Rómulo Berruti, adiós a un contrabandista
Los obituarios suelen dejar de lado la experiencia que implicó para otros la muerte de una persona conocida o célebre. Aquí hablamos de por qué Rómulo Berruti fue importante para más de una generación.
Es extraño pensar que falleció Rómulo Berruti. Como esos libros que uno siempre tiene en la mesa de luz, no importa cuántas mudanzas haya sufrido el mueblecito, uno pensaba que estaría siempre allí, lo escuchara o no pero disponible. Fue un crítico de teatro y un crítico de cine, pero una generación (mi generación) lo recuerda por habilitar, junto con su cómplice y amigo Carlos Morelli, mucho cine que no nos dejaron ver. Irónico que un tipo que realmente generó un contrabando de ideas en épocas de censuras y silencios se vaya cuando el golpe del 76 cumple medio siglo. Pero es interesante notar que Berruti queda una buena memoria y nada de aquellos asesinos.
No esta una nota biográfica, porque la tienen a mano. Esta es la nota que explica por qué fue importante Rómulo Berruti. En primer lugar, porque como crítico ejerció siempre la profesión con amabilidad. No pasó por esa adolescencia del insulto feliz en la que se queda demasiado influencer de adolescencia tardía en estos tiempos. Tampoco dejaba de a pie al lector a la hora de informar. No recuerdo críticas demasiado categóricas: evaluaciones, más bien, apoyadas en información y con ese dejo amable que distaba de ser perdonavidas. Por otro lado, y aunque en los profesionales de su generación esto no sorprende, tenía todo el léxico necesario.
Pero lo conocemos, sobre todo, por Función Privada, el ciclo que llevaron adelante "con todo y para todos" con Carlos Morelli. No fue lo primero: fue más bien el resultado definitivo de una tarea que ambos realizaron en momentos bastante más complejos para decir y mostrar cosas. Función..., con su horario central de los sábados a las 21 y sus episodios de seriales en blanco y negro (vimos todo Flash Gordon, hoy sería imposible pensarlo) previos a una película en general argentina que había sido prohibida o escamoteada, fue una especie de oasis para los que queríamos saber algo de cine. Pero habían empezado antes.
En la trasnoche de ATC, desde 1981 al menos, Morelli y Berruti pasaban películas a eso de la una de la mañana (la trasnoche de sábados en ese canal, única trasnoche por lo demás, solía extenderse hasta el final de la proyección). Se notaba que había que aprovechar las películas que había en el archivo, y de allí que no hubiera tantas "joyas", sino rarezas muchas veces clase B como los filmes de la serie Matt Helm (que parodiaban a James Bond con Dean Martin), alguna de monstruos, un spaghetti western perdido, algún telefilme dramático. Pero siempre estos dos señores pasaban, antes, un corto. Y ese corto era el verdadero contenido del programa, ubicado "de contrabando".
No sólo clásicos "permitidos" como los de Albert Lamorisse Crin Blanca y El globo rojo, fatigados por el programa dominguero para chicos de Víctor Iturralde Cineclub Infantil. No, lo que uno vio allí -y la lista es sólo a modo de ejemplo- fue Los mocosos, de François Truffaut, prolegómeno a Los 400 golpes; los fragmentos que quedaron de ¡Que viva méxico!, de Eisenstein; La casa eléctrica, que permitía descubrir a Buster Keaton; La Jetée, esa obra en planos fijos de Chris Marker que serviría de base para 12 Monos; y -inolvidable- Noche y Niebla, de Alain Resnais.
Esto fue en 1982, durante la guerra de Malvinas, de paso. No era poco pasar una película donde la voz de Jean Cayrol y las imágenes documentales más terribles del siglo XX mostraban el Holocausto en toda su dimensión y en poco menos de 40'. Una película sobre los campos de exterminio en la emisora señera de un régimen adicto a los campos de exterminio. El impacto de esa película en un chico de 14 años (por otras circunstancias lo contó Serge Daney en su célebre "El travelling de Kapó") es indeleble. Cinematográficamente e históricamente. Lo hicieron ellos: quizás no sabían que había chicos mirando, pero solo el gesto de proyectar nada menos que esa película mientras la dictadura se jugaba un todo o nada de sangre era importante. Importantísimo.
Berruti y Morelli lo hicieron. Berruti siguió escribiendo, siguió con su oficio, siguió entrevistando con amabilidad y siguió, hasta hoy, como uno de los últimos representantes de aquella forma de ser periodismo, esa que tenía calle y biblioteca porque ambas son indispensables. Muchos cinéfilos le debemos abrir una puerta o habilitar una ventana, incluso sin compartir aquellos gustos. Valió la pena.

