Desde que somos pequeños, han tratado de inculcarnos valores como la generosidad, la solidaridad, el altruismo y la empatía. Nos han recordado la importancia de ayudar a los demás. De todos modos, la realidad ha demostrado que difícilmente existen actos completamente desinteresados, ya que favorecer al otro siempre nos reporta beneficios de algún tipo. Lejos de expresar una visión egoísta del ser humano, nos confirma que las conductas prosociales resultan provechosas tanto para el que las recibe como para quien las emite.

Lamentablemente hay personas que, a veces, no hacen favores, sino que plantean negocios. Cuando menos se piensa, echan en cara lo que hicieron por los otros, mediante un show de victimismo. Se escudan detrás de un falso concepto de gratitud; piensan que en todos los favores está implícito el compromiso de devolverlos.

Hay contextos en los que, claramente, si se brinda ayuda, se construye deuda. La política o el ámbito laboral muestra favores entre personas a quienes las une un vínculo práctico y utilitario. Allí es evidente que si se presta una ayuda, se hace por interés. Por el contrario, cuando lo que hay de por medio es una relación más estrecha, que involucra afectos o lazos más fuertes, tanto el favor como la gratitud, en principio, tendrían que ser totalmente gratuitos. Ayudar a la familia, a la pareja o a un amigo porque se quiere, porque se puede y porque nos hace sentir bien.

La persona que ayuda, que da y es generosa, recibe una recompensa intrínseca por su modo de actuar. Mejora la autoestima, se siente mejor consigo misma, se siente más útil, importante y valiosa. Se fortalecen los vínculos y se cuenta con una red social de apoyo verdaderamente beneficiosa para la salud, tanto física como emocional.

Cuando hacemos un favor a una persona, ésta se siente contenida, valiosa y apreciada. En consecuencia nos expresará su agradecimiento con palabras o gestos, lo que, a su vez, nos proporcionará una agradable sensación de satisfacción. De este modo se forja un ciclo de intercambios positivos entre ambos. Al ayudar a otros, estamos contribuyendo a que nuestras relaciones se basen en la reciprocidad, la confianza y la gratitud. Esto favorece el desarrollo del pensamiento positivo, aleja la queja y evita que nuestra atención quede atrapada en aquello que nos falta. 

Sabemos que no es fácil, pero la propia vida debería ser siempre un encuentro natural para el amor y el respeto. Nos olvidamos que nuestra propia familia o nuestros propios amigos necesitan, muchas veces, ese apoyo con el cual poder levantarse. Hemos de desvestirnos de superficialidades para atender lo esencial, para que esa bondad, que es natural en el ser humano, nos permita dar ayuda a quien lo necesita. Es un tipo de sabiduría que nos enriquece porque nos enseña el lenguaje de las emociones más básicas.

Potenciar las pequeñas cosas que, en ocasiones, creemos insignificantes, nos permitirá ser mucho más felices. Una sonrisa a la cajera del supermercado, ayudar con las bolsas a alguien que va muy cargado, devolver una billetera que se le ha caído al que va delante de nosotros. Todas las sencillas acciones que realizamos de forma voluntaria, nos provocan una sensación de placer y bienestar inexplicables.

Dar y ayudar, es una muy buena forma de construir amistades, de interactuar con los demás y descubrir personas muy especiales y bellas. Y lo maravilloso de la amabilidad y la ternura es que se pueden entrenar a cualquier edad.

Todos merecemos un amor verdadero que nos permita ser mejores cada día, sin adornos y con honestidad: ese tipo de sentimiento que calma los miedos, nutre por dentro y nos hace felices. Alguien decía: "Si no te gusta lo que recibes de vuelta, revisa muy bien lo que estás dando".

"Un niño paseaba por la montaña con su papá. En un descuido tropezó con una roca y gritó íAy! y de inmediato, a lo lejos escuchó una voz que gritaba íAy! íAy! Con curiosidad el niño pregunta: -¿Quién está ahí? y sin tardanza la voz le dice: -¿Quién está ahí? El niño, ahora enojado porque la voz está repitiendo su pregunta, grita: -íCobardeeeee! y la voz responde en seguida: -íCobardeeeee! El niño, que está fuera de si, mira a su padre y le pregunta: -¿Quién es? ¿De dónde sale esta voz, papá?

El padre sonriendo le dice: -Presta atención hijo. Entonces se vuelve hacia la montaña y haciendo bocina con las manos grita: -íTe admiroooo! Y la voz regresa diciendo: -íTe admiroooo! Y de nuevo el hombre grita: -íEres un campeoooón! Y se escucha: -íEres un campeoooón!

El niño observa al padre, curioso pero sin entender qué pasa, y el padre le explica: -Mira hijo, lo que has oído han sido tus mismas palabras. La montaña las ha devuelto. Se llama eco. La vida funciona como este eco de la montaña. Te devuelve todo lo que dices y haces.

El padre sigue explicando a su hijo con mucho amor: -Tu vida es un reflejo de lo que tú haces. Si deseas más amor, crea más amor a tu alrededor. Si deseas una sonrisa y alegría, da una sonrisa a aquellos que conoces. Si deseas que las otras personas sean justas contigo, trata a los demás justamente. La vida te dará de regreso lo que tú le hayas dado."

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Lic. Aldo Godino

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