Cuenta la leyenda que hay muchos cineastas importantes que comenzaron a filmar en el porno. No se sabe si es cierto eso de "muchos", pero que los hay, los hay. Uno de los mitos al respecto dice que Wes Craven, uno de los grandes realizadores del cine de terror contemporáneo, fallecido en 2015, comenzó filmando pornografía. Es cierto que figura con su nombre como asistente en la película It happened in Hollywood, sátira XXX de lo que es la producción de películas, con algunas secuencias de porno cómico que superan la categoría de "bizarro". También ha trabajado en otras producciones del género bajo el lema "de algo hay que vivir". Pero es imposible encontrar una película porno dirigida por Wes Craven. Por supuesto: porque la que hizo la firmó con un seudónimo evidente, Abe Snake. Esa película existe, dura poco más de hora y cuarto, se puede encontrar en Tubepornclassics y se llama Angela is the Fireworks Woman. De paso, no desmerece para nada la filmografía del autor de Pesadilla en lo profundo de la noche, Las colinas tienen ojos, La serpiente y el arco iris (un gran filme político, además, sobre la sociedad haitiana), o La gente detrás de las paredes. 

De hecho, Craven aparece en la primera secuencia de la película, vestido con un sombrero y repartiendo bengalas a un montón de personas que viven una bacanal erótica mientras sacuden fuegos artificiales. Esa secuencia, donde el sexo explícito aparece sin coreografiar, como algo que sucede "al sesgo o casi no sucede", como escribió -de otra película- el gran crítico francés Serge Daney, muestra que detrás de esta historia hay un verdadero cineasta, alguien que encuadra no lo que es solamente efectivo sino, además, pertinente. Hagamos un pequeño aparte para explicar esto.

En el cine de terror, un golpe de sonido y una imagen repentina causan algo que llamamos "susto". Por lo general, los malos realizadores lo utilizan a mansalva para darle la sensación al espectador de que la película es "buena", cuando se trata exclusivamente de un reflejo (dígale "bú" gritando a la persona que tiene al lado en el colectivo y conseguirá el mismo efecto y, probablemente, una trompada). Es un truco efectivo. Pero en general no tiene nada que ver con la historia que se está contando. Se pueden sacar esos "sustos" y todo sería igual (probablemente, además, sería mejor, pero no entremos en honduras). En cambio, la aparición repentina de un monstruo que no sabíamos que estaba allí y que, desde ese momento, se transforma en lo temible, puede ser no solo efectiva, sino pertinente: agrega algo a la historia. En el porno, por lo general, se abusa de lo "efectivo" -planos largos de relaciones sexuales explícitas- y se olvida de su pertinencia. Volviendo a Angela..., aquí no sucede: todo sexo y toda imagen agregan, en cada secuencia, un peldaño hacia el clímax (perdón) del cuento.

El cuento y la película

Hay una chica, la Angela del título -cuyo nombre es por demás simbólico- que puede seducir a cualquier hombre y despertar la más desenfrenada de las lujurias. Pero su meta no es conquistar a un príncipe azul sino, nada menos, a su hermano. Hasta aquí, melodrama de incesto. Pero hay algo más: el hermano es, además, un seminarista católico que ha encontrado refugio en la vocación sacerdotal. La bacanal del principio, la figura que reparte fuegos rojos, etcétera, no son el costado "infernal" ni dicen que el sexo sea malo o satánico, sino que representan la tentación por lo demasiado humano que se le presenta a cualquiera. La película gira alrededor de las tensiones entre los hermanos y no se priva de mostrar además la hipocresía de la religión, con sacerdotes entregados a los placeres de la carne y del vino, mientras nuestro protagonista, que efectivamente concreta con su hermana, se debate entre la tentación y la vocación.

Uno de los temas de Craven ha sido el costado oscuro de la "normalidad" americana, esa que despierta monstruos que generan pesadillas, como en, obviamente, Pesadilla: Freddy Krueger vuelto de la muerte al universo onírico ha sido un asesino de niños, pero también la víctima de un acto de justicia por propia mano. En La gente detrás de las paredes, una pareja aparentemente normal muestra su costado racista con un niño negro, y tiene entre las paredes un par de hijos deformes a los que crían en la locura. De paso, esa pareja es de hermanos. Aquí la institución religiosa y la familiar muestran su otra parte, su desnudez, sus oscuridades. Que las refleje como momentos de placer erótico nos pone a los espectadores en un lugar incómodo: nos causa excitación pero, al mismo tiempo -porque la trama está siempre presente-, nos genera culpa. Algo demasiado prohibido sucede ante nuestros ojos, y esa incomodidad es fruto del poder para narrar una historia con las imágenes que deben mostrarse de acuerdo con el género y las intenciones del realizador.

Párrafo aparte: todo tiene un aire que recuerda las primeras películas -y las últimas series, de paso- de David Lynch, donde la alucinación y lo real confluyen de tal modo que es imposible saber cuánto de lo que vemos sucede en la cabeza de un personaje o en su mundo "real". Lo mismo el sonido, alejado del lugar común de pop malo o piano empalagoso tan frecuente en los años setenta (la película es de 1975), que nos permite pensar que lo que vemos es algo totalmente sobrenatural. El montaje hace lo suyo, también, para que una secuencia pornográfica más o menos trivial se transforme en otra cosa, se integre al tejido de la obra y nos permita ir más allá del goce físico que propone la pornografía. Es extraño, pero la cosa funciona siempre.

Por cierto, también hay momentos simbólicos un poco simples (una Biblia que se moja bajo la lluvia antes de una secuencia "pecaminosa", por ejemplo), pero esto quizás se deba a dos razones: una, que las cosas se narren rápidamente con la menor cantidad de dinero posible. Otra, cierta pretensión de seriedad que el filme busca ostensiblemente, algo así como "bueno, nos disfrazamos de película porno pero acá estamos hablando de otra cosa", aunque no siempre elegante. El final, con los hermanos-amantes navegando con destino incierto, es al mismo tiempo poético y justo. Craven ya era un cineasta cabal y sabía cómo comunicar ideas utilizando las herramientas y los modos de cualquier género, incluso uno tan "degenerado" como el porno.

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Leonardo Desposito

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