramas que se desarrollan en conventos muestran el castigo de los sacerdotes a los que se les va la mano, y también de ciertas rectoras que someten a sus novicias. La molestia para la sensibilidad actual consiste en que las jovencitas, aunque ante cámara parecen tener un expertisse extraordinario en performances genitales y orales, siempre son tratadas como inocentes víctimas de un sistema opresivo. La protagonista suele ser una chica a quien los padres, para mantener su virtud, internan en el convento. Oh ironía.

El Partido Comunista en general aparece relacionado con el fascismo. Como saben, la dirección de la resistencia contra las fuerzas de Mussolini y, luego, las de ocupación alemanas, terminó coordinada por el PC, aunque no comenzada necesariamente por ellos. Ese mismo fenómeno se dio en Francia, donde incluso fue importante la participación de los católicos frente al invasor alemán. Pero no vamos a entrar ahora a acusar a los comunistas de ciertos pecadillos históricos ad maiorem gloriam Stalin (ya se encargó Simone de Beauvoir en Los mandarines, de paso, novela que deberíamos releer hoy) sino a contar que hay dos tendencias en el "porno mussoliniano". Una es aquella en las que se pasa revista a los vicios de los dictadores e invasores. Hay muchas orgías, perversas dominatrices bisexuales y, sobre todo, sexo de señores mayores con jovencitas enjundiosas. Por cierto, los malos siempre pierden (hay escenas donde se asesinan viejos verdes en plena orgía, por ejemplo). En esas películas puede o no haber partisanos. La otra es la de la resistencia y ahí sí: los partisanos militantes alternan discursos ideológicos con entretenimiento genital. En todos estos filmes hay bastante melodrama, familias separadas por la guerra, traidores, amores que se recuperan tras muchos años, etcétera. También -somos italianos, claro- grotesco y actuaciones (las buenas) que recuerdan la commedia dell'arte. Es una zona interesante donde se aprovecha para filmar ciertas perversiones con la excusa de que lo hacen los malos. El sexo, pues, es tomado como vara moral.

La última zona interesante es la de la historia y los clásicos. En ese rubro hay un especialista, Franco LoCascio, más conocido como Luca Damiano. El hombre está activo desde los años setenta y tiene filmadas casi setenta películas, lo que en el caso del porno no es demasiado (un director americano promedio con veinte años de carrera puede andar en las ciento cincuenta sin problemas). Ha llevado al porno cuentos infantiles como Caperucita Roja, Blanca Nieves y los Siete Enanitos y Los tres chanchitos. Pero también es responsable de adaptar la vida de Sacher Masoch, los cuentos del Decamerón de Bocaccio (dos partes, toda una saga) y Hamlet ("con el vestuario utilizado en la película con Mel Gibson", rezaba la publicidad y es cierto 100%: se lo alquilaron a la productora de Franco Zeffirelli). Además de narrar las historias (sexuales) de Napoleón, Marco Polo, von Masoch, Sade, etcétera. En todas estas películas hay un gigantesco cuidado en el uso del vestuario, de las escasas locaciones, de la iluminación y, cosas importantísimas a las que pocas veces se le da su verdadera dimensión, el maquillaje y los peinados. Hay ahí un uso del detalle que, si queremos utilizar un término culto, solo cabe describir como manierista. Damiano no suele dejar la cámara demasiado tiempo en un plano y también utiliza el montaje alterno, evitándonos el aburrimiento de ver una penetración durante cinco minutos. A veces, incluso, las secuencias porno tardan en llegar (esto es bastante frecuente en sus películas de principios de los noventa) porque primero se construye el relato. No es un gran director de actores (suelen ser flojas las performances femeninas, especialmente) pero sí compone muy bien el cuadro generando algo de interés para ver. Y de última, nos causa curiosidad por la literatura y sus grandes figuras. El porno italiano, como todo en ese país bellísimo, tiende a la cultura, sin dejar de lado la picaresca, y confronta su historia en el espejo de la lujuria.