En los Estados Unidos, la salida de HBO Max, el servicio de SVOD de AT&T/Warner fue de los eventos más esperados del año. Hay que esperar los números, pero parece funcionar, más allá de ser -por mucho- el servicio más caro de los disponibles. Pero esto es lo de menos: lo que resulta interesante es que uno de los contenidos más vistos fue el conjunto de ocho películas de la saga Harry Potter. El fenómeno es más extenso y puede verse también en otras latitudes y otros servicios. El Señor de los Anillos, El Padrino, Star Wars, los filmes de Marvel y un largo etcétera de sagas o series cinematográficas se transformaron, durante la pandemia, en lo más visto en plataformas, muy por encima de las novedades.

Razones: los analistas consideran que en tiempos de quedarse en casa forzosamente y ante la ausencia de novedades de peso, los consumidores de audiovisual tienden al "comfort food", es decir a recurrir a aquello que ya conocen y que, les garantiza satisfacción. De allí que la nueva ola del fenómeno Harry Potter tenga sentido. Este movimiento pone en evidencia algo y, al mismo tiempo, tiene una curiosa consecuencia.

Como hemos escrito muchas veces en este diario, el lanzamiento de películas en salas es imprescindible para la difusión y para la instalación de una marca. No es lo que "más dinero hace" en el negocio (merchandising, licenciamiento, etcétera multiplican el valor del filme) pero el cine, la pantalla grande, es lo que impulsa todo el fenómeno de una película. Y, de paso, lo que testea el fracaso, sobre todo en el caso de los tanques. Es un sistema que se recalibró en los primeros años del siglo, cuando todo El Señor de los Anillos se filmó a la vez, maximizano el rinde de la inversión.

A partir de allí, y en paralelo a la creación de las nuevas series de TV (especialmente diseñadas para el SVOD con una narrativa muy distinta de la tradicional), las series y sagas -que fidelizan audiencias- son norma para los grandes productores de cine. En esto veinte años, hay una generación entera que atiende a este tipo de narrativas.

La consecuencia: los precios de los contenidos "de biblioteca" subieron y se convirtieron, hoy, en uno de los materiales más buscados por las empresas. Están instalados, tienen un público que los consume a repetición y, ante la situación de demasiadas horas en el hogar, es aquello a lo que más recurren los usuarios actuales. De allí que comiencen a recrudecer los acuerdos y contratos de difusión de contenido clásico, la nueva estrella, paradójicamente, de las plataformas.

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