La librería de nuestro nuevo sitio de cabecera Eroticage.net es una cosa de locos, amigos. Revisando todas las semanas para llevarles un poco de lujuria cinematográfica mediante esta página única en los medios nacionales, encontré joyas increíbles de la cinefilia que no van a ver ni en Netflix ni en ninguna otra parte. El sitio incluye (en idioma original, a veces con subtítulos, que le vamos a hacer) obras maestras como La belle noiseuse de Jacques Rivette, Delicias turcas de Paul Verhoeven, Días tranquilos en Clichy de Claude Chabrol, Pasajeros profesionales de Martin Scorsese, La mujer pública de Andrej Zulawski, À nos amours de Maurice Pialat, Prénom: Carmen de Jean-Luc Godard y mucho más. Es cierto que hay que bucear entre Los placeres de Paola, Internado de señoritas, El yate de las orgías y Sexorcismos, pero el cinéfilo no suele arredrarse ante la dificultad. Y por ahí hasta se distrae un poco en el medio. Godard y Cicciolina viene a ser el menú, y no está para nada mal.

Pero esta semana pasó algo más: buceando en la rúbrica "France" (habrán notado en el párrafo anterior que los grandes autores son bastante proclives en ese país a utilizar el erotismo sin prejuicios) aparece Un siècle de plaisir: Voyage Ó travers de lhistoire du hard ("Un siglo de placer: Viaje a través de la historia del hardcore"), un documental realizado por Henri Gigoux que cubre desde los orígenes del cine hasta la década de los noventa del siglo pasado. Bueno, no del cine sino, específicamente, del cine porno. Y además es una producción no de un oscuro generador de cine para adultos sino de la muy respetable Cinématheque Francaise, nada menos. Pues bien, más allá de la estética muy "noventas" que tienen los momentos de montaje y explicaciones (manos digitalizadas que tapan un poco las imágenes mientras el relator habla), se trata de una muy documentada historia del asunto. También es cierto que es mucho más interesante su primera mitad que la segunda, aunque en el último caso también opta por recortar momentos muy interesantes y visualmente impactantes que vale la pena mirar.

Sí, bueno, quiere saber si "se ve". Sí, se ve todo, todísimo. Es la historia del porno hardcore, no del erotismo en sí. Es decir, aquí hay penetraciones, sexos abiertos y erectos, toda clase de relaciones y casi nada de prejuicios. Así que si su intención es ver un potpourrí de imágenes excitantes y nada más, cumple su objetivo y dignifica por su enciclopedismo. Pero el documental es mucho más que eso y permite al mismo tiempo ver una historia de la sociedad occidental desde su costado más íntimo. Lo primero que llama la atención es que antes incluso de que existiera el cine como tal, antes de los nickelodeon americanos y las salas de los franceses, había pornografía. Por ejemplo, los experimentos de Eadward Mubridge, que quizás conozcan. El hombre disponía de una serie de cámaras fotográficas para sacar imágenes en serie que permitieran analizar el movimiento humano descomponiéndolo. La famosa apuesta de que el caballo en algún momento tiene sus cuatro patas en el aire (vamos, googleen que la página es corta). Bueno, también desnudaba gente y la hacía moverse con la excusa de que era imprescindible para el análisis científico de cada movimiento. Tal cual, funcionaba y pueden ver esas cosas en YouTube. Pero también aprovechaba y los señores y señoritas se acariciaban o besaban con intenciones menos científicas, al parecer. Esas imágenes están en el documental y asombran.

O un extraño cartoon animado donde un señor tiene una erección que parece vivir por su propia cuenta e introducirse en cualquier lugar donde hubiera una posibilidad. El corto es mucho menos erótico que cómico, de hecho, y está en perfecta concordancia con lo que se hacía en esos tiempos con el dibujo animado, algo muy en la vena de animismo animal de los hermanos Fleischer. También hay algo de vanguardia: el sexo entre un hombre y una mujer, con fellatios y penetraciones, tomado con espejos y contraluces que recuerdan un poco las texturas que lograba Mapplethorpe en sus trabajos. También es más curioso o estético que excitante.

El filme avanza hasta la época moderna tras pasar por las prohibiciones, y muestra tanto el primer western erótico de principios de los años setenta como las experimentaciones de Detrás de la puerta verde, o los melodramas familiares con genitalidad interpuesta de franceses e italianos. En todas hay imágenes que rompen con la monotonía del cine que nos toca vivir en estos días semana a semana, y ahí hay un valor muy grande. Cuando la película se acerca más a nuestros días, aparecen las variantes digitales, las parodias, cómo el video no solo abarató los costos sino que permitió a los verdaderos creadores inventar cosas (las escenas de películas que hemos reseñado aquí como Café Flesh o House of dreams- todo se vuelve más vertiginoso, aunque hay algo que llama la atención: la locura de los primeros tiempos, que lleva directamente al surrealismo, no se compara con estas invenciones más bien "industriales". Pero la cosa se complica cuando la película se vuelve realmente profética e incluye en su discurso los primeros videojuegos más o menos realistas y pornográficos. Se habla y muestra, por ejemplo, cómo funciona(ba) Valerie 2, donde se conducen las aventuras sexuales de una rubia más o menos hipertrófica en un futuro plagado de genitalidad. Allí es donde comenzamos a pensar que eso de que el cine es una especie de dispositivo que inventamos para "entrar" en él, para poder vivir nuestras más profundas fantasías, comienza a cobrar sentido. Es probable -y esto sí que es motivo para investigaciones o notas más largas- que en los juegos de video, cuya narrativa y disposición han sido modeladas en las últimas dos décadas por cien años de experiencia cinematográfica, sean la puerta de entrada al cine total, donde podemos vivir la aventura de nuestras vidas sin poner en juego realmente nuestro cuerpo, donde podemos ser otros mientras preservamos nuestra "moral" en el mundo real. La película, divertida y llena de hallazgos, marca ese camino. Veinte años más tarde, parece haber tenido razón.

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